Por: SEGISFREDO INFANTE

            Allá por los mediados de la década del setenta del siglo pasado, me invitaban a unas reuniones de la “Comisión Nacional de Reforma Educativa” (CONARE), para escuchar hasta el hartazgo a las personas que hablaban de “reformas curriculares”; de “los escalafones magisteriales”; de lo útil o de lo inútil de la existencia de las “escuelas normales” y de sus “consolidaciones”; de los “movimientos de masas” y de otros tópicos análogos. Con el paso de los años y las décadas tal lenguaje ha sido el mismo, con pocas variaciones. Hasta que llegó la algarabía altisonante de las computadoras y de los conocimientos técnicos de la “era digital”, en tanto que ahora coexistimos dentro de “la sociedad del conocimiento.” Esto podría significar, muy sesgadamente, que antes, en la “Historia” humana, jamás existió ningún conocimiento. Ni siquiera el genial Alan Turing se salvaría de esta ligerísima exclusión. Pues según parece todo el conocimiento humano emergió de la nada hace unas tres décadas, a la par de las computadoras personales y los teléfonos celulares, en donde se concentra, o se esconde, toda la “sabiduría”, acusando con el dedo burlón de “analfabetos” a todos aquellos que guardan prudente distancia de las jerigonzas tecnológicas de cada momento. Perdiendo de vista que en la actualidad se está creando un inmenso contingente de nuevos “analfabetos” juveniles que nada saben de las historias de sus propios países, mucho menos de “Filosofía” o de la “Historia Universal” concreta, la cual ha permitido, a lo largo de diez mil años, que lleguemos hasta donde las guerras destructoras han dejado subsistir a la especie humana.

            La intención de este artículo ha sido motivada por dos simples hechos: El primero es que cada vez que en las fiestas patrias les preguntan a los estudiantes de último año de secundaria acerca de los nombres de algunos personajes hondureños, exhiben ignorancia hasta provocar risa. Nada saben de José Cecilio del Valle, Dionisio de Herrera, Francisco Morazán, José Trinidad Reyes y Juan Lindo. Tampoco sabrían nada, por si acaso les preguntaran, respecto de Sócrates, Aristóteles, Alejandro Magno, George Washington, Napoleón Bonaparte, Simón Bolívar, San Martín, Karl Marx, Benito Juárez, Ortega y Gasset, Winston Churchill y John F. Kennedy, aunque vivieran dentro de la misma colonia “Kennedy” de Tegucigalpa. Pero son expertos en “chatear” en los celulares las veinticuatro horas del día.

            El segundo hecho que me motiva a escribir el presente texto, es que en los últimos veinte años he escuchado las quejas de los padres de familia que se ven acorralados tratando de resolver, todas las noches, las tareas escolares de sus hijos de ambos sexos, fenómeno que se ha acrecentado en tiempos de pandemia. Al parecer un conjunto “equis” de profesores (de diversos niveles académicos) han encontrado la mejor fórmula de ser felices, es decir, enviando a los correos electrónicos y celulares de los muchachos, un cargamento de tareas sin ofrecer ninguna explicación de los contenidos, con el agravante que en las familias pobres hasta cuatro estudiantes trabajan con el mismo teléfono celular, con los consabidos “apagones” y caídas de Internet. No importa que las clases sean presenciales, pues antes o después de la pandemia el método ha sido el mismo, con un recargo excesivo de tareas con poca o ninguna explicación, a fin de que las resuelvan los afligidos padres de familia, cuyas formaciones también fueron deficitarias. Por eso al final del año los muchachos devienen obligados a aprobar, vía decreto, las clases, en la más completa ignorancia. Recuerdo haber conocido a una niña que cursaba el cuarto año de primaria que ni siquiera podía escribir su nombre, mucho menos leer “El Principito”. Algo ha andado mal en los sistemas educativos “posmodernos”, dentro y fuera de Honduras, que debemos revisar con ecuanimidad, pasión y frialdad; pero sin lastimar para nada a los profesores, en tanto que ellos también son víctimas de los modelos rígidos que se ponen en boga cada cierto tiempo.

            Muchas veces he insistido, a lo largo de las décadas, que cuando hablen de “reformas curriculares” mejor pregunten qué libros específicos, pluralistas y concretos están leyendo los profesores y estudiantes. Se dice que José Cecilio del Valle, Karl Marx, Marcelino Menéndez Pelayo y Thomas Eduard Lawrence (“el Lawrence de Arabia”), leyeron centenares de libros y documentos, en una época muy diferente de la nuestra, hoy abarrotada de tecnologías volátiles. En lo personal leíamos a fondo, con mis alumnos, dos o tres libros cada semestre. (“Poquito, pero bueno”).

            Con el objeto de redactar este artículo he hojeado tres volúmenes en físico: 1) “Educar en la sociedad del conocimiento”, de Juan Carlos Tedesco. 2) “Moonshots en la educación”, de Esther Wojcicki y Lance T. Izumi. Y 3) “Rosa y la reforma de la educación hondureña”, del profesor Mario Membreño González. Con el tercer opúsculo el lector se puede enterar de las fortalezas y debilidades obsesivas de Ramón Rosa.

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