Por: Glenn Flores* / Criterio HN

En un intercambio de palabras entre el periodista Glenn Flores y el escritor nacional Julio Escoto discutieron sobre temas literarios, políticos y la ética. Criterio.hn comparte este diálogo con nuestros lectores.

GF.-¿Don Julio tiene algún proyecto literario para este año?

JE.- Estoy por concluir una novela iniciada seis años atrás y que trata sobre el golpe de Estado en 2009. Aunque siendo preciso, el golpe es sólo el fondo, la historia se centra en una aventura amorosa entre dos viejos, personas mayores de 70 años que durante la vida se conocieron y se atrajeron, pero que nunca tuvieron la oportunidad de seguir a un estadio amoroso superior. Excepto que en ese año el destino los junta y se ven forzados a definir entre ellos pasado, presente y futuro, como que la existencia no da para más. Adicional a que cada uno de ellos lleva dentro un conflicto explosivo cuya espoleta de ignición está por arrancar.

Espero entregarla al público en junio, aniversario de aquella triste gesta de humillación de la democracia.

GF.-¿Qué diferencia esta novela con sus anteriores?

JE.- Hay varias. Es un tema inmediato, no del lejano pasado, al que me aficioné en novelas anteriores. La técnica de construcción de la trama se divide en dos grandes sectores, que son el golpe y la relación amorosa. No entre varios como ha ocurrido en narraciones previas, particularmente “Rey del albor. Madrugada”, en donde para explorar la biografía hondureña divido el tiempo ido en muchos componentes o segmentos históricos. La idea de que los viejos se enamoren es igualmente inédita en la literatura narrativa hondureña, asunto que no ha sido tratado en ningún género y que merece una exposición fresca y comprensiva. Y finalmente, en el estilo, hay por ratos, desprendimientos de lo puro narrativo para aproximarlo a lo poético, lo que es siempre un riesgo para cualquier autor.

GF.-¿Por qué hay más poetas que novelistas en Honduras?

JE.- Cuestión de inspiración y disciplina. La poesía es en el fondo una sola metáfora de interpretación de la vida, mientras que la novela es múltiples accesos a ambas. Un poema puede ser construido en una noche, una hora, una tarde de café, la novela jamás. Y por ende se ocupa disciplinarse para ir armando la larga historia en la novela, que es como una lluvia larga o un chubasco prolongado del trópico que se suelta de la mano, a diferencia de la poesía, que es relámpago. La poesía es un golpe técnico, la novela son muchas técnicas empleadas. Curioso sin embargo que en el mundo moderno hagan falta buenos poetas ya que según las casas editoriales sus ventas son mayormente de novela.

GF.-¿Puede un escritor distanciarse de la política?

JE.- Desde luego que sí, pero jamás puede separarla de su existencia. La política es la vida, está a diario entre nosotros y prácticamente en cada actuación diaria. Hablo de la política como interrelación humana, no de partidarismo o politiquería, desde luego. Pues en el momento en que adquirimos un producto y pagamos su impuesto grosero sin protesta estamos obviando la política, pues podríamos luchar contra ello. Cuando pasamos junto a un indigente, un minusválido o una madre necesitada y ni siquiera nos compadecemos estamos aceptando un sistema cruel e injusto como si no existiera, lo que es indiferencia política.

Y del mismo modo un artista. Aquel a quien no hace sufrir lo injusto, al que se insensibilizó y mira con desdén que con gases y garrote se reprime una manifestación pública, la muerte de su sensibilidad se refleja en su composición, en su escrito o su melodía, ausente de identidad, de calor humano y solidaridad. No es que la obra tenga que ser polémica y menos incluso contestataria, sino que al referirse o tener como trasfondo a la vida humana tampoco puede ser elitista y selectiva. Aquel que torna la vista al cielo para no mirar la realidad no es que se ausenta de la política, sino que por el contrario se inserta y hunde en ella al no participar y dejar que sean otros los que la compongan y dirijan.

GF.-Sobre la orden de captura contra Sergio Ramírez, ¿Cuál es su opinión?

JE.- Hace seis meses escribí a mis amigos escritores del mundo un testimonio personal de fidelidad a Nicaragua y a la democracia y les hice saber que yo renunciaba a continuar callando la presencia de la dictadura en ese país. Del mismo modo que multitud de intelectuales disimularon los desmanes de Stalin para no afectar o desmeritar al socialismo de entonces (ver cómo lo refiere el prólogo de George Orwell a “Rebelión en la Granja”, por ejemplo), hoy el silencio de muchos artistas cae sobre la situación de Nicaragua y no por indiferencia sino por escogencia política de ocultar.

Pero es ya innegable e inocultable. En Nicaragua no hay ninguna revolución socialista y el marchamo de izquierda es sólo una etiqueta de exportación o título para comerciar la buena fe de los creyentes en la revolución americana. Y por lo mismo, aparentar que no hay represión u órdenes de arresto para figuras centrales de la cultura como Sergio Ramírez es hacerse cómplice de la irregularidad y la maldad. Sistemas viciosos como ese son los que contribuyen a que la historia tenga ya como dogma aceptado que todo intento socialista es autoritario y que los pueblos deben vacunarse contra ellos, lo cual no es sino propaganda y desinformación.

GF.-Usted escribió un libro de ética. ¿Le afecta ser del Tribunal de Honor de Libre y a la vez escritor y columnista?

JE.- Hace diez años compuse un libro sobre qué es la ética, con el propósito de que fuera obra de texto para las instituciones de educación superior, y fue exitosa experiencia. No sólo porque lo adoptaron varias universidades año tras año, sino porque contribuyó en alguna forma a comprender que el tema no es un apartado de la filosofía que discuten ciertos eruditos sino la vivencia diaria de cualquier ser humano.

Nos detenemos ante el rojo de un semáforo y es una decisión ética (cruzar, no cruzar); educamos a los niños sobre la base de una correcta conducta o bien escogemos una religión y es materia ética; espiamos a la esposa del vecino o evadimos impuestos y lo que hemos determinado es una escogencia ética.

El día en que los pueblos ––como acontece ya en algunos desarrollados–– encuentre la felicidad no lo será porque aplique un sistema político determinado, o uno económico, sino porque su actuación como grupo y la de sus instituciones se basan sobre la presencia del bien en contra del error.

Y por lo mismo, al momento en que LIBRE dejó de ser sólo un partido ––aspiración, esperanza–– y se transformó en gobierno ––ejercicio de poder–– me pareció que empezaba a limitar algún grado de mi independencia intelectual y que, para apoyar mejor sus proyectos sociales y para no tener yo conflictos de decisión moral, era mejor que renunciara a ser parte de uno de sus principales órganos consultivos, el Tribunal de Honor.

De ese modo puedo alabar cualquier medida gubernamental y no lucir como que lo hago por sumisión partidaria, o criticar desviaciones de la agenda propuesta y que no se piense que guardo otro interés que no sea el de cualquier otro miembro político. Me siento orgulloso de ser parte de LIBRE y me honra haber sido por una década el coordinador de su Tribunal de Honor. Ahora quiero exigir y aplicar la ética desde los exteriores del partido, que es la forma más honesta de contribuir al mejor desarrollo de la nación.

GF.-¿Algo más que agregar don Julio?

JE.- Insistir en que ingresamos a una era cultural interesante para Honduras, pues lo que ha pasado en noviembre y al presente no es sino el corolario de todo un proceso cultural ha largo tiempo iniciado, desde la misma fundación de los gremios políticos tradicionales y por ende ahora obsoletos.

El bipartidismo y los gobiernos sucios nos educaron para acostumbrarnos al mal (corrupción, fascismo, autoritarismo), al grado de casi no poder distinguir lo democrático de lo opuesto. La dictadura infame de JOH nos recordó al revés, por su parte, que no fuimos educados así por nuestros padres y que desde siempre ansiamos más bien una república constructiva, honesta y social dedicada al bienestar del ciudadano pero que lo habíamos olvidado u obviado. El voto de noviembre significó un profundo e intenso viraje de orientación cultural: no más complicidad con lo retardatario y sí un paso adelante con lo progresista.

Por su honda significación esto tendrá que ser estudiado intensamente por los psicólogos sociales y los semiólogos durante largo tiempo para entender su proceso y su verdad.

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