Por: SEGISFREDO INFANTE

            El deseo de alguien incógnito, por ser invisible, es antiguo. Pero quizás la primera obra literaria, de ciencia ficción, dedicada a este poliédrico tema, es “El Hombre Invisible” (1897) del escritor británico Herbert George Wells, que ha sido llevaba al cine y al teatro en distintos países y culturas. Inclusive en Japón. Pero H.G. Wells había publicado con dos años de anticipación una obra más interesante llamada “La máquina del tiempo” (1895), aquella con la cual el viajero desaparece del presente, y viaja hacia el futuro más lejano de la humanidad, sin salirse del planeta. Este es uno de los momentos claves en que se sugiere la existencia de una “cuarta dimensión”. Así que no estamos hablando de nada nuevo, en tanto que las obras aludidas son producto intelectual derivado de los conceptos optimistas de modernidad ilustrada y de progreso científico y tecnológico “ad eternum”, muy propios de la segunda mitad del siglo diecinueve. Algunas geniales intuiciones anticipatorias de Wells en torno a que los hombres decadentes del futuro perderán su inteligencia, sus capacidades físicas y dejarán de leer y escribir, se están cumpliendo, casi al pie de la letra, en los tiempos actuales, unos ciento veinte años después de haberse publicado aquella novela, que también ha sido llevada al cine con toques de exageración y jocosidad. (Ignoro en qué parte atruncuñada de mis anaqueles se han escondido estas dos novelas).

            Pero el deseo ferviente de ser “invisibles”, tal como lo sugerimos al comienzo, se remonta a los tiempos antiquísimos en que los perseguidos por asuntos de nacionalidad o de creencias religiosas, se escondían en el desierto, en las cuevas, en países lejanos o en las catacumbas, como en la historia del Cercano Oriente y de la Roma Antigua. A veces los profetas preferían la soledad casi absoluta del desierto para recibir sus revelaciones, que mantenerse sumergidos en grupos humanos ruidosos y lenguaraces, con escaso nivel de capacidad para escuchar sobriamente a los hombres sabios o estudiosos de sus propias épocas más o menos convulsas. Y cuando determinaban salir a la luz pública era para externar sus revelaciones, aconsejar a sus comunidades o lanzar sus sentencias definitivas sobre algún tema vital, o mortal, de la nación o religión a la cual pertenecían. Estos profetas arriesgaban sus vidas al comparecer públicamente.

            Los eremitas del desierto, tanto judíos como cristianos, también deseaban pasar desapercibidos, sobre todo en la época de las grandes persecuciones y carnicerías de algunos emperadores romanos. Creo que los primeros eremitas del desierto (posteriores a los primeros y segundos profetas bíblicos) fueron los santos escribas judíos escondidos en las cuevas y alrededores de Qumram, quienes salvaguardaron algunos textos valiosos del “Antiguo Testamento”, y escritos derivados de las inspiraciones proféticas muy propias de ellos. Más tarde, o a la par, emergió Juan el Bautista, en las riberas del río Jordán. Por su parte, al Rabino de Galilea también le fascinaba ocultarse para rezar a la distancia de sus discípulos y adversarios, aunque por regla general más le gustaba sumergirse en las multitudes sedientas de conocimientos y de otros auxilios. Un poco a la vieja manera de Sócrates, en la Antigua Grecia. Sin embargo, Platón y Aristóteles, por experiencias crudas, optaron por apartarse de la plaza pública, para pensar y escribir serena y sistemáticamente, y luego organizar las academias de sus elegidos.

            Los nombres de los eremitas cristianos “abandonados”, en silencio activo, en los recodos de los desiertos de Tierra Santa, Egipto y Siria, son varios. Razón por la cual evitaremos elaborar un listado; exceptuando a Eusebius Sophronius Hieronymus, más conocido como “San Jerónimo”, uno de los principales padres del catolicismo, quien a pesar de su ausencia del “mundanal rüido”, su nombre se perpetúa a través de los tiempos, por sus dolorosas penitencias; por sus aislamientos o “invisibilidades”; y por sus traducciones griegas y hebreas  de las “sagradas escrituras” a la lengua latina.

            En mi caso personal, haciendo una comparación entre un humilde lirio silvestre y los astros (tal como le hubiese gustado expresar a Medardo Mejía), en cierta ocasión se me ocurrió ser “invisible” en un curso universitario. Me sentaba en la fila trasera, hacía ciertos apuntes y abría un periódico para leerlo y taparme el rostro. Sin embargo, un día de tantos el profesor de turno me señaló y me llamó por mi nombre: “Segisfredo, tú debes recordar tal y tal cosa”, me dijo, como si fuéramos viejos conocidos. Así que me resultó imposible mi primer ensayo de silencio tal vez coyuntural.

            De hecho el silencio estratégico posee verdaderas propiedades filosóficas. Frente al constante “parloteo” y las infinitas “habladurías” de ciertos individuos, es más importante que la persona humana se llame al silencio estratégico que caer en las trampas de los provocadores, de ambos sexos, cuyas palabras podrían conducir, incluso, hacia la vergüenza de sus propios oyentes o seguidores. En tal contexto es harto saludable viajar hacia un mundo paralelo, que caer en incomprensiones y pedanterías insustanciales.

            Tegucigalpa, MDC, 18 de agosto del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 25 de agosto de 2019, Pág. Siete).     

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