BARLOVENTO
Por: Segisfredo Infante

Agustín de Hipona, teólogo y filósofo, anunció la duda metódica como un sendero que podía conducir a la “verdad”. Tal práctica pedagógica y religiosa ocurrió durante los lentos estertores del “Imperio romano”, cuyos dominios cubrían, entre otras extensiones, toda el África del Norte. El matemático Descartes, en plena modernidad europea, sistematizó la duda filosófica como método exhaustivo para encontrar la solidez del pensamiento. Aquí resulta evidente el compromiso teórico de Renato Descartes respecto del pensador antiguo, y solitario, del puerto africano de Hipona. E incluso el compromiso con Parménides, en aquella ligazón íntima entre el pensamiento y “el Ser”.

Pero aparte de la duda como método riguroso de la gran “Filosofía” especulativa y de la ciencia, en nuestra época, sobre todo en el curso del siglo veinte y comienzos del veintiuno, se ha impuesto la práctica de lo que aquí bautizaremos como “duda caótica”, una contrapartida conductual y más o menos ideológica, en donde los principales ingredientes son la “cultura de la sospecha” y el torrente confuso de informaciones y desinformaciones simultáneas. En Honduras, particularmente, hemos cultivado la cultura de la sospecha sobre todo a partir de la década del ochenta del siglo pasado, y sobredimensionada en las últimas tres décadas, por factores diferenciados en el discurrir de los años, y que Dios mediante explicaré en otro artículo o en un ensayo del futuro, ya sea cercano o lejano. Pues una cosa eran las sospechas fundadas e infundadas en la década del ochenta. Y otra cosa son las sospechas, que se almacenan en las redes digitales, en estos últimos años. En todo caso aparece un denominador común corrosivo: La duda caótica, fundada e infundada en la sospecha.

Aquellos que recurren al pensamiento riguroso y los verdaderos historiadores, no exhiben ninguna prisa por desocultar los hechos, que debieran respaldarse con informaciones fidedignas, en tanto que algunas veces los documentos “secretos” se niegan a coincidir con la verdad. Razón por la cual siempre es saludable la sugerencia metodológica de consultar diversas fuentes y testigos, por muy dispares que resulten frente al investigador. La sugerencia es extensiva a leer libros consistentes (o imparciales) y a escudriñar el pensamiento de una época entera; o acercarse a los hechos concretos meticulosamente. Por eso, cuando a Chou Enlai le preguntaron qué opinaba sobre la “Revolución francesa”, el estadista chino contestó que “todavía es demasiado pronto para opinar”. Chou Enlai conocía a fondo los laberintos teóricos y prácticos, y las grandes confusiones, de su propia revolución china. Así como Nikita Kruschev conocía de primera mano a Iósif Stalin y a Lavrenti Beria.

Hoy en día la duda caótica se impone en los círculos intelectuales. Pero, sobre todo, en los círculos ideopolíticos, más propensos a caer en los desfiladeros de la desinformación, por aquello de la avalancha de las llamadas “redes sociales” y de los rencores acumulados durante décadas, que ciegan los ojos al momento del análisis frío y a la hora de elaborar las necesarias estrategias que coincidan con la verdadera idiosincrasia de cada pueblo, en tanto en cuanto tales estrategias suelen ser confundidas con las tácticas. En este punto vale la pena subrayar que hay estrategias triunfantes pero innecesarias desde el punto de vista histórico. No digamos desde la esfera filosófica.

Quienes elaboran tácticas y estrategias olvidan una frase famosa de V.I. Lenin: “Pasión en la lucha y frialdad en los análisis”. Lenin, que por momentos parecía un ideólogo obcecado, con frecuencia se autocriticaba y enfrentaba al ultraizquierdismo de su partido y de sus propios camaradas, que pecaban en extremo al pretender desconocer la realidad internacional y la de aquel enorme país recién organizado, con una base económica frágil o inexistente. Y cuando los izquierdistas postulaban una “cultura proletaria”, Lenin les contradecía que por lo menos debieran partir de una “cultura burguesa”. Y cuando se trataba de elaborar planes económicos sobrios, les exigía a sus camaradas que buscaran a los mejores técnicos burgueses que habían heredado del viejo régimen. Los buenos lectores desprejuiciados pueden confirmar estos apuntes teóricos e historiográficos.

La duda metódica de Agustín de Hipona, del riguroso Descartes y de otros pensadores universales, pareciera que ha sido lanzada al cesto de la basura. Porque ha sido suplantada por la enfermedad de la duda caótica. Pero en Río de Janeiro el filósofo harvariano Michael Sandel, comprobó que incluso los discursos dialécticos de Platón pueden resurgir de los basureros a fin de orientar a los trabajadores y a la misma gente pobre de las favelas y de los rincones más violentos del mundo. Nada se pierde con escudriñar las andanzas populares del filósofo Sandel. Recuerdo que estas anécdotas de la vida real le gustaban mucho a nuestro amigo Dagoberto Espinoza Murra.

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