Por: SEGISFREDO INFANTE

            No quiero lucir tan negativo. Ni mucho menos. Pero la verdad es que en la hora actual cruzamos por en medio de una valle de tinieblas, tal como rezan los hermosos “Salmos” antiguos. Para contextualizar las cosas aquel valle tenebroso se localizaba, en la vida diaria concreta del salmista perseguido, en el corazón de un desierto. De tal modo que nuestro camino discurre también por el fatigoso desierto metafórico y a veces por cuevas calcificadas y catacumbas de confinamiento casi absoluto. Sin embargo, tratamos de mantenernos agarrados al principio de inmarchitable “Esperanza”, tanto en el nivel individual como en el plano colectivo, a pesar de los desgarramientos físicos y espirituales de las familias afectadas.

            La “Esperanza” pareciera un concepto intangible. Como intangible parece la “fe” de los verdaderos creyentes en el Dios universal. Empero, tales conceptos se interiorizan en el alma y en el espíritu del ser humano, y se convierten en oxígeno para los sobrevivientes de cualquier catástrofe. No estoy inventando nada. Todo esto remite a registros documentales y epigráficos de momentos cruciales de la “Historia”, tanto en los tiempos antiguos, medievales y modernos. Sin excluir los hipermodernos dentro de los cuales subsistimos, en una época especial en que se han endiosado ciertas mercancías y tecnologías de punta, y se ha subestimado o ignorado al ser humano mismo, sustentador de tales tecnologías. Un solo ejemplo de esto es lo que se ha venido subrayando en las últimas semanas: el colapso de los sistemas de salud en países altamente desarrollados. Los ideólogos y futurólogos dogmáticos de los tiempos hipermodernos habían pensado “en casi todo”, menos en la salud de los pueblos y en la necesidad de la comunicación real entre seres humanos. Nunca han querido comprender que las tecnologías, cualesquiera que éstas sean, deben ser instrumentos de trabajo, al servicio exclusivo del “Hombre”. Nunca al revés, como pareciera haber ocurrido en las últimas dos décadas, en que los seres humanos están al servicio esclavizador y deshumanizador de las tecnologías.

            Coexistimos en una hora amarga. Desprotegidos frente a la incertidumbre. Confinados en catacumbas hipermodernas. A veces sin medicamentos. Muchas veces sin tren de aseo; con escasez de mascarillas protectoras; y sin víveres básicos. Cuando salimos a la calle, para comprar cosas vitales, sabemos que podemos contaminarnos a la vuelta de la esquina, a pesar de todas las precauciones. A ello se suma la irresponsabilidad de muchos individuos que creen que la tragedia es un juego. O una francachela seudopolítica.

            Nuestro camino, de ahora en adelante, es largo e intenso, tanto en las esferas de la salud, de las instituciones estatales claves como en el terreno de la producción industrial y agropecuaria. Convertirnos en una sociedad autosuficiente significa muchas cosas. En primer lugar garantizar la seguridad alimentaria de la población, y en segundo lugar la estabilidad de los empleos públicos y privados. Es increíble que dadas las condiciones tropicales de Honduras sigamos importando granos básicos. En la década del sesenta del siglo veinte, nuestro país abastecía de granos y de frutas a la población salvadoreña, sin desabastecer nuestro mercado interno. A mediados del siglo diecinueve un explorador anglosajón aseguró que en Manto, capital departamental de Olancho en aquella época, se localizaba el más importante hato ganadero de Centroamérica, con exportación de carne salada, y ganado en pie, hacia La Habana y otras partes de Europa. Aquellas dos condiciones se han perdido por la ineficacia del sistema de propiedad de la tierra y de ciertos personajes excesivamente tradicionalistas, que se oponen a una agricultura diversificada y a una ganadería científica, con establos y todo lo demás.

            Debemos buscar verdaderos consensos entre los sectores gubernamentales, privados y de sociedad civil. Evitando, a como dé lugar, la reincidencia de los “anarquistas” enemigos del Estado, que insisten, con un dogmatismo a ultranza, en las políticas  encaminadas a la destrucción o minimización de ese Estado. Tal desmantelamiento de las instituciones estatales básicas, ha dado como escalofriante resultado, el colapso reciente de los sistemas sanitarios en casi todos los países del mundo. Pero también podrían aparecer otros nuevos colapsos si los anarquistas de “izquierda” y los anarquistas de “derecha” (léase neopopulistas y neoliberales) persisten en sus ideologías anti-estatales, creando pobreza, desigualdad y vulnerabilidades por doquier, en ambas direcciones. Quizás por eso el presidente francés Emmanuel Macron, ha propuesto en fecha recientísima la recreación del “Estado de bienestar”. No conviene olvidar que el actual presidente de Francia ha trabajado como banquero y como ministro de Economía.

            Por todo lo anterior no es nada aconsejable ninguna acción precipitada en los terrenos económicos e institucionales. A pesar de la larga caminata actual en el desierto de las incertidumbres, debemos evitar aquellos saltos al vacío y los rencores rurales típicos de nuestra sociedad. Debemos, en consecuencia, encontrar los acuerdos básicos.

            Tegucigalpa, MDC, 12 de abril del año 2020. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 16 de abril del 2020, Pág. Cinco). (También se reproduce en el diario digital “En Alta Voz”).

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