Por: SEGISFREDO INFANTE

            Esta es una terminología agradable que se ha venido incorporando a la teología, a la filosofía e incluso a la física cuántica. Recuerdo haber leído un poco de esto, hace tantos años, en conexión con la obra del hermeneuta bíblico Luis Alonso Schökel (1920-1998), por lo que en aquel entonces me pregunté a mí mismo sobre la legitimidad de tal lenguaje, aparentemente superficial. En último caso pareciera haber un ligamen entre literatura, belleza del lenguaje, profesorado y estudios sacros antiguos y modernos, en que Schökel era un maestro consumado, y uno de mis autores favoritos, en lo que respecta a las obras sapienciales del “Antiguo Testamento”. Me refiero a las pocas que llegaron a una librería de Tegucigalpa.

            Pero los olores, sabores y colores poseen un radio de alcance que va más allá del lenguaje hermenéutico y científico. Es más, conectan en cierto modo con el lenguaje popular de las clases medias. En tanto que hablar acerca de estos temas conduce a discurrir sobre los paisajes y las gastronomías, que son parte de la identidad cotidiana de los pueblos, especialmente cuando se trata de celebraciones religiosas. En tal sentido al pretender cercenar la identidad de un gran conglomerado, se comienza por reducir e incluso prohibir el uso de la lengua madre que todavía predomina. O en su defecto se introducen jergas facilonas entre los grupos juveniles, que vienen a distorsionar el uso normal acostumbrado en las conversaciones de los padres y abuelos. También tienden a ridiculizar los alimentos típicos de cualquier sociedad “equis” o “ye”.

            Una sola muestra de lo que aquí decimos es el desaparecimiento de las cafeterías y restaurantes típicos de los centros históricos de Tegucigalpa y de San Pedro Sula, que existían por lo menos hasta la década del noventa del siglo veinte, y a donde llegaban los parroquianos de diversos niveles culturales a degustar los postres y los más o menos aceptables intercambios conversacionales. Tales cafeterías eran redituables porque siempre estaban llenas de clientes. Por ejemplo: La cafetería “El Jardín de Italia”, conocida también como la “Universidad del Pueblo” y localizada en el corazón de Tegucigalpa, era un lugar de obligatoria visita para personas que con pocos lempiras podían pagar un buen cafecito y un delicioso pan con frijoles y mantequilla, lo mismo que otros bocadillos más fuertes. Ahí llegaban escritores y periodistas respetados como Medardo Mejía, Oscar A. Flores, Ventura Ramos y otros de similar valía. En la cafetería “Bric-Brac”, a pocos metros de la estatua de Francisco Morazán, se reunían los pintores y los poetas a medianoche y en la madrugada.

El ejemplo penúltimo que por ahora deseo mencionar es el del extinto “Café de Pie”, a pocos metros del costado sur de la Iglesia Catedral de Tegucigalpa. Ahí se reunían escritores, artistas, políticos, poetas, lingüistas, filósofos, matemáticos, médicos y cinéfilos de diversas tendencias. Pero el dueño de “Café de Pie” fue obligado a cerrar el negocio porque aparentemente los propietarios del edificio le cobraban abultadas y falsas tarifas de agua y de luz que resultaban impagables. Eran como los famosos impuestos confiscatorios. No percibían, los propietarios, que el ágape de intelectuales y artistas era una especie de panal que atraía a los clientes de otros negocios y localidades. Y que aquel mencionado “Café” se había convertido en un símbolo cultural heterogéneo. Por último, una de las mejores cafeterías, la que se localizaba esquina opuesta detrás de la mencionada Catedral, fue desmantelada para instalar en su lugar un puesto de ropa usada. Así es como van desapareciendo las identidades culturales de los pueblos, que recurren a sus olores, sabores y colores para rescatar y perpetuar su sentido de pertenencia colectiva. En Europa las más importantes ciudades con perspectiva medieval, renacentista o moderna, exhiben en sus centros históricos múltiples cafeterías, cinematógrafos, librerías y quioscos de periódicos, revistas y “souvenirs”. Pero nosotros, en países como Honduras, pretendemos ser más avanzados que los países más desarrollados que a la vez poseen verdadera memoria histórica.

Por otro lado, los colores de primavera siempre son especiales en cualquier rincón del mundo, sólo comparables con la belleza de los paisajes de otoño. Sin embargo, en los países tropicales y semidesérticos el aire cuaresmal y de “Semana de Pascua” que se respira, es el atractivo principal de los llamados turistas “cultos”. Los mochileros, ya lo sabemos, se van a otras partes a exhibir sus encantos, en caso que los tengan.

La variedad de bosques, valles y llanuras del trópico, hacen de Honduras un país hermoso en esta larga temporada primaveral, en donde todavía se perciben costumbres gastronómicas difíciles de describir, tales como el guiso de pescado “engüevado”, cuya ortografía y pronunciación respetamos, en tanto que es parte del habla de las pocas matronas que todavía lo saben preparar, como algo sabroso y coloreado con achiote.

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