Por: SEGISFREDO INFANTE

La lista de los amigos fallecidos se agranda cada semana. En consecuencia, también se agranda el vacío interior. Las piernas flaquean, las manos se enfrían y la mirada se ahonda meditativamente. De los más recientemente fallecidos recuerdo a Jaime Chávez Almendares, Benjamín Santos, Fredis López, Samuel Villeda Arita y “Leo” Villeda Bermúdez. Precisamente el jueves diez de octubre a las diez de la mañana, murió en una sala de hemodiálisis el doctor en matemáticas Oscar Montes Rosales, y creo que unos ocho días antes había fallecido el pequeño empresario René Seidel, quien se marchó de este mundo terrenal sin carraspear ningún ruido.

Con Oscar Montes Rosales cultivamos una larga y fructífera amistad. Previamente habíamos sido amigos con su hermano menor Darío Montes Rosales, un olanchano extrovertido y cordialísimo que murió demasiado joven. Con el gran matemático éramos parroquianos de las mismas cafeterías del centro de Tegucigalpa, hasta que un buen día nos sentamos alrededor de la misma mesa en un restaurante, de nombre francés, que trabajaba las veinticuatro horas del día. Ahí comenzó nuestra amistad, la cual perduró hasta el momento de su muerte, y “más allá de la muerte”, como lo hubiera sugerido el poeta español Francisco de Quevedo Villegas. Oscar Montes era un hombre amable, prudente y humildísimo, caminaba por el mundo como desapercibido; pero a mi juicio llegó a convertirse en el profesor universitario que más sabía de matemáticas en Honduras. Recuerdo que en la década del noventa organizamos, con el doctor Montes y otros amigos, la “Sociedad Hondureña de Estudios Clásicos José Cecilio del Valle”. A lo interno de esta asociación (ya desaparecida) Oscar Montes tuvo la oportunidad de ofrecer varias charlas de matemáticas extramuros, por ejemplo, una charla sobre “El Cero Infinito”, cuyos temas conexos abordábamos, en las cafeterías, sin ninguna petulancia. Personas conocidas y desconocidas le hacían consultas de problemas matemáticos en cualquier momento y en cualquier lugar.

Cuando Montes Rosales fungió como director del “Sistema Universitario de Educación a Distancia” de la UNAH, abrió las puertas, de par en par, a fin de que el autor de estos renglones sirviera clases, cada quince días, en el viejo “SUED” de mi querida Choluteca. Y cuando nos reuníamos por las noches el doctor Montes casi siempre me iba a dejar a mi casa, y a otros colegas más. Nunca lo percibí incómodo por estos detalles nocturnos en favor de sus amistades de ambos sexos. Por nuestra parte lo visitábamos allá en su casa, en la colonia “Residencial Centroamérica”, en donde vivía con su esposa y sus hijos, a fin de compartir libros y conversaciones. En el momento que le practicaron una operación a corazón abierto, le dediqué un artículo completo, previendo cualquier fatalidad. Sin embargo, el doctor Montes gozó de su lectura. Aquel homenaje anticipado hace que su partida me duela un poco menos, en caso que se pueda mermar el dolor por el vació inexpresable que deja un buen amigo. Y aunque la peste mundial vino a inmovilizarnos físicamente, continuábamos en contacto por “WhatsApp”. Finalmente, su señora esposa me ha ratificado que el cariño y el respeto era mutuo entre nosotros dos.

El caso de René Seidel es muy triste. Lo conocí en su tienda de trajes, zapatos y sombreros en el mero centro de Tegucigalpa. Su padre había llegado a Honduras por causa de la persecución implacable de los nazis, en donde, al borde de la miseria, fue auxiliado por la familia de Jorge Arturo Reina. La tienda de “caballeros” de René Seidel, terminó quebrando a partir de la crisis financiera internacional del año 2008, y también por la crisis política hondureña del año 2009. Al final estructuró una especie de cooperativa con sus empleados, a fin de que la tienda medio sobreviviera.

Casi siempre nos encontrábamos con René Seidel, en las proximidades del parque central capitalino, y nos deteníamos a conversar hasta cuarenta minutos, como también lo hemos hecho con el erudito Mario Posas, a veces bajo la lluvia. En cierta ocasión René Seidel puso en mis manos un opúsculo que trata sobre la vida y la obra del médico, talmudista y filósofo medieval Moshé Maimónides. Me dijo: “Es mejor que este folleto esté en tus manos. Tú sabrás sacarle mejor provecho que yo.” Por cierto, publiqué un artículo relacionado con aquel textito, que hoy por hoy se me ha extraviado entre los anaqueles apolillados. René Seidel lucía por las calles de Tegucigalpa como uno de los hombres más solitarios del mundo. Pero siempre se detenía, nunca perdía la oportunidad de hablar conmigo, sobre diversos temas, incluyendo los de su vida familiar. Que Dios Eterno se apiade de las almas de Oscar Montes Rosales y de René Seidel, porque acá en la tierra, mientras yo viva, sus nombres estarán a flor de labio. ¡!Sea!!

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