Doctor HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO, Premio Nacional de Ciencia “JOSÉ CECILIO DEL VALLE”

“¡Dios mío, qué solos/ se quedan los muertos!”. Este lamento, recogido en dos versos de la rima LXXIII de Gustavo Adolfo Bécquer, sin embargo, algunos “vivos” desempolvamos los anales de la historia para que los que nos leen recuerden “quienes somos, de dónde venimos…y por lo menos tener una idea para dónde vamos”.

[1]El movimiento independentista fue el 5 de noviembre e de 1811, conocido como el Primer Grito de Independencia de Centroamérica, fue una sublevación en contra de las autoridades de la Capitanía General de Guatemala liderado por un grupo de criollos encabezados por Manuel José Arce, y los sacerdotes José Matías Delgado junto a los hermanos Aguilar. Los alzados lograron deponer a las autoridades coloniales y nombrar a sus propios dirigentes, pero la revuelta no encontró respaldo en los demás poblados de la intendencia, por lo que la ciudad quedó aislada. Las autoridades de la Capitanía General de Guatemala enviaron una misión de índole pacífica para restaurar el orden en la localidad. Este movimiento fue también el primer intento de sublevación en la capitanía, previo a la Independencia de Centroamérica en 1821. Desde el inicio del siglo XVII, el cultivo de añil había sido la base económica de la Intendencia de San Salvador. Las plantaciones cubrían casi todo el territorio, y el tinte extraído era la principal exportación del Reino de Guatemala. Precisamente, la provincia de San Salvador había sido la principal productora en los últimos 25 años del siglo XVIII.

La industria era controlada por una élite criolla conformada por españoles, criollos y ladinos, propietaria de considerables extensiones de tierra. Por otro lado, la actividad económica de este rubro incentivaba la ganadería en Honduras, Nicaragua y Costa Rica, sin embargo, la explotación del añil no beneficiaba a los indígenas, quienes proporcionaban su fuerza laboral a la industria. Sus mejores tierras habían sido despojadas para el cultivo, además, los hacendados disponían de su trabajo a través del repartimiento obligatorio, el cual había sido legalizado en 1784 a pesar de que se había prohibido su ocupación en haciendas de añil desde el siglo XVI. Esto se debía a que el proceso de elaboración del tinte causaba muchas muertes entre los trabajadores, pues los obrajes eran focos de infección de enfermedades. Esas duras condiciones laborales ocasionaron la huida de los nativos a lugares aislados.

En general, las demás provincias centroamericanas se encontraban a merced del monopolio mercantil de la Ciudad de Guatemala, que tenía el respaldo de la corona española. Por tanto, aunque la mitad de la producción de añil para exportación provenía de los llamados poquiteros de El Salvador, Honduras y Nicaragua, era la aristocracia guatemalteca la que establecía los precios y tenía la capacidad de comprar a los grandes productores; también concedía préstamos y obligaba a los demás provincianos a llevar sus productos a Guatemala para venderlos en tiangues y ferias de mayor actividad de la industria.

Precisamente, por ser San Salvador el centro comercial más importante del Reino, padeció más las consecuencias de la crisis económica. Muchos trabajadores resultaron afectados por el desempleo, lo que desencadenó el descontento en los criollos. En consecuencia, por el hecho de vivir bajo dos «dictaduras», la colonial y la guatemalteca, hizo de la provincia la más interesada por la independencia en el istmo. La escasa influencia en el poder impulsó a los criollos a fortalecer a sus hijos en el estudio. De esta manera, quienes formarían parte del movimiento de 1811 —fruto de una generación donde existió incremento de la actividad cultural a fines del siglo XVIII—, eran expresión de una minoría culta que asumiría liderazgo. Entre ellos figuraban sacerdotes o personas con estudios en Guatemala, muchos de ellos egresados de la Universidad de San Carlos donde se enseñaban las ideas de la revolución científica y de la Ilustración. Esas minorías cultas, cuyos miembros se encontraban relacionadas por lazos familiares en varios casos, tenían influencia social y económica. Además, de acuerdo a un informe del Capitán General Bustamante, estaban en contacto con los cabecillas del movimiento independentista mexicano.

José Matías Delgado y León era un sacerdote salvadoreño y médico conocido como el padre de la patria Salvadoreña y prócer de Centroamérica. Fue líder en el movimiento independentista de El Salvador del imperio español, y del 5 de noviembre de 1811. Un grupo de sacerdotes intervino en la gestación del movimiento de 1811. Mejor preparados intelectualmente, y con una posición importante en la vida pública, eran indiscutibles líderes de la causa. Entre ellos figuraban el párroco José Matías Delgado y los hermanos Manuel, Vicente y Nicolás Aguilar. Su implicación provocó el sobresalto entre los sectores conservadores, pues la Iglesia Católica era una importante aliada del poder colonial. Cualquier participación de los religiosos era considerada una herejía por las altas autoridades eclesiásticas. Precisamente, el vicario provincial de San Vicente, Manuel Antonio de Molina, expresaría ante los hechos del cinco de noviembre:

Según el historiador Carlos Meléndez Chaverri, los curas, enterados del ajusticiamiento de Miguel Hidalgo en julio de 1811, decidieron intervenir en el movimiento independentista, pero «delegando su entera confianza como eran los parientes más allegados, las facultades que ellos habrían deseado asumir». Los nombres de esos personajes incluían a Manuel José Arce, el cabecilla del movimiento; don Bernardo, su padre; su medio hermano el presbítero Juan José Arce; Miguel Delgado, hermano de José Matías; Juan Manuel Rodríguez; Mariano y Leandro Fagoaga; José María Villaseñor y Manuel Morales.

Durante los meses anteriores al 5 de noviembre, había inquietud en San Salvador. De hecho, para el mes de septiembre de 1810 González Mollinedo había comunicado al secretario de guerra y justicia que existían allí síntomas de rebelión contra España. Para el 4 de enero de 1811, tanto el gobierno civil como el eclesiástico habían prohibido y mandado a recoger impresos a favor de la independencia en América que circulaban en todas las provincias. Para paliar la agitación se estableció la derogación de los tributos a los indios, una medida que se haría efectiva a partir del mes de octubre y cuya noticia fue encomendada a José Matías Delgado como vicario provincial de San Salvador.

La noche del cuatro de noviembre, el alcalde de barrio Bernardo Torres convocó a varias personas de su jurisdicción para proteger la residencia de José Matías Delgado. Más adelante, un grupo de vecinos —encabezados por los Arce, padre e hijo— fueron donde el intendente Gutiérrez y Ulloa para reclamar libertad de Manuel Aguilar en Guatemala, así como anular el comparendo a Nicolás. Gutiérrez expresó su inutilidad al respecto, alegando que era asunto del arzobispado guatemalteco. Asimismo el presbítero Nicolás Aguilar, junto con un grupo de personas, se encaminó a apresar esa noche a Bernardo Molina (el presunto sospechoso que atentaría contra el presbítero Delgado).

La leyenda ha perpetuado a José Matías Delgado como el iniciador del Primer Grito de Centroamérica, cuando tocó la campana de la Iglesia Nuestra Señora de La Merced a las cuatro de la mañana. Sin embargo, la evidencia histórica muestra que las únicas campanas tañidas ese día fueron la del cabildo y probablemente otra en la Iglesia Parroquial para él Te Deum. La supuesta gesta de Delgado cobró fuerza a partir de un discurso de Víctor Jerez el 5 de noviembre de 1911, en la conmemoración del centenario del movimiento. Él mismo recabó el hecho de la tradición, expresando: No vamos a celebrar un hecho aislado, regional y exclusivo de nuestra historia particular, acaecido en el periodo triste del desmembramiento de la República Federal de Centro América, sino un acontecimiento común a los pueblos de la antigua patria…El Salvador a invitado cordialmente a sus hermanas Repúblicas de la América Central, cuyos dignos representantes hallarán en el hogar salvadoreño el calor del propio hogar y el intimo abrazo que debe estrechar a los hijos de una misma madre. Y en el recuerdo glorioso, se avivará más nuestra fraternidad; y se fortalecerá la esperanza de una real y efectiva unión, al ser evocados en fraternal consorcio los hechos de nuestros antepasados, que no concibieron la patria pequeña y despedazada, sino grande e indivisible”.


[1] Wikipedia

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