Por: SEGISFREDO INFANTE

            Es una madrugada del jueves 14 de septiembre del año que corre, en el contexto de las fiestas patrias. Amanezco desconcertado por un sueño extraño, como pocos durante toda mi vida. He soñado con un río oscuro, denso, compacto. Las dos orillas son también oscuras. El horizonte es negro. O es inexistente. Estoy entre dos habitaciones en forma de cubículos, a la orilla de ese río, en donde la visibilidad de mi dormitorio ha bajado también al nivel cero. Y algo oprime pesadamente mi tórax, sobre el punto exacto de mi corazón.

            La cosa que me oprime es como vampiresca, gargolina, parecida al cúmulo de mis pecados y errores arrastrados durante décadas y reunidos en un solo punto. En medio del sueño tenebroso clamo al cielo. A los ángeles de Dios. Los ángeles misericordiosos, de imperceptible transparencia, aparecen ahí cerca de los cubículos de dormir, más rápidos que un rayo invisible, como susurrando solamente su presencia. Para darme a comprender que nunca estoy tan solo como siento y presiento, y para darle asistencia al ritmo fatigado de mi corazón, afectado de presión arterial cotidiana.

            Algo me duele. Algo indescriptible. Comprendo, con la más honda tristeza interior, que tal vez soy indigno del nombre impronunciable de YAVÉ. Ni siquiera soy digno de leer o releer las meditaciones y los poemas del místico “San Juan de la Cruz”. Ni de “Santa Teresa de Jesús”. Tampoco de recordar el nombre bendito del padre Abraham, escondido en un recodo milenario de los tiempos ancestrales, y escondido, permanentemente, en los recodos de mi cerebro y de mi corazón. Y es que en algún momento creí que me encontraba cerca de los mensajeros del Altísimo. Del Dios Eterno. Pero quizás estaba, y sigo estando, del todo equivocado. Pues al despertarme de aquella enorme pesadilla, mi alma ha continuado dudosa, sedienta, pecaminosa, incierta. No sé cómo debo comportarme. Tampoco logro deslindar los campos de mis lecturas, sean pasadas, presentes o posibles.

            Varios días después de aquel sueño, que era más bien pesadilla, he seguido reflexionando sobre este problema. No puedo ni debo aplicar el modo de análisis sobre los sueños vulgares que se autoaplicaba Sigmund Freud respecto de sus propios sueños, impregnados de deyecciones. Tampoco puedo seguir mi vieja costumbre de interpretar los sueños según los retazos traslapados de mis experiencias pasadas o de las experiencias feas y bonitas que han experimentado otras personas, que uno las interioriza. Ni mucho menos empalmar el tema con mis problemas renales y el deseo reprimido de orinar en las noches.

            Este sueño realmente es singular. Recuerdo haber percibido la existencia de un río de aguas espesas parecidas al petróleo crudo. Pero todo alrededor del río es igualmente oscuro, de una densidad indescifrable. Tal densidad me confunde y pareciera imponerse sobre la claridad conceptual que he buscado en las grandes ideas. Se trata de “una noche oscura”. Más oscura que cualquier otra cosa que pudiera imaginar. O leer. Este nuevo río en nada se parece al río hipotetizado por Heráclito. Ni tampoco es análogo al río espeso de la filosofía de Guillermo Hegel. Ni mucho menos de los santos.  

            Al sumergirse en los ríos de Heráclito y de Hegel se puede sobrevivir. En los mismos el agua fluye a distintas velocidades. Pero fluye. Los personajes supuestos se pueden sumergir y luego salir con vida. En este punto recuerdo un brevísimo artículo mío titulado “El río espeso de Hegel”, relacionado con su “Fenomenología del Espíritu”, que fue publicado en el diario “La Tribuna” del cuatro de septiembre del año 2011. Se trata de un artículo que quizás solamente recuerde Martín R. Mejía. En uno de los párrafos digo lo siguiente: “La tercera gran metáfora, y quizás la más apropiada, es la de un lentísimo, profundo, largo y espeso río (parecido al Amazonas o al río Nilo) con bagres semánticos escapándose entre un fondo arcilloso –o lodoso–, que transcurre por los cauces fragmentados de la historia, donde se deslizan conceptos espirituales (nada religiosos) más o menos elementales, hasta convertirse en un enorme río transparente, o espejeante, o sea un gran concepto, que desemboca en la “Idea de lo Absoluto”, en donde se han unido (¿para siempre?) lo subjetivo con lo objetivo, lo individual con lo colectivo, en un mundo universalizado; superando, teoréticamente, la antiquísima contradicción desgarradora entre el sujeto libérrimo y la carcelaria naturaleza circundante.”

            El río histórico-filosófico de Hegel se diferencia, sustantivamente, del río de nuestra espantosa pesadilla. Creo que al penetrar en su lentísima corriente onírica, negra, nada sobrevive. Excepto el milagro y la misericordia infinita de Dios, que hace caso omiso de nuestros errores carnales y de otras flaquezas espirituales. Lo único bueno de esta pesadilla es que he despertado vivo y que aún puedo reflexionar. Pienso que el hombre (cualquier hombre o mujer) se espantaría si acaso realizara una autoinspección de su río personal oscuro igual que el petróleo; o si tal vez se sumergiera en una hondonada sin fondo, viendo pasar lentamente el torrente interminable de sus defectos fragmentarios y caóticos.

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