Por: SEGISFREDO INFANTE

            La primera obligación de un ser civilizado de cualquier parte del mundo, es pensar (y trabajar) en casi todo momento, en función de salvaguardar la sobrevivencia de la especie humana. La segunda obligación es proteger la cultura heterogénea de su propia nacionalidad. En nuestro caso la “Cultura Occidental” y occidentalizada. En otros contextos se trata del “Mundo Oriental”. Una tercera obligación, en orden descendente, es el concepto de “patria” con el Estado que abarca a toda una población, igualmente heterogénea. Y, por último, en términos políticos o ideológicos, se colocarían los intereses de los partidos políticos, que sólo representan a un porcentaje poblacional.

            Para llenar las cuatro precondiciones anteriores, se requiere del concurso y recurrencia de muchos factores, entre ellos la seguridad alimentaria de los pueblos, la protección de la salud de todos, y el indispensable equilibrio ecológico, incluyendo la tolerancia política, piedra de toque de la democracia de cualquier país que más o menos pretenda ser moderno. Salvaguardar a la especie humana implica lo más esencial de todas las esencias. Sólo poseyendo la substancia del amor al prójimo es posible colocar los intereses concretos y abstractos de la humanidad por encima de cualquier otro factor concomitante, sea importante, ambiguo o insignificante.

Aparte de evitar a todo trance cualquier guerra asoladora que ponga en peligro la subsistencia de nuestra especie que es la única capaz de pensar racionalmente y de reconocerse a sí misma, creando su propia historia, la ciencia debe orientarse a crear nuevas tecnologías poderosas para desviar las rutas de posibles asteroides que pondrían en peligro al planeta y a todos los seres humanos, al margen de las diferencias culturales e ideológicas de turno. Ningún desfile militar y tecnológico, por muy bonito que parezca, estaría en condiciones de salvaguardar las vidas de millones de personas una vez desatado un fenómeno catastrófico. Recordemos la experiencia de los nazis hitlerianos, que vestían elegantemente, con desfiles escalofriantes en Múnich y en Berlín, pero que fueron incapaces de soportar la crudeza del frío en los territorios de Rusia, y mucho menos en las lodosas trincheras de las Ardenas (Bélgica y Luxemburgo) en el frente occidental, ya desmoralizados, hambrientos y desorganizados como estaban. Los nazis causaron estragos a la humanidad y a pequeñas nacionalidades, lo mismo que a su propio país.

Cuando estudiaba la secundaria en un colegio nocturno, dos amigos se burlaban de mis preocupaciones encaminadas al desmantelamiento armamentístico. Ellos decían que sólo se trataba de “apretar un botón rojo” y que desapareceríamos todos. Quizás los colegas tuvieran algo de razón. Sin embargo, yo les contestaba que mientras se pudiera respirar había esperanza de subsistencia frente a una posible hecatombe nuclear. De hecho poco a poco crecieron las protestas contra el armamentismo atómico a nivel mundial, a pesar de las guerras regionales intensas o de baja intensidad. Al final se derrumbó el explosivo “Muro de Berlín”, y las cosas parecieron cambiar positivamente, cuando menos durante unos pocos años. Debemos recordar que aquel muro ominoso fue derrumbado pacíficamente, con las manos de personas coincidentes de ambos bandos.  

Por supuesto que después de aquello aparecieron los chauvinistas, xenófobos, fundamentalistas extremos, capitalistas de burbuja, gamberros de todo signo y nuevos mafiosos, cuyas acciones antidemocráticas convergieron principalmente en la Europa oriental y en algunos países asiáticos, destruyendo a la vieja Yugoeslavia que había construido, con mucha paciencia y personalidad, el mariscal Josip Broz Tito. Con ello se demostraba que un solo hombre, por muy poderoso y carismático que sea, jamás podrá construir una nación sólida de largo alcance, sobre bases demasiado frágiles; o tan explosivas, étnica y religiosamente, como en el caso de los yugoeslavos.

Después del amor objetivado hacia el prójimo, la clave para mantener la sobrevivencia pacífica de la especie humana y de las naciones, es el derecho inalienable a la “libertad”, que deriva de la “autoconciencia móvil”, según palabras del viejo e inolvidable Hegel, en el punto en que se han reconciliado los contrarios antagónicos para el bienestar de todos. Este concepto poco o nada tiene que ver con el anarquismo, el extremismo y el libertinaje que hemos observado, históricamente, en diversas sociedades orientales y occidentales, en pleno siglo veinte y comienzos del veintiuno.

Volviendo a la idea original, la salvaguarda de la especie humana es la más esencial de todas las esencias. Es aquella que exteriorizada con inteligencia y razón, le imprime sentido a todo lo demás, sin cuya sustancia formal y material podríamos caer en un abismo sin fondo. Pues sólo el sujeto universal fotopensante arroja luz sobre las tinieblas que a veces parecieran aprisionar o condenar a la humanidad.   

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