Por: SEGISFREDO INFANTE

            Históricamente hablando, conozco algunos pocos pueblos itinerantes, que su más fuerte y más íntimo deseo es retornar a su terruño amado, sin importar las condiciones totalmente adversas que tal proyecto signifique. Ahora mismo, lo dijimos en un artículo de la semana pasada, existen casi siete millones de sirios que se encuentran refugiados en los territorios de Líbano, Turquía y Grecia; y más de seis millones de desplazados de guerra del mismo país afectado. Doce millones como mínimo. Pero ocurre que la mayor parte del pueblo sirio que ha emigrado de manera forzada, desea que se acabe la violencia regional y así poder retornar a su tierra cuanto antes posible.

            En un artículo aludido destaqué que la guerra experimentada en Siria, es una de las guerras más inhumanas y espantosas de los últimos tiempos modernos. Ciudades y aldeas completamente destruidas por las bombas y las balas en un fuego cruzado en donde ha sido difícil identificar con precisión a los destructores de adentro y de afuera, en donde los mayormente afectados han sido grupos civiles indefensos de todas las edades, tanto cristianos como musulmanes moderados. Otro tanto ha ocurrido en la parte nor-occidental de Irak, en donde el grupo archi-terrorista “Isis” ha ejecutado acciones macabras.

            Los sirios, sin embargo, quieren retornar a Siria, aun cuando sus adversarios hayan destruido sus hogares, iglesias, mezquitas, hospitales, escuelas y colegios. No tienen ni la menor idea en dónde construirían sus nuevas casas. Pero quieren volver a Siria para hacerse cargo de los colegios y escuelas en donde educarían a sus hijos. Eso se llama, como diría el erudito hondureño don Mario Posas, poseer “conciencia histórica” de su pasado, su presente y su posible porvenir. Y eso se llama, agregaríamos nosotros, poseer un profundo sentido de nación, el cual se encuentra ausente en el flaco espíritu de aquellos hondureños que pasan soñando día y noche con vivir en la “Metrópoli del Norte”, alimentados, durante décadas, con ese sueño especial, desde los medios de comunicación masiva.

            Sentido de nación, conciencia histórica y sentido de pertenencia colectiva, son conceptos fraseológicos que debiéramos dialogar hacia lo interno de la heterogénea sociedad hondureña. Comprendo las alergias ideológicas que tales conceptos pueden provocar en algunos tecnócratas hipermodernos que son adversarios de la idea de “Estado-nación”; y también en el alma de algunos viejos teóricos que se inventaron el concepto de “historicismo” para atacar todas las variables filosóficas, sean positivas, negativas y otras ambiguas, que le han dado sustento a la civilización occidental. A veces da la impresión que los teóricos enemigos del mal llamado historicismo, son adversarios jurados de la “Historia” misma, la cual ha ocurrido y ocurre en la vida real, al margen de los deseos ideológicos y políticos personales. Ellos mismos, aunque les duela en el alma o en la médula del hueso, son productos específicos de escenarios históricos concretos.

            Nuestro hondureño promedio carece de sentido de nación. En consecuencia resulta harto difícil ponerse de acuerdo en cosas elementales que podrían ser beneficiosas en un mediano o en un largo plazo. Para empezar el hondureño debiera aceptar, mirándose en el espejo de la realidad, que él es una entidad criollo-mestiza que habla todos los días en lengua castellana. (O en español como le dicen ahora). El idioma común es un ligamento cohesivo para la sobrevivencia de una nación que desea mantener su propia identidad ante amigos y extraños. Un solo ejemplo de esto es la gran cantidad de arcaísmos que utilizan, al conversar, los campesinos hondureños de tierra adentro. Debiéramos, por lógica y hasta por sentido común, respetar y repotenciar tales arcaísmos en el uso del español cotidiano.

            Seguidamente sabemos que una nación “equis” para sobrevivir durante mucho tiempo necesita producir o comprar sus alimentos básicos. Honduras es un país tropical con grandes potencialidades agropecuarias, y algunas reservas hídricas, que han sido socavadas por un tradicionalismo excesivo; por un régimen de propiedad retranca; por falta de imaginación y por la destrucción de los valles y de las llanuras más fértiles. Las naciones necesitan alimentarse, y en consecuencia necesitan producir sus agro-alimentos básicos, y luego vender en buenos y excelentes mercados internacionales el sobrante o el excedente del total de la producción, de ser posible con valor agregado. En tal sentido se convierte en una especie de imperativo nacional convertir cada parcela de tierra en algo productivo.

            A lo anterior se suma el archi-trillado tema de la educación. Pero, desde mi ángulo personal, en ningún momento cualquier educación. Los profesores, estudiantes y padres de familia deben pactar una nueva concepción educativa. No es posible ninguna educación con gente que se haya enemistado para siempre con los libros. Dime qué cosas estás leyendo y más tarde te diré quién eres. Debemos aspirar a que cada hondureño haya leído en su vida cuando menos un libro interesante: Las “Memorias” de Froylán Turcios por ejemplo. O el “Pentateuco” o “Torá” de la Biblia, para sólo comenzar.

            Tegucigalpa, MDC, 19 de enero del año 2020. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 23 de enero de 2020, Pág. Cinco). (También se reproduce en los periódicos digitales “En Alta Voz” y en “El Articulista”).

 526 total views,  3 views today

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here