Por: SEGISFREDO INFANTE

            En el curso del presente año han transitado bajo los dinteles de la vida y de la muerte, personajes que le dieron mucho a Honduras, América Central y en consecuencia a la posteridad. Entre ellos el doctor Stephen Webre, un historiador estadounidense de primera línea, quien dedicó su vida a la investigación científica de la historia colonial del “Reyno de Guatemala” (hoy Centroamérica), y a enseñarla en las universidades regionales y de los Estados Unidos. Lo recuerdo como coordinador permanente de las nutridas mesas coloniales de los Congresos de Historia en donde observábamos y escuchábamos a historiadores (jóvenes, maduros y viejos) con diversas ponencias, que venían a estos países de distintas partes del continente. E incluso de Inglaterra.

Stephen Webre era un hombre amigable, conciliador, aclarador y riguroso en sus presentaciones. He leído algunos de sus textos. Una de las últimas investigaciones trataba sobre una mujer descendiente de Bernal Díaz del Castillo, quejándose ante las autoridades virreinales por la pobreza económica en que se encontraba. Ojalá que haya publicado tal ensayo. Pero el que tengo frente a mis ojos al momento de redactar este artículo, se titula: “Poder e Ideología: La consolidación del sistema colonial (1542-1700)”, que se incluyó merecidamente en el segundo tomo de “Historia General de Centroamérica” (Madrid, 1993). En uno de los tantos congresos lo invité a un programa televisivo de “Economía y Cultura”. Quedó satisfecho. Al salir de aquel programa de una hora, con visible alegría me expresó: “Segisfredo, es bueno que a uno le hagan entrevistas personas que realmente saben de historia.” Nunca más lo volví a ver. Ahora mismo siento congoja por el fallecimiento de aquel historiador riguroso que sabía respetar a los demás.

Por otro lado, acaba de morir Ramón Custodio López, a quien sólo había conocido de manera indirecta, por medio de la televisión y la prensa escrita. Se desempeñó como defensor de los derechos humanos en una época harto difícil (hablo de la década del ochenta), cuando Honduras y otros países centroamericanos fueron víctimas de la confrontación de baja intensidad derivada de la “Guerra Fría”, entre los bloques del este y del oeste. Después, hace alrededor de veinte años, establecimos un trato más cercano en el contexto de una “Comisión del Trifinio”, en donde trabajábamos “ad honorem”, con el objeto de respaldar iniciativas encaminadas a levantar el perfil de la “Mancomunidad” pobre de tres países fronterizos. Ahí percibí que aquel héroe, quizás por la edad, exhibía un temperamento difícil. Recuerdo que previamente se le había ocurrido lanzarse en una campaña presidencial independiente sin ningún futuro. Por medio de un artículo expresé que el precandidato “Moncho” Custodio tenía que aprender a sonreír. En aquel momento aprendió a sonreír. Desconozco si acaso extravió la sonrisa o la mantuvo. De lo que estoy muy claro es que el hondureño Ramón Abad Custodio López se convirtió en un verdadero héroe nacional en la defensa de los derechos humanos, la libertad de expresión y la defensa de los principios democráticos, sin ofender personalmente a nadie. Considero que el Estado de Honduras, con todos los hondureños incluidos sin distingos ideológicos ni políticos, le debemos cuando menos una estatua de bronce.

También falleció “Tía Prisca”, hermana de doña Lucinda Salgado, la madre del profesor y filósofo amigo Oscar Soriano Salgado. En mi adolescencia “Doña Lucinda” se convirtió en mi segunda madre. Así que “Tía Prisca”, que era una enfermera excelente, siempre fue atenta respecto de mis dolencias físicas. En cierta eventualidad que estuve padeciendo de fiebres y hasta convulsionando, “Tía Prisca” me consiguió una camilla en el “Hospital San Felipe”. Los médicos ordenaron todos los exámenes posibles y no encontraron nada. Me inyectaron y desaparecieron de inmediato las fiebres y las convulsiones. A la conclusión bromista a que llegaron los médicos y enfermeras, “es que a este muchacho lo que le falta es una mujer”. Pero en aquellos días yo era medio puritano y pésimamente vestido, con zapatos feos, y me costaba un mundo conseguir una buena novia. De hecho sigo siendo un hombre de mala vestimenta exterior. Espero que la tía Prisca Salgado y Salgado descanse en paz, cerquita de Dios Eterno.

Hace varios meses falleció el periodista José Oscar Morán Méndez, a quien conocí cuando él era un adolescente, hermano de mis compañeras de estudio en el Instituto “Alfonso Guillén Zelaya”: Bertilia de Cukier y “Monchita” Morán, con quienes conservo la amistad. En cierta ocasión en que me visitaba mi hija Karin, proveniente de Suiza, hubo un pequeño impasse en el aeropuerto Toncontín, y entonces Oscar Morán, que estaba adentro, resolvió el problemita inmediatamente, sin que yo se lo solicitara. Así son los amigos espontáneos. Igualmente deseo que Oscar Morán coseche la felicidad eterna, y que su hermana “Beti” haya encontrado la resignación indispensable.

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