Por: Segisfredo Infante

El día jueves doce de mayo del año en curso, publiqué en el diario LA TRIBUNA de la capital catracha, el siguiente artículo: “Un millón de hondureños sin vacuna”. Sin pretender ser alarmista, ni mucho menos amarillista, me limité a señalar esta enorme falencia, considerando que por la solución de este problema inmediato debiéramos haber comenzado los hondureños (concebidos como “Estado”) con el fin ulterior de neutralizar, durante el presente año, la pandemia que tantos malestares y tristezas ha provocado en el orden internacional y más específicamente en la comunidad nacional. Varios médicos han informado y confirmado que se trata de más de un millón de personas que quedaron sin vacuna, por diversos motivos, entre ellos la fuerte campaña antivacuna, propalada por los más opuestos segmentos ideológicos de adentro y de afuera. Por supuesto, vale la pena escuchar las opiniones de aquellos que prefieren enfrentarse al fenómeno con ingrimidad, sin abandonar, por nuestro lado, los buenos criterios de salubridad pública.

Decíamos en el artículo aludido que “Las personas vacunadas con una, dos o tres dosis, pueden contagiarse de cualquier variable de coronavirus. O de la misma “Influenza”, de la cual poco se habla. Pero la posibilidad de sobrevivir es mayor en los vacunados que en aquellos que han rechazado la vacuna. Publiqué tal opinión a sabiendas que en nuestro país son poquísimos los políticos que leen estos asuntos y que están en condiciones de tomar decisiones positivas. Digo esto aun cuando German Espinal me expresó el año pasado, con una sonrisa simpática, que él siempre lee mis artículos. El caso es que dos meses después de mi publicación anodina, se ha registrado un rebrote de coronavirus que puede poner en mayor peligro la estabilidad económica de Honduras, sumándose un factor más al concepto de “multicrisis”, que ha puesto en boga el Programa de Naciones Unidas para el desarrollo (“PNUD”).

A propósito del “PNUD”, el martes 12 de julio se expuso en forma presencial y digital, el “Informe de Desarrollo Humano 2022”, y como un miembro más del Consejo Nacional Consultivo de esta respetable institución, me hice presente. En tal exposición, tanto Richard Barathe como Sergio Membreño, hicieron énfasis en el capítulo dedicado al “Estado de Derecho Pleno”, con tres ejes fundamentales: “democracia, justicia y seguridad”, lo que a la vez significa ponderar las posibles repercusiones que tales conceptos podrían significar en la vida concreta de los hondureños. Aquellos que hemos leído, o nos hemos aproximado, a los grandes teóricos de la filosofía y de la ciencia política contemporánea, como Robert Alan Dahl, John Rawls y Giovanni Sartori, conocemos las profundas implicaciones de los términos concomitantes de “democracia”, “tolerancia” y “libertad” para el conglomerado social. Pero ha ocurrido que dos días después del evento, como si se tratara de un “iceberg” salido de la nada, vino a ponerse en precario, una vez más, la seguridad ciudadana, con la masacre teledirigida en el portón de una discoteca en Tegucigalpa, lo cual ha subsumido a las personas más sensibles, en una profunda tristeza y en una especie de estado de ánimo de impotencia general.

Tal vez en el futuro me ocupe del concepto de “justicia”, que suele confundirse con una tonelada de leyes que se han aprobado y reformado desde que recomenzaron, en la pobre y rica “Catrachilandia”, los experimentos democráticos hace aproximadamente cuarenta años consecutivos. Desde mi punto de vista una cosa son las leyes, reglamentos y decretos que regulan la vida de los ciudadanos y de las instituciones, y otra cosa muy distinta es el concepto profundo de “justicia” que, desde los tiempos de Sócrates y Platón, hemos podido deducir que se trata más bien de que “los hombres nunca se hagan daño los unos a los otros” en la vida cotidiana. Los filósofos griegos sistémicos sabían que las leyes pueden ser completamente tiránicas, sesgadas o injustas. Por eso subrayaban la importancia de los conceptos fraseológicos de “bien común” y de “Bien Supremo”, un poco al margen de las legislaciones coyunturales o transitorias, en tanto que la gran “Filosofía” busca verdades universales más o menos permanentes.

“Multicrisis” es un concepto multifactorial que ha prohijado el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. En otro momento volveré sobre este concepto en particular. Por de pronto debemos destacar que la idea conceptual conecta, directa o indirectamente, con la pequeñez de nuestro aparato productivo, el desempleo, los flujos migratorios, la salud, la educación, la pobreza multidimensional, la deficiente matriz energética, la corrupción, la tremenda inseguridad ciudadana, los frágiles micronegocios, el narcotráfico y la desigualdad social. Etc. Todo esto proyecta (en el caso local) el bajísimo indicador de desarrollo humano en Honduras, uno de los más deprimentes del continente americano. En fechas posteriores releeré, con más cuidado y si Dios lo permite, el reciente “Informe” nacional del “PNUD”, y luego otros informes regionales.

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