Por: SEGISFREDO INFANTE

Durante los dos últimos años de su existencia, solía reunirme con don Medardo Mejía, en su casa de Comayagüela, los sábados por la tarde. Las conversaciones se extendían (esto lo he relatado varias veces) hasta por cuatro horas, tomando unos “pocillos” de café. Quien hablaba, por supuesto, era “Don Medardo”, con su voz pausada y reflexiva. Siendo un muchacho que recién incursionaba en el mundo intelectual y periodístico, como era mi caso, apenas me limitaba a escucharle y formularle preguntas sobre temas que yo suponía eran de interés común.

Uno de esos intereses se ligaba al nombre de Alfonso Guillén Zelaya (1887-1947), un periodista y poeta de origen olanchano, cuando el departamento de Olancho producía literatos e intelectuales genuinos. Siempre he mencionado que el primer poema que escuché en mi niñez, en una cinta magnetofónica, fue “La Casita de Pablo” de Guillén Zelaya, sin saber siquiera el nombre del autor. Pero nunca olvidé aquel exquisito soneto, de corte posmodernista, en el entendido que era un poema post-rubendariano. Cuando le pregunté sobre Guillén Zelaya me contestó que se trataba de “un poeta inmenso”. Y que él, personalmente, lo había tratado en Guatemala o en México. Alfonso Guillén Zelaya, según palabras publicadas por el mismo Medardo Mejía, era un verdadero “gentleman”. Me parece haber corroborado esto en la “Revista Ariel” o en algún otro texto medardiano.

Varios años quedé pensando a qué se refería “Don Medardo” con aquello que Alfonso Guillén Zelaya era “un gentleman”, habida cuenta que el poeta y periodista olanchano era oriundo de una zona arisca, cimarrona y mostrenca de Honduras, durante buena parte de la prehistoria y de la historia regionales. El anglicismo conectaba, en forma indirecta, con los caballeros andantes de la Edad Media, protectores de huérfanos, viudas, leales a sus señores feudales, amantes de una mujer ideal y deshacedores de entuertos. Pero en una época históricamente más cercana (siglo diecinueve) conectaba con la vida, las buenas maneras y las conductas urbanas de los caballeros de la época de la Reina Victoria de Inglaterra, cuya característica principal es que casi todos eran elegantes y amaban la buena literatura. En esta perspectiva se enmarcaba la personalidad interior y exterior de Guillén Zelaya.

Pero si tuviéramos dudas al respecto podemos hacer dos cosas: Leer su poemario “El Quinto Silencio” y sus artículos periodísticos reunidos en dos tomos, bajo el título “Alfonso Guillén Zelaya, conciencia de una época”, publicados por la vieja Editorial Universitaria de la UNAH, bajo mi responsabilidad, con el auxilio de Ramón Oquelí y Tomás Erazo, un dirigente proletario, muy poco conocido, de la zona norte del país. 

En varios artículos publicados en estos mismos espacios de opinión, he sugerido la hipótesis que, si acaso podemos encontrar pensamiento con algunos giros filosóficos en las prosas de autores hondureños de comienzos del siglo veinte, los nombres más inmediatos serían los de Paulino Valladares, Salatiel Rosales y Guillén Zelaya; sobre todo en las obras dispersas de estos dos últimos olanchanos, sea dicho de paso. Para esta tesis tengo el respaldo de mis propias lecturas de muchos años y el ojo de águila erudito de Rafael Heliodoro Valle, el “Hecatónquiro de América”, según Eliseo Pérez Cadalso. O el “Humanista de América”, según la mexicana Ángeles Chapa Bezanilla.

Releyendo detenidamente la recopilación de artículos periodísticos de Alfonso Guillén Zelaya, se percibe la imparcialidad, la ecuanimidad y la buena fe del escritor olanchano respecto de los acontecimientos convulsos de las primeras tres décadas del siglo veinte hondureño, en donde las guerras civiles ensangrentaban, con horror, a los hermanos hondureños y los cadáveres (según fotografías que en algún momento me mostró Guillermo Emilio Ayes) se apilaban sobre las laderas del Cerro Juana Laínez, todo porque los dirigentes de los bandos en pugna, que por regla general eran tres, se encontraban imposibilitados de dialogar con diplomacia y encontrar puntos de empalme.

Guillén Zelaya aconsejaba en sus artículos periodísticos, entre 1925 y 1947, la necesidad de superar el caudillismo anacrónico y las montoneras que habían orillado a Honduras a perder cien años de su historia independiente. Lanzaba repetidos llamamientos a fin de que las facciones y los partidos políticos olvidaran el pasado rencoroso con miras a establecer un gobierno de unidad nacional que viniera a promover la conciliación de todos los ciudadanos en función del orden, la paz, la libertad de prensa, el bienestar colectivo, el trabajo y el progreso económico del país. Tales artículos de Guillén Zelaya pareciera que fueron publicados el día de ayer. En sus planteamientos autónomos había, quizás, una mixtura de liberalismo finisecular, socialcristianismo incipiente e incluso algo de marxismo ingenuo, pues esta última era una doctrina que se encontraba en ebullición en México. Empero, lo más importante del discurso del escritor olanchano era su espíritu conciliador y su amor entrañable por Honduras, país que colocaba por encima de los intereses partidarios.

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