“Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén. E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido.”

(Marcos 16:13-14)

No hay camino más difícil de transitar, que el camino donde hemos fracasado, esta historia nos muestra como dos personas que habían sido testigos de los milagros, proezas y portentos de parte de Jesús y creían en Él regresan a su tierra porque su Maestro había muerto y con Él sus sueños, anhelos y deseos, no tienen otra alternativa que volver de donde habían salido.

La tarde del domingo de Resurrección, dos discípulos de Jesús, impregnados de tristeza y desánimo, abandonan Jerusalén camino de Emaús. Sus expectativas mesiánicas se han desvanecido. Su fe se ha apagado. Ya no esperan otra cosa que seguir con sus viejas costumbres. No tiene ningún sentido continuar juntos. Si Jerusalén representaba el centro de la espiritualidad y de experiencias extraordinarias con Jesús, Emaús representa el exilio y el abandono de sus convicciones.

Pero, no critiquemos a estos dos hombres, tristemente, la experiencia de Emaús se repite. Son demasiados los cristianos que hoy marchan de su Jerusalén particular (como metáfora o símbolo de la iglesia) para encaminarse a Emaús (como expresión de las diversas alternativas que la insatisfacción produce). Recientemente, han aparecido en los medios cifras que obligan a la reflexión. En Alemania, cuna de la Reforma, se considera que entre 120.000 y 150.000 personas abandonan las iglesias protestantes históricas cada año. La iglesia católica presenta cifras análogas e incluso superiores. Algunos de sus edificios son vendidos y destinados a albergar restaurantes, oficinas, pistas de baile… Estas cifras no dejan de ser un reflejo de lo que está aconteciendo en nuestra Europa de matriz cristiana.

Entre nosotros las cosas parecen marchar en la misma dirección. Algunas estadísticas señalan que en torno a tres de cada cinco jóvenes abandonan la iglesia. Aparentemente, tienen todo para creer: han sido instruidos en un contexto de fe y espiritualidad, conocen la Biblia, han asistido a campamentos infantiles, han participado en actividades juveniles…; pero todo ello es inútil, terminan por abandonar la iglesia. Este éxodo afecta también a personas adultas que miran la iglesia con pesimismo y desencanto. No es la que quisieran y por la que han invertido tiempo y esfuerzo.

No todas las salidas de Jerusalén son idénticas. Hay quienes permanecen dentro de sus muros, si bien frustrados al comprobar que sus expectativas de una iglesia más fiel a Jesucristo y comprometida en la construcción de una sociedad más humana, más libre y fraterna quedan muy alejadas de la realidad. Otros han lanzado la toalla y se han distanciado emocionalmente de la iglesia; siguen confesándose cristianos, pero han perdido interés por la institución. Los hay que marchan sin un destino fijo y en una especie de turismo eclesial van visitando diferentes comunidades a la búsqueda de un espacio que satisfaga sus necesidades espirituales, emocionales y sociales, tanto a nivel personal como familiar. Ya se ha institucionalizado también la figura del cristiano sin iglesia fija. Otros optan por las nuevas formas emergentes menos institucionalizadas. Finalmente, hallamos la categoría del cristiano sin pertenencia eclesial.

Emaús representa también el regreso a posiciones anteriores a la creencia. Son aquellas personas que han dejado el camino de la fe y que no tienen ninguna dificultad en manifestarse como agnósticos o ateos tras un pasado creyente.

Esta situación crítica afecta también al liderazgo de las comunidades. Así, vamos teniendo noticia de pastores que han dejado las iglesias que ministraban y, en ocasiones, el propio ministerio; pastores con el síndrome del burnout: bloqueo emocional, trato despersonalizado de los demás, sentimientos de culpa…; pastores con problemas de identidad: dudas respecto a la vocación, abandono temporal o definitivo del ministerio…

Si desviamos la óptica a las iglesias locales, nos hallamos frente a una pluralidad de formas y momentos en la vivencia comunitaria de la fe y en la praxis eclesial, lo que significa la coexistencia de comunidades tanto renovadas como lastradas por el tiempo. Hecha esta salvedad y asumiendo el elemento diferencial, con frecuencia nos encontramos con iglesias que presentan una pirámide de edad envejecida, por el abandono de la institución de las nuevas generaciones. Iglesias con un bajo número de miembros que comporta la necesidad de agrupar varias comunidades para poder subsistir, con la reducción de la presencia y testimonio que ello comporta.

¿Qué es lo que ocurre cuando tras la fachada de aparente normalidad -como señala el teólogo H. Küng- la casa se nos está viniendo abajo? O más concretamente, ¿por qué se nos desmorona? Señalar una sola causa es un reduccionismo simplificador que no explica la situación de la iglesia en el momento presente. Sin duda hay causas externas, pero también internas.

Lo fácil y menos comprometido es apelar a la secularización que nos envuelve. Ahora bien, diferentes estudios ponen de manifiesto que, a pesar de ella, la espiritualidad no ha sido erradicada, como evidencia el cambio que se ha producido en muchas personas de una vivencia colectiva de la fe a una experiencia más personal. También por el hecho del desplazamiento de la pertenencia a iglesias tradicionales hacia nuevos modelos de espiritualidad. Por todo ello, la pregunta que no podemos evitar es ¿cuál es el grado de responsabilidad de la iglesia en todo ello?

Ello nos conduce reflexionar sobre las causas internas que son muchas y que requerirían para su subsanación, entre otras acciones, una mejor preparación de algunos de los líderes, una teología más actualizada, un mayor énfasis en las cuestiones que realmente preocupan al hombre y a la mujer de nuestro tiempo, un lenguaje más comprensible para una generación con una formación religiosa de mínimos, una liturgia con puntos de anclaje para las diferentes edades y estructuras de personalidad, una actitud menos discriminatoria y más inclusiva, una mayor centralidad en la figura de Jesús y en los valores contraculturales del Reino de Dios.

No todos cuantos dejan Jerusalén e inician su exilio hacia Emaús son personas sin inquietudes, que han perdido la fe o que prefieren reconstruir su proyecto de vida al margen de Dios. Muchos son empujados hacia Emaús por la falta de coherencia percibida en la comunidad de fe. Por el divorcio entre la teoría doctrinal o ética y una práctica en ocasiones distante del relato transmitido.

La solución óptima no es alejarse de Jerusalén, sino rehacer la vinculación y el compromiso con la comunidad de fe y con otros cristianos con los que poder compartir y reanimar la esperanza en Dios. Es momento para la acción profética reflexionando con rigor sobre nuestras crisis, ofreciendo orientación e inspiración a personas y grupos. Al igual que los discípulos de Emaús, tenemos que decirle a Jesús: Quédate con nosotros. Y es que cuando desaparecen las expectativas, sólo queda lugar para la esperanza. La esperanza de que Jesús sea el centro de nuestras comunidades de fe y de vida y no sea necesario el exilio.

Dios les bendiga

Denis A. Urbina Romero
Licenciado en Ministerio Pastoral
Email: daurbinar@gmail.com

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