Juan Ramón Martínez

Los fundadores de la Unión Americana, sabían que estaban creando una gran nación. Diseñaron una constitución que más que la organización del gobierno se garantizaran los derechos de los ciudadanos. Configuraron un ejecutivo débil. Un congreso representativo. Y una Suprema Corte sólida y consistente. La expresión no queremos un Rey, confirma su voluntad de crear una democracia rechazando las monarquías que impedían el ejercicio de derechos y libertades.

Cuando se produjo la guerra de independencia, en que las provincias se rebelaron contra España la joven nación produjo su primera doctrina: la Monroe, dirigida para negar los poderes imperiales, pero en el fondo, expresando su voluntad de forjar una nación respetada por sus valores y la valentía de sus gobernantes. Después de la Guerra Civil, Estados Unidos empezó a crecer y andar, con paso fuerte mostrando al mundo que su grandeza radicaba en su democracia y en el respeto a la ley. Fue un imperio que no lo quería ser; pero que lo era en el fondo. En 1898 derrotó a España, pero no se quedó con Filipinas, Cuba o Puerto Rico. Más que el interés por la expansión y la fuerza, la fidelidad era con los principios que habían normado su creación.

Después de la II Guerra Mundial, Estados Unidos reconstruyo las naciones derrotadas convirtiéndolas en democracias. Confrontó a la Unión Soviética que creo naciones satélites, con dictaduras donde los ciudadanos carecían de derechos. Estados Unidos era un imperio que no quería parecerlo. Tenía dos caras y dos poderes: el blando y el duro. Los usaba a discreción. En Vietnam la fuerza. En Berlín la libertad.

Hasta que llego Trump. Sabiendo que la economía no iba bien y que los demócratas habían girado a la izquierda, Trump estableció que el poder y la fuerza estaban por encima de los valores. Los Estados Unidos en la medida en que han perdido importancia económica –pero preservando su fuerza militar- han encontrado en el uso de la fuerza la justificación de la existencia de unos Estados Unidos temidos por el mundo. Donde había respeto, puso miedo. Sus decisiones y sus fuerzas militares hicieron ver al gendarme que impone sus criterios. No para ejemplarizar sino para imponer la fuerza.

Antes lo había hecho la Unión Soviética. Se quedó solo con la fuerza y no corrigió sus debilidades económicas, de modo que llego un momento que no pudo sostener la competencia con Estados Unidos más fuertes económicamente. Ahora Trump, mediante aranceles ha querido corregir esta debilidad; pero corriendo los mismos riesgos.

Un año después de su regreso a la Casa Blanca su competidor la China de Xi Ping, ha crecido en un 5%; y la economía de los Estados Unidos, todavía no muestra el vigor de otras épocas. Y el bienestar de sus ciudadanos -que votaran en noviembre próximo- no está seguro. Y cómo no ha podido lograr reducir la polarización del interior de los Estados Unidos y más bien brotan señales de rechazo a las políticas autoritarias de Trump, se corre el riego que los resultados electorales dejen sin poder a una presidencia que es la más imperial de la historia.

Los demócratas no han regresado al centro izquierda. Si lo hacen en noviembre pueden quitarle a Trump las bases para impedirle que siga moviendo el mundo, rompiendo alianzas; e imponiendo la superioridad del imperio dominador que cumple su voluntad. Si ello ocurre, Trump perderá la fuerza imperial de una presidencia que otra vez, buscara recuperar el respeto del mundo como lo anticiparon Jefferson y Washington. Entonces, Estados unidos volverá a ser el imperio bueno que más que meter miedo despierta respeto y admiración.

La Prensa, San Pedro Sula, Honduras enero 22 de 2026

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