Por Aracelly Díaz Vargas
Es la crisis enfrentada en estos tiempos referente de empatía o desgracia ajena. Hoy nos encontramos ante un mar de circunstancias que lastiman sin piedad la tranquilidad social, dejando al descubierto las intenciones justas e injustas alojadas en nuestra psique, donde es manifiesto el compromiso empático hacia quienes parecen estar en olvido al margen del dolor, bien sea por educación, estatus social y procedencia. Si fuéramos conscientes que la vida lleva en sí misma grandeza sobrenatural con enigmas no concebibles a la capacidad humana, estaríamos dispuestos a brindar atención necesaria, apoyo y afecto para mejorar la estancia breve de este peregrinaje.
Sin embargo, no siempre mostramos integridad equilibrada en nuestro comportamiento, penosamente nos dejamos influenciar por la indiferencia seguida del desprecio a los hermanos, olvidando el origen y misión que nos ha sido encomendada. Como sociedad es menester recordar los valores que sostienen la conducta, también comportamientos equitativos entre personas de diferentes edades, culturas e ideologías. Solo así, podremos edificar una población donde predomine el respeto mutuo y comprensión basada en derechos universales. En efecto continuar con este sendero humanístico implica ir contracorrientes pues en la actualidad es evidente el abuso de poder, la avaricia de quienes pisotean abruptamente vidas inocentes con tal de mantener en la cima sus nefastos intereses personales. El deber es de todos visionarios de un mundo más humano constructores honestos de una sociedad con horizontes íntegros en favor de quienes existimos en esta época crucial de la historia.
Podríamos encontrar maneras eficientes que favorezcan a los demás si así lo deseamos, empezando desde la empatía esa capacidad única de comprender las emociones ajenas sin juzgar, validando el estado anímico no por apariencias, sino en su generalidad. Una segunda característica es el respeto que atribuye valor en todo sentido a la dignidad decoro de existencia humana. Estas cualidades antes mencionadas enfatizan una educación formidable que abraza la diversidad cultural fomentando entornos cálidos para nuestro bienestar. El reconocer que estamos ante grandes desafíos nos cuestiona si realmente somos competentes para defender la inmensidad intrínseca del ser humano, si actuar con cordura nos parece lejano estaríamos dejando a la deriva nuestra responsabilidad ante la vulnerabilidad, no cabe duda de que tenemos capacidad generosa para asistir al más indefenso, pero en ocasiones esa gracia se ve contagiada por los males que nos afectan como sociedad incluyendo el fanatismo. Aunque estos problemas actuales deberían ser cuestionados desde la sabiduría y organizaciones que trabajan en Pro de los Derechos Humanos.
Probablemente necesitamos reconocer más a fondo las realidades que acontecen ante nosotros, sabiendo que no solo nos perjudican hoy, sino el porvenir de generaciones venideras. Trabajar incesantemente por el bienestar común es la gracia que nos conduce a la afable humanización.
La autora es escritora y poeta Nicaragüense.
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