Una “injusta” violencia en Honduras

Luisa Agüero

Desde San Pedro Sula

Los sueños de niños y jóvenes hondureños fueron truncados por balas perdidas que hicieron de ellos otra estadística más  de una violencia que no les pertenece y que los volvió: víctimas circunstanciales, de un problema cuya dimensión es difícil de establecer.

Betty Carolina Orellana, de 25 años, estaba ajena al conflicto protagonizado por integrantes de una estructura criminal que asaltaban a un cambista de dólares  en pleno centro de San Pedro Sula. La muchacha fue impactada por un proyectil que le perforó órganos vitales. La bala, no era para ella.  Gravemente herida fue llevada a un centro asistencial donde murió por la gravedad de sus lesiones, según la policía preventiva.

Otra bala perdida también impactó contra Jennifer Carolina Gallegos Santos, de 22 años, quien al momento de la balacera se encontraba conversando con su madre y otras parientes frente a su vivienda en la sampedrana colonia Satélite, a corta distancia de donde se produjo el ataque contra dos supuestos narcotraficantes. La muchacha fue trasladada a un centro asistencial privado donde falleció  al poco tiempo de haber ingresado.  Familiares de Gallegos Santos, expresaron que fue  una víctima inocente de la violencia, ya que tenía pocos minutos de haber llegado a su vivienda, pues acostumbraba salir a ejercitarse en  compañía de otras parientes.

Las muertes por balas perdidas son un azote del que no existen datos oficiales confiables pero que genera miedo a lo largo y ancho de nuestro país, dijeron los consternados parientes y eso pudimos constatarlos al buscar a fuentes oficiales.

Pocas luces

Un recuento de muertes por esa causa en diferentes ciudades de Honduras, refleja que, entre 2015 y 2016, 15  niños y jóvenes de entre tres y 22 años, perdieron sus vidas debido a las balas disparadas por “irresponsables” manipuladores de armas que provocaron luto y dolor en hogares que hoy, están fragmentados por la falta de ese ser querido.

Las balas perdidas matan indiscriminadamente y a menudo sin advertencia, haciendo que sea difícil prevenir que algunas sub poblaciones específicas se conviertan en  víctimas. Un informe  del  Centro Regional de las Naciones Unidas para la Paz, el Desarme y el Desarrollo en América Latina y el Caribe (UNLIREC, por sus siglas en inglés), de 2014, dio cuenta de  617 víctimas de balas perdidas –definidas como aquellas  disparadas intencionalmente que ocasionan la muerte o causan heridas a una persona (o personas) diferente a la que es el blanco de quien acciona el arma de fuego- y  que fueron reportados por los medios en Latinoamérica y el Caribe entre 2009 y 2013.

La investigación establece que “la naturaleza de las balas perdidas es de alguna forma aleatoria y esto la hace un tipo de violencia más  equitativa que afecta a las  mujeres casi igual que a los  hombres”, le dijo el autor William  Godnick a  InSight Crime.

Pese a que las balas perdidas usualmente golpean de forma aleatoria, son producto de un marco más amplio de violencia  sistemática que existe en  muchos lugares de la región.

De los 27 países de  Latinoamérica y el Caribe estudiados por UNLIREC, 23 tienen tasas de homicidio que alcanzan proporciones endémicas –definidas por la Organización Mundial de la Salud (WHO, por sus siglas en inglés) como más de 10 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Con el fin de disminuir el número de víctimas de balas perdidas, los gobiernos primero deben limitar el rol de los actores principales y mitigar los factores que traen como resultado altos niveles de  violencia en la región. “Al menos en Honduras eso se está logrando porque ha habido una sustancial reducción de muertes, para el caso en la zona norte, 684 decesos menos con relación a 2016”, estima un agente de la Dirección Policial de Investigación que solicitó mantener su nombre en la privacidad por “aquello” de las “jerarquías”.

Las pandillas callejeras juegan un rol central no sólo en los casos de balas perdidas, sino también en hacer de Latinoamérica la región más violenta del mundo. Como resultado, el punto central de las estrategias de  seguridad que apunten a  reducir la victimización por  balas perdidas debe incluir formas de minimizar la violencia de pandillas, pese a lo intimidante que pueda ser esta tarea.

Las pandillas callejeras de Centroamérica, o maras, como Barrio 18 y la MS13 han evolucionado hasta convertirse en organizaciones criminales transnacionales con células que operan en las principales ciudades a lo largo de la región, incluyendo Estados  Unidos y Canadá. En Suramérica, para el caso, el incremento de operaciones de micro tráfico dirigidas por pandillas locales es una fuente principal de violencia en Colombia, mientras en Venezuela, pandillas juveniles armadas y sofisticadas han ayudado a convertir a Caracas en una de las ciudades más peligrosas del mundo.

En pocas palabras, la victimización por balas perdidas es muy aleatoria en su naturaleza, pero hay factores institucionales que impulsan este fenómeno. En la medida en que los países de la región reduzcan los niveles de violencia de las pandillas, el acceso a las armas de fuego legales e ilegales, así como el uso excesivo de la fuerza por parte de la policía, es probable que los países experimenten una caída correspondiente en las muertes no intencionales por “balas  perdidas”.

En ocasiones, la violencia endémica provocada con armas de fuego en Latinoamérica y el Caribe produce consecuencias no intencionadas –y fatales-para las víctimas de balas perdidas; una amenaza limitada aunque real para la seguridad ciudadana en la región.

Panorama global

El “documento de trabajo” sistematizó la información de los casos reportados en 25 de los 33 países de la subregión durante 2014 y 2015. En ese lapso se colectaron datos sobre 741 incidentes. El primer informe sobre este tema abarcó cinco años (2009 a 2013) y tuvo reportes sobre 550 casos. Esto implica que el promedio anual de casos reportados se  elevó en 236%.

En esta oportunidad, Venezuela figuró  en el segundo lugar en cuanto a los decesos por balas perdidas, con 57. Lo superó Brasil, con 98. En tercer lugar estuvo México (55), Colombia (40) y Honduras (21). Se desconoce si alguno de los heridos murió con posterioridad al momento en el cual se hizo el reporte inicial.

La recomendación

Una de las conclusiones del informe tiene que ver con la necesidad de endurecer las legislaciones sobre el control en el  uso de armas. “Las muertes por disparos celebratorios y algunas intervenciones legales sí son prevenibles”, sostuvo el director de Unlirec.
Quienes han vivido esa experiencia dolorosa aún lloran la muerte de sus padres, hijos o nietos por culpa de una bala perdida disparada desde cualquier parte.  Lo cierto es que los reportes de víctimas inocentes de armas de fuego son una constante que se repite desde México hasta Brasil y que parecen multiplicarse.
Durante la semana de Navidad también se informó de la muerte de menores por la misma causa en Guatemala, Honduras y Paraguay, donde la víctima fue una niña de tres años. La verdadera dimensión del problema, sin embargo, resulta difícil de establecer, pues muy pocos países llevan estadísticas específicas sobre este tipo de casos, los cuales, por lo general, son registrados junto a los otros incidentes con armas de fuego.

¿Y el resto?

No todas las balas perdidas caen del cielo. Los reportes de víctimas inocentes de enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y el crimen organizado también son bastante comunes en Colombia, Brasil, México y  Centroamérica.

Y eso, sumado a la falta de consolidados estadísticos oficiales, hace difícil establecer en realidad cuál es la capital de las balas perdidas de Latinoamérica.  La evidencia anecdótica sugiere que el  problema es particularmente grave en varias regiones de países como  México.  Honduras, por su parte, está tratando de hacer  todo lo posible para terminar con este  flagelo, pero el camino por seguir, aún es largo.

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