Por: SEGISFREDO INFANTE

            El Mundo Occidental, y las naciones periféricas bajo su influencia, emergieron hacia la modernidad con el empuje del macromodelo capitalista, cuyo surgimiento oficial se puede rastrear por la vía de la producción de bienes de capital, en las ciudades renacentistas del norte de Italia, especialmente en Venecia y Florencia. También se puede realizar un rastreo histórico en los pequeños puertos comerciales de la casi nunca mencionada “Liga Hanseática”, en los mares y ríos del nor-este de Europa, con su sede principal en “Lübeck” (1358). Este macromodelo se mundializa desde España, Portugal, Holanda e Inglaterra, a partir del descubrimiento legal de “América”, mediante un desplazamiento marítimo de las potencias occidentales hacia África, India, China, Filipinas y Japón, para sólo mencionar ciertos lugares del trasmundo.

            La modernidad implica el surgimiento y expansión del capitalismo mercantil, basado, predominantemente, en la circulación de metales preciosos. Más tarde se escenifica la revolución agrícola, demográfica y de precios en ciertos países de Europa occidental, fenómeno que desemboca en las revoluciones industriales del siglo diecinueve, con Gran Bretaña a la cabeza. Al margen de las denuncias del sufrimiento inmediato de importantes segmentos poblacionales desplazados por el industrialismo vertiginoso, la verdad es que la apropiación o “conquista del mundo material” (John Nef, 1964), condujo hacia un mejoramiento del nivel de vida de las naciones inmersas en estos procesos. No hay que olvidar que tales procesos contaban con el respaldo directo e indirecto de grandes filósofos y científicos de los siglos dieciocho y diecinueve, quienes desarrollaron una filosofía y una sociología que propugnaba por el desarrollo y progreso “infinito” de las sociedades modernas, bajo las luces de la “Razón”. Sin embargo, ese optimismo incontrolable se vino a pique, hasta cierto punto, con el desencadenamiento de las dos grandes guerras mundiales. Y con los movimientos anti-coloniales de países enormes como la India, una nación fragmentaria o multicultural, en donde a pesar de los beneficios del capitalismo comercial, financiero e industrial, sobrepujaba una población mayoritaria sumergida en la pobreza extrema. De hecho la mayoría de los “indios” orientales, eran parias. No sólo por culpa de un capitalismo industrial excluyente, sino por herencias religiosas que confinaban a la población a ser hereditarias de sus castas y miserias ancestrales.

            En este contexto, durante la primera mitad del siglo veinte, surge la figura de Mahatma Gandhi, un personaje físicamente pequeño, flaco, feo y frágil, pero con una hermosa reciedumbre espiritual, como pocas veces se ha visto en la “Historia” de toda la humanidad. Gandhi se convierte en el líder independentista indiscutible de la India, una nación dividida en hindúes, musulmanes y el pequeño grupo poblacional de los “sijs”, que parecían, y lo siguen siendo, irreconciliables entre sí. El liderazgo de Mahatma Gandhi obedece a muchas razones. Una de ellas era su capacidad, en la vida real, de renunciar a las comodidades materiales de las sociedades modernas, y a conseguir decenas de miles de adeptos que lo imitasen. Parejamente proponía un modelo económico autárquico, o autonomista, en que cada persona produjera sus propios bienes materiales, especialmente sus vestuarios, con la famosa rueca cuasi-medieval, para hilar fibras textiles. Gandhi nunca hablaba vaguedades confrontativas. Lo que proponía como modelo de subsistencia digna, lo realizaba personalmente, invitando a los demás, sin recurrir a ningún tipo de violencia física ni verbal. A Gandhi le disgustaba un industrialismo que terminaría por arruinar al planeta. En esto se anticipó, en varias décadas, a los vaticinios científicos de los investigadores del “Club de Roma”. Empero, al ser asesinado por un fanático hinduista, su seguidor y admirador principal, el ministro Pandit Nehru, se aparató del camino y se empeñó en industrializar a la India por una vía “socialista” alterna. Todavía estamos como a la espera de una modernización integral de la India, Pakistán y Bangladesh.

            Mahatma Gandhi ha sido clasificado por varios autores como anarquista, dados algunos de sus planteamientos económicos. Sin embargo, en su conducta moral no vemos ningún anarquismo. Su autodisciplina personal, de un genuino santo varón, se instala más allá de cualquier anarquismo variopinto. Su tolerancia y su capacidad de entregar la vida por una religión diferente de la suya, es incomparable. Luego vale la pena acuñar que si seguimos destruyendo el planeta, y la vida misma, por intereses mezquinos de corto plazo, la cruel realidad futura podría imponernos la necesidad de renunciar a las comodidades extremas y a los vicios de las sociedades desarrolladas. Frente a tal contexto es pertinente recordar que durante muchos años he venido subrayando la necesidad de un “capitalismo de tercera vía” en los niveles nacionales y mundiales. Este capitalismo gradual que respete “los límites del crecimiento”, podría incluir algunos ingredientes extraídos de los postulados de Mahatma Gandhi. No hay que descartar esta posibilidad.

            Tegucigalpa, MDC, 15 de septiembre del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 19 de septiembre del año 2019, Pág. Cinco).

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