Por: SEGISFREDO INFANTE

            En los comienzos de la década del setenta, o quizás un poquito antes, se reunieron en un lugar de la ex-Unión Soviética, un conjunto de científicos y pensadores que representaban a las más importantes academias del globo. El inusual evento estuvo coordinado por el estadounidense Carl Sagan, funcionario de la “NASA”, y un gran popularizador de los saberes científicos de aquel momento. Se levantaron actas de cada sesión y me parece que se suscribieron documentos, publicados en un volumen que se ha “extraviado” de mis anaqueles, tal vez para siempre. Todos aquellos que hemos leído a Carl Sagan sabemos que era “ateo” o, cuando menos, un hombre “descreído”, para decirlo a la manera borgeana. Un gran porcentaje de los investigadores que asistieron al singular evento también eran “ateos”. Pero después de muchos cálculos matemáticos (a veces infinitesimales) y de varias discusiones, concluyeron que la aparición de la “vida” en el planeta Tierra o en cualquier otro planeta, era como producto de “un milagro”. A lo cual he añadido, por mi lado, que la aparición de la vida consciente, o autoconsciente, en la figura del “Hombre”, es el mayor de todos los milagros que podamos registrar.

            Si el surgimiento de la vida racional en nuestra nave terráquea es un milagro, o tal vez un suceso aleatorio como lo perciben los descreídos, en cualquiera de los dos casos la obligación moral y ética de salvaguardar la vida de cada ser humano es el mayor de los imperativos axiológicos dentro de todas las posibilidades políticas, jurídicas, económicas e incluso ideológicas de cualquier signo. Salvaguardar la vida humana comienza con aquel mandato monoteísta de “No matarás”. Pero haciendo extensivas estas dos palabras se debe añadir que la salvaguarda de la existencia consciente significa asistir a los desvalidos en la enfermedad, en el hambre y en el desamparo. Porque la protección integral del ser humano (sin importar para nada la edad o el color de su piel) implica el concepto sacrosanto de “dignidad”. Además del agua potable, de los ingresos mensuales, del alimento, del techo digno, de la energía eléctrica, de la salud básica y de la igualdad jurídica, es obligatorio inyectar el concepto universal de “dignidad humana”, el cual es posible si a la vez recuperamos la consigna de “fraternidad” que hemos tirado al suelo, pero con la cual, también, hemos hecho mucho ruido desde los tiempos de la “Revolución francesa”, con acciones concretas de infraternidad.

            En virtud que por momentos me ha gustado leer y estudiar a los místicos, poetas y pensadores orientales, quisiera retomar algunas ideas de un conferencista japonés llamado Daisaku Ikeda, quien desde una visión ético-religiosa budista, ha sugerido la estructuración (quizás restauración) de un “nuevo humanismo”, con ingredientes de indudable procedencia cristiana. El autor sugiere que debemos recobrar la espiritualidad mundial que en los últimos tiempos hemos venido perdiendo, en tanto que se ha detectado que existe y prolifera un grupo creciente de jóvenes, en diversos puntos del planeta, que no creen en nada ni en nadie, mucho menos en el futuro de la humanidad. Un futuro cuajado de balaceras, de impiedad y de enormes incertidumbres.

            Por lo expresado en los párrafos anteriores, se sugiere infundir a las nuevas generaciones, tanto en escuelas como en universidades, cinco principios de coexistencia básica: 1) La benevolencia o el amor a toda la especie humana. 2) La justicia que controla los impulsos egoístas. 3) El decoro para respetar la existencia de los demás. 4) La sabiduría como fuente de todas las actividades creativas. Y 5) La fidelidad o sinceridad para convertir los odios en misericordia. Estos cinco principios parecieran utópicos. Pero la verdad es que varios individuos los han materializado a lo largo y ancho de la “Historia”, en diversas culturas y civilizaciones.

            Quizás lo más difícil sea, pero a la vez lo más bello, “convertir los odios en misericordia”, en tanto que ello implica respetar al “Otro”, es decir, a todas las personas por igual. Por experiencia histórica (vieja y reciente) sabemos que hay individuos que se ensañan hasta el extremo con las personas más humildes e indefensas, por el solo hecho que tales sujetos piensan diferente de nosotros; o sus argumentos disienten del de aquellos que transitoriamente exhiben el poder en apariencia “eterno”. Pues con Guillermo Hegel aprendimos que todo poder al final es transitorio. Incluso Karl Marx, en su época de madurez, enseñaba sobre la transitoriedad de cualquier poder concreto.  

            La conclusión esplendorosa es que debemos aprender a asumir “un profundo respeto a la dignidad suprema de la vida” del ser humano, y que en sustitución de las guerras, las persecuciones, los dogmatismos trágicos, las xenofobias extremas, las hambrunas, los chismes criminales y la miseria espiritual, aparezca en el horizonte, gradualmente, “una civilización de esperanza y armonía para los próximos mil años.”

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