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Se llamaba Carlos Antonio

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Por: SEGISFREDO INFANTE

            En una breve carta privada les comentaba a algunos amigos cercanos que entre los meses de octubre y de noviembre del presente año me han ocurrido algunas situaciones extrañas. Una de ellas es una especie de regresión hacia una crisis bronquial que me ha neutralizado cerca de un mes entero, por mi condición asmática, y mi propensión, desde el año pasado, a la peligrosa neumonía. La segunda cosa rara es que durante los dos meses indicados han fallecido, puntualmente, cada semana, ya sea un amigo, un conocido, un ex-compañero universitario o un colega. En las penúltimas semanas de noviembre fallecieron dos amigos o colegas por semana, incluyendo a una prima consanguínea a quien asesinaron en Catacamas, cuando se desempeñaba como periodista en un canal lugareño. Era nieta del tío-abuelo materno Linto López. Nunca la conocí, a Johana Alvarado López, hasta verla en unas fotografías en las redes sociales, mediante algunos reportajes confusos en los periódicos nacionales. Y quizás nunca sepa nada de ella, pues ignoro los móviles del crimen perpetrado contra una persona tan joven, prometedora e indefensa.

            No puedo mencionar todos los nombres de los fallecidos. Pero deseo subrayar, por segunda vez, el nombre del magistrado de la Corte Suprema de Justicia don José Antonio Mejía y Mejía, quien era columnista del diario “La Tribuna” y amigo mío. Siempre tan amable y obsequioso para con mi persona, por el puro sentimiento del gozo que produce la verdadera amistad. Algunas veces trabajamos, por voluntariado, en ciertas comisiones partidarias. No pude asistir a sus honras fúnebres por la mencionada crisis bronquial. Debo agregar el nombre de Alfredo Cantero, un personaje simpático, accesible, lleno de juventud, quien decidió poner un punto final a su existencia. Luego el nombre del ex–compañero universitario (ya jubilado) Néstor Antonio Posadas, quien se había declarado uno de mis lectores permanentes en las páginas de opinión. Más recientemente la profesora María de los Ángeles Chaverri (más conocida como “Marielos”), con quien nos encontrábamos, en más de algún hospital padeciendo, cada quien, sus respectivos achaques. 

            Ahora deseo referirme a otro personaje que conocí cuando yo era un adolescente ingenuo, en mis tiempos de estudiante del Instituto Central “Vicente Cáceres”. Por aquellos días me relataban que se trataba de uno de los más importantes dirigentes estudiantiles del “Frente de Reforma Universitaria” y de la “FEUH”, en el contexto de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Al conocerlo descubrí una especie de paradoja: el personaje aludido era un joven calmado, con flexibilidad política y capacidad de sosiego, conducta desacostumbrada en los jóvenes estudiantes de cualquier parte del mundo, casi siempre dispuestos a las confrontaciones estériles, sean personales o grupales. Me dijeron que se llamaba Carlos Arita Valdivieso. Desde entonces lo miraba aparecer y desaparecer del escenario público hondureño y centroamericano. 

            Recuerdo que en cierta oportunidad estábamos conversando, en los predios universitarios, con el ex-presidente Rafael Leonardo Callejas, cuando frente a nosotros se cruzó el señor Carlos Arita Valdivieso. Rafael Leonardo se mostró interesado en saludarlo y se encaminó diciéndole: “Licenciado Arita, deseo conversar con Usted”. Nunca supe de qué cosa hablaron; tampoco pregunté; pero era evidente que se habían conocido en el desenredo de alguna crisis política regional. Más tarde lo encontré desempeñándose en el “Fonac”. Me visitaba, de vez en cuando, en mi oficina, y se convertía en una especie de contrapeso contra aquellos personajes aislados que siempre desearon destruir los talleres de la vieja Editorial Universitaria de la UNAH, en donde le publicábamos libros y folletos a casi todos los intelectuales y escritores hondureños, sin importar para nada la tendencia ideológica, política, técnica o la edad de cada cual.

            En algún momento me confesó que había retornado a la Iglesia Católica, allá por la colonia Kennedy. Nunca le pregunté si acaso su reconversión cristiana era genuina. La aclaración vino del sacerdote que ofició la misa en las honras fúnebres, en donde se ponderaron todas sus virtudes humanas y cristianas, corroboradas por sus hermanos de comunidad, y que en ningún momento deben ser puestas sobre el tapete de la duda. Carlos Antonio (el sacerdote expresó que así se llamaba) era un hombre que irradiaba mansedumbre y paz frente a aquellos que realmente lo trataron. Sabemos, por su familia, que sufrió mucho, con estoicismo y fe, las graves dolencias de salud.

            En mi vida azarosa he conocido, más o menos de cerca, a personas de diferentes tendencias ideológicas y políticas. A Carlos Arita como presidente del “FRU” y de la “FEUH” a mediados de los años setentas. A Luis Martín Antonio Alemán Castillo, como presidente del Frente Unido Universitario Democrático “FUUD”, mientras éramos amigos en la Carrera de Filosofía de la UNAH, a comienzos de los años ochentas. Los dos personajes eran hombres buenos, simpáticos y de enorme predicamento humano. ¡!Sea!!

            Tegucigalpa, MDC, 24 de noviembre del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 01 de diciembre de 2019, Pág. Siete). (Reproducido en el periódico digital “En Alta Voz”).      

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