Por: SEGISFREDO INFANTE

            En nuestro medio provincial es muy poco lo que sabemos del pensamiento de la India. A veces las referencias son directas y otras veces indirectas. Algunos escritores actuales sugieren que existe una filosofía hindú que se puede entresacar de los textos religiosos. Me parece que Hegel negaría esa posibilidad y que en cambio Schopenhauer la apoyaría. Nosotros apenas conocemos una parte de los poemas mitológicos y legendarios; algo de Buda; la obra de Mahatma Gandhi y los textos literarios indispensables de Rabindranath Tagore. En todo caso estamos seguros que los hindúes inventaron o descubrieron el símbolo del “cero”, el cual fue un aporte extraordinario en dirección de la matemática posicional.

            Una previa proximidad intuitiva de los “indios” o hindúes milenarios con el vacío numérico, quizás facilitó que en la literatura brahmánica se hablara de la existencia de un huevo cósmico de donde surgió el Universo originario. Esta es, de un modo análogo indirecto, una teoría que empalma con el punto indeterminado a partir del cual los físicos del siglo veinte han hablado del “Big Ban”. Las teorías sobre ese punto indeterminado de densidad infinita son diversas. El famoso Stephen Hawking afirmó en uno de sus libros que el Universo surgió “de la nada”, coincidiendo con temas metafísicos que en el fondo le eran ajenos. Robert Oppenheimer, por su parte, y poco antes de dirigir el “Proyecto Atómico Manhattan”, se había embarcado en la lectura de esta cosmovisión hinduista. 

            La intuición milenaria de una posible aritmética posicional arrancó de la observación de un enigmático vacío ubicado mentalmente entre unas cifras numéricas y otras. Quizás la intuición originaria haya sido de los sumerios, quienes tal vez detectaron el vacío que dejaban las cosas que habían ocupado un espacio sobre la arena. Aquí utilizamos el concepto de “intuición” en el mejor sentido del concepto. Es decir, un descubrimiento relampagueante que se anticipa, como tesis o hipótesis, a las nuevas investigaciones en distintos campos del saber humano. (Lastimosamente el gran Hegel se expresaba con inocultable desdén hacia el término “intuición”).

            Con el discurrir de los siglos, el vacío percibido entre las cosas, o entre unas cifras numéricas y otras, fue llenado con un símbolo ovalado o redondo que los hindúes llamaron “sunya”, equivalente en cierto modo al concepto de “nada”, parecido al huevo cósmico aludido. Este hecho singular aconteció alrededor del año ochocientos después de Cristo, según consta en una estela dedicada a la invención del “cero”. Empero, otros autores proponen el año 683 de la era común, y eso tiene sentido, en tanto que la estela fue levantada mucho después de tal creación numérica, sea humana o previamente divina. Por eso los comerciantes musulmanes en general y árabes en particular, y más de un pensador importante como Mohamed Al-Kuarizmi, adoptaron el “cero” y la aritmética posicional inmediatamente. Veinte años después introdujeron estos conocimientos en el sur de España, siendo popularizados en el resto de Europa por el famoso matemático italiano Leonardo Fibonacci.

            Aunque los observadores y laboriosos indios mayas (herederos de los olmecas) habían inventado o descubierto, un poco antes de aquella fecha gloriosa, las propiedades cualitativas del “cero”, toda la simbología numérica de los hindúes, según palabras de Isaac Asimov, vino a convertirse en la más sencilla y eficiente del planeta.

            Vuelvo y repito: La aritmética de los sumerios, acadios, egipcios, fenicios, griegos y romanos había evolucionado, desde el primitivo conteo unitario en cantidades simples, hasta configurarse en varios sistemas engorrosos de numeración y cálculo alfabéticos, difíciles de utilizarse en operaciones sencillas como la división. Pero con la simbología de los hindúes y la invención o descubrimiento del “zepiro” (así bautizaron los árabes al “cero”) vino a simplificarse, en cierto modo, la enseñanza de la aritmética y a universalizarse la matemática de cifras posicionales. No fueron los árabes, como tradicionalmente se dice, los inventores de nuestro “cero”, sino que los hindúes. No es casual que uno de los grandes matemáticos contemporáneos e intuitivos sea un hindú. Me refiero al genial autodidacta Srinivasa Ramanujan, quien recibió discriminación racial pero también apoyo en Londres.

Eso de la simplificación de la enseñanza, para introducir una digresión, también es discutible, habida cuenta del empeño de un buen número de profesores de América Latina y de otras partes del mundo, por volver imposible el conocimiento didáctico de las matemáticas. A veces me pregunto qué le hubiese ocurrido a Ramanujan si hubiera estudiado en nuestros lares. Pues tengo la impresión que en varios niveles escolares, tanto los textos como los entes intermediarios que los utilizan, comienzan por los temas más oscuros de cada contenido. Sin embargo, Srinivasa Ramanujan es un ejemplo luminoso en tanto que incluso en países atrasados o en proceso de desarrollo pueden aparecer y consolidarse personas geniales a pesar de todas las adversidades.

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