Por: SEGISFREDO INFANTE

            No soy agricultor. Mucho menos en mi edad otoñal. Pero siempre me ha interesado el tema agropecuario hondureño y la seguridad agroalimentaria de nuestro pueblo y de la sociedad mundial en general. En muchos de mis artículos hay referencias directas e indirectas respecto del tema, quizás desde que descubrí las preocupaciones e investigaciones del “Club de Roma”, hace varias décadas. Es más, tengo a la mano el libro “La agricultura científica; creación del Edén californiano”, de George S. Wells.

            En este momento particular deseo detenerme en la cuestión de los fertilizantes agrícolas, cuyos precios han “trepado” como pocas veces en la historia, como consecuencia de la peste global y del abuso de los intermediarios mundiales. Por supuesto, aquí en nuestros lares encontraremos, siempre o casi siempre, a un par de paisanos a quienes echarles la culpa, porque pareciera que sólo los catrachos nacimos imposibilitados de mirar la realidad tal cual es, sin sesgos, más allá de nuestras fronteras.

            Y es que poseo información más o menos confiable que el precio del transporte internacional de mercancías ha subido en un quinientos setenta y cinco por ciento (575%) en el curso de la pandemia. Algo porcentualmente descomunal. Hablamos del cierre temporal de muchos puertos durante los años 2020 y 2021, y de las ganancias exorbitantes de las empresas navieras, las cuales han quintuplicado el costo de los fletes. A esto se le ha llamado “la crisis de los contenedores”. Y, como la mayoría de tales fertilizantes llegan al subcontinente latinoamericano provenientes de China, los lectores podrán imaginar el impacto directo en la producción agrícola alrededor del globo terráqueo, y las nefastas consecuencias alimentarias, principalmente en África y en América Latina.

            Los efectos impactantes incluyen al conjunto de los productores agrícolas de Honduras, sean grandes, pequeños o “micros”, que utilizan fertilizantes y otros insumos agropecuarios, y que han percibido, como si fuera de un día para otro, el alza vertiginosa de los precios de cosas que necesitan para la sobrevivencia de sus cultivos que en el trópico dependen de una gran cantidad de variables a veces inesperadas. Aquellos que han estudiado el capítulo de los agroquímicos, y de las nanotecnologías, debieran comenzar a “cranear” soluciones factibles a fin de auxiliar a los productores nacionales, tanto a los de aquí como a los de allá.  

Esto mismo lo he bosquejado tantas veces, es decir, que la solución agroalimentaria de los pueblos, y el abastecimiento de los pequeños y de los grandes mercados, nunca deben sacarse de un sombrero mágico. No existe ningún vademécum ideológico para resolver estos problemas básicos. Sobre todo en una época en que varios tecnólogos enajenados han dado por hecho que la producción de alimentos concretos carece de importancia; incluso en sociedades tercer y cuartomundistas. En este punto recuerdo que el jueves 24 de febrero del año 2011, publiqué aquí mismo en LA TRIBUNA el artículo “Un plato de microchips”, en donde enfaticé que los seres humanos se alimentan de productos básicos de origen vegetal y conexos. Tal artículo fue reforzado con otro publicado el jueves 07 de noviembre del año 2017, bajo el título irónico de “Extraordinaria producción de granos”. El problema es que las embriagueces electorales y sus resacas, obstruyen la posibilidad de analizar con frialdad y raciocinio humano estos fenómenos vitales. Imperios, naciones y países han caído en una especie de abismo casi irremediable por descuidar estos detalles cotidianos que son indispensables para neutralizar el reino ciego de la necesidad.

El encarecimiento de los fertilizantes y de materiales de construcción física conlleva hacia otros problemas económicos de fondo. En primer lugar la producción agrícola deja de ser rentable y poca gente desea continuar en sus cultivos, a no ser que se trate de la simple subsistencia alimentaria lugareña, con un subsistema que está sujeto a los vaivenes climáticos, con limitadísima capacidad de exportación. Parejamente los precios de la canasta básica (realmente básica) se disparan y los consumidores masivos se encuentran imposibilitados de comprar maíz, frijoles, trigo, frutas e incluso la aburrida carne de pollo, y la “pecaminosa” carne de cerdo, tanto por la baja capacidad adquisitiva de las monedas como por la merma en el circulante. A esto habría que añadir la escasa asistencia técnica a los pequeños productores del campo y la ausencia de la técnica masiva de riego por goteo, más el consabido “coyotaje” de los intermediarios.

Los gobernantes de cada país, sean viejos o nuevos, deben autopersuadirse que los problemas vitales de cada nación, tales como el de la escasez; el déficit de la educación estatal; la sanidad pública; el desempleo y el semi-empleo; la devaluación, la inflación y el hambre, jamás se han resuelto con consignas excluyentes, mucho menos con bravatas, leguleyadas, persecuciones, sonambulismos y frivolidades seudotécnicas.

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