Por: SEGISFREDO INFANTE

            Se dice que la época victoriana, que coincide con el crecimiento del “Imperio Británico”, amén de sus contradicciones decimonónicas entre la industria y la pobreza, es una de las más atractivas de toda la historia de la literatura inglesa. Esto se dice por varios motivos. Uno de tantos es que en ella se enmarca la vida y obra de Charles Dickens (1812-1870), un novelista de clase media baja caído en desgracia, hasta proletarizarse, cuya literatura se caracteriza por un sentimentalismo y por sus fuertes connotaciones sociales, y a quien se le recuerda, sobre todo, en temporadas navideñas.

            Su experiencia laboral desde que era un niño; su sobrevivencia en barrios y tugurios extremadamente pobres; sus deudas familiares; y sus crónicas periodísticas por toda Inglaterra inclusive en campañas electorales, le sirvieron, posteriormente, de basamento clave para escribir las mejores novelas de tipo social, al grado que eran leídas por la misma Reina Victoria, en tanto que a la crítica reformista Charles Dickens añadía su lirismo individual y la descripción de personajes y paisajes urbanos. A pesar que su obra carece de profundidad psicológica, fue un narrador admirado por Fiódor Dostoievski, lo cual es decir mucho. También fue admirado por León Tolstoi.

            En mi caso individual el camino difiere. Siendo adolescente (de 16 años de edad) trabajé por algún tiempo en los “Cines Gemelos Maya” de Tegucigalpa. La jornada comenzaba a las ocho de la mañana y salíamos del cine, con mis compañeros, como a las once de la noche, a comprar panes con frijoles fritos ahí por un callejón sin salida del barrio Morazán. Allá a las cansadas comprábamos alguna hamburguesa, casi frente al cinematógrafo, en un negocio de Olban Valladares. Nada sabía, personalmente, de Charles Dickens, hasta que en uno de los cubículos de proyección cinematográfica gocé de la oportunidad de contemplar a retazos la película lujosa “Canción de Navidad”, basada precisamente en una de las novelas más recordadas de este escritor británico.

Desde entonces se me ocurrió asociar la larga temporada navideña a los personajes realistas y fantasmáticos de Charles Dickens. Y supongo que a mucha gente del “Mundo Occidental” le ocurre lo mismo. Porque la conclusión de la novela y de la película (ahora en varias versiones) es que al final tenemos que aprender a sensibilizarnos ante el dolor de los demás, y a solidarizarnos con las personas que más sufren, incluyendo a trabajadores de clase media baja. En este punto valdría la pena añadir a los muchos “microempresarios” que se ven en la dolorosa circunstancia de despedir a sus empleados por la incapacidad, real, de pagarles el salario mínimo.

“Canción de Navidad” es una novela que he leído varias veces. Por supuesto que sólo un hombre de fe cristiana, con ideas reformistas, pudo haberla escrito, en una época de fuertes contrastes económicos y sociales. En consecuencia deducimos que sólo un anglicano de convicciones inalterables podía escribir semejante obra, tal vez con ideas anticipatorias de lo que podría llegar a ser el cine, en tanto que también le fascinaban las obras teatrales. A Charles Dickens, aunque sus novelas por entregas eran bien pagadas, jamás se le ocurrió que la cinematografía realizaría enormes negocios con sus obras narrativas. En ligamen los pobres y los ricos suelen deleitarse con los contrastes sociales, y con la ridiculez de algunos personajes, que contienen sus obras.

Hay una especie de consenso que “Oliver Twist” es una novela autobiográfica, en donde se insinúan las penurias del joven Dickens que apenas pudo comenzar su educación a la edad de nueve años, motivo por el cual hacían escarnio del joven escritor. Aquí conviene recordar que el prócer federalista hondureño José Cecilio del Valle, comenzó su educación primaria a la edad de once años, uno de los tantos motivos por los cuales fue rechazado por la élite poderosa de la familia Aycinena, misma que desdeñaba a los “criollitos” que eran oriundos de las provincias del interior del “Reyno de Guatemala”. A estos criollos interioranos, como Del Valle, les apodaban “guanacos”.

La tradición navideña occidental, y occidentalizada, que conecta con la vida histórica y legendaria del humilde y amoroso Jesús de Galilea, ha transitado en el curso de casi dos milenios varias etapas, hasta comercializarse, hoy en día, en forma extrema, y hasta perder de vista algunos valores propios de “lo fraterno”. No está de más recordar que en países semi-rurales como Honduras, era costumbre compartir los famosos nacatamales, las torrejas y otras exquisiteces navideñas. Incluso en San Pedro Sula a la gente se le invitaba a participar en las fiestas de cada barrio, aun cuando se desconociese la procedencia de los vecinos. Claro está, la criminalidad andaba casi en el nivel “cero”. En penúltimo caso la temporada navideña se asocia con el nombre de Charles Dickens, un “bienhechor de la humanidad”, según palabras de Jorge Luis Borges.

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