Por: SEGISFREDO INFANTE

            Durante décadas he publicado artículos conectados con la adolescencia histórica, en ligazón con países jóvenes como Honduras. Nunca he utilizado el término “adolescencia” en forma peyorativa contra nadie en particular, toda vez que aquí se trata de un estadio natural de gradual desarrollo biológico y psicológico en los linderos de cada individuo, y de las sociedades en general. En países como el nuestro hay personas muy maduras cronológicamente hablando, pero que se mueven en el contexto complicado de un país joven, inmaduro y a veces anárquico, tanto en los terrenos de la política, de la economía como de los saberes espirituales. Debo aclarar que en este artículo utilizo el concepto de “espíritu” en una línea de pensamiento más o menos hegeliana.

            Todos aquellos que hemos cruzado los umbrales del otoño hemos sido niños y adolescentes también. Nadie se ha salvado de esto. Pero entonces acontece que en el subperiodo de la adolescencia nosotros comenzamos a adoptar determinaciones acertadas, ambiguas y, por norma general, desorientadas. El fenómeno se prolonga en sociedades atascadas en el atraso material y espiritual. Aunque también son observables, en nuestra época global, unos procesos de involución histórica en países maduros o desarrollados, en donde las agrupaciones humanas que han extraviado el horizonte, suelen comportarse, también, en forma caótica o explosiva, lo cual empalma con procesos educativos unilaterales (o “unidimensionales”) a lo interno de cada sociedad. Me parece que se requiere de un debate a fondo, pero respetuoso, en ligamen con las tendencias encaminadas a deshumanizar al “Hombre”, al grado que hasta se desdeña el conocimiento lógico de la lengua materna, y la capacidad reflexiva dentro del mismo idioma, incluso en países que dicen ser desarrollados.

            Después de muchos años de observación y de autocrítica sana, he llegado a una conclusión preliminar sobre nuestros comportamientos catrachos. Percibo que a nosotros los hondureños nos cuesta demasiado alcanzar la madurez espiritual. Hay otras sociedades del trasmundo que a pesar de sus dolorosos zigzagueos entre la bonanza, la guerra, la paz y la pobreza, han alcanzado unos niveles de madurez respetable, que se detecta en sus especulaciones teóricas y en sus quehaceres científicos. La madurez espiritual genera reflexión y comedimiento en los lenguajes y en las acciones.

            Nuestro problema radica en que es imposible que la madurez llegue vía decreto desde arriba, porque a veces se requieren siglos de recorrido histórico. Pero además de tal recorrido se requiere de lecturas intensas multifacéticas, en tanto que las lecturas de los buenos libros abrevian el camino. Sobre todo los textos clásicos. Una terrible falencia detectable casi a simple vista, es que los hondureños estamos ausentes de las lecturas sistemáticas, dentro y fuera de las aulas. Con las excepciones pertinentes del caso, en tanto que también hemos contado con individuos extraordinarios. Pero ocurre que sin lecturas intensas es casi imposible la creatividad y la reflexión profunda y sosegada, ya se trate de Honduras o de cualquier país desarrollado. En un viejo artículo sugerí que el “sosiego” podría convertirse en una formidable categoría filosófica universal, colindante con la libertad y la necesidad, en tanto que coexistimos en sociedades que padecen de turbulencias y desasosiegos tremebundos.  

            Guillermo Hegel se quejaba que “La filosofía siempre llega de todas maneras demasiado tarde”, en tanto producto histórico. Dicha tardanza puede ocurrir en la esfera individual pero también en las colectividades nacionales. A lo largo de la “Historia” han existido sociedades en las que se ha producido cierto tipo de pensamiento e incluso excelente literatura y música; pero jamás, tales sociedades, han abrevado en las aguas sistémicas de la gran “Filosofía”. Tampoco han producido ciencia. Nuestro anhelo es que Honduras se destrabe del atraso material y espiritual, mediante la lectura ordenada y pluralista, y alcance las altas esferas de la producción filosófica, teológica y científica.

            Aquí conviene señalar un hipotético malestar arraigado en el alma de los hondureños y de un porcentaje de centroamericanos. Durante siglos y décadas el hondureño que intenta leer o estudiar con actitud sobria y sistémica, se vuelve sospechoso de toda sospecha, inclusive en los mismos ámbitos intelectuales. El caso contra José del Valle fue típico en lugares muy específicos de América Central. Quizás por eso, como contrapartida, fue querido y respetado por visitantes extranjeros, y a pesar de los pesares fue muy apreciado en México. Según el escritor uruguayo Oscar Falchetti, un gran prócer suramericano exhibía “lecturas desordenadas”, motivo por el cual podríamos añadir que seguimos siendo desordenados, sobre todo por desorientación involuntaria y por ausencia de auténticos guías espirituales, interesados en auxiliar sin mezquindad y sin sesgos de ninguna naturaleza, a los adolescentes, a los adultos y a los mismos hombres otoñales.

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