BARLOVENTO:

Por: Segisfredo Infante

Han transcurrido, tal vez, un par de décadas desde el momento en que viajé por primera vez a San Marcos de Ocotepeque, en el occidente de Honduras, acompañado por Enrique Cardona Chapas y José D. López Lazo. Se trataba del primer homenaje, en la rama de ensayo, que me obsequiaban en aquel pequeño y lindo pueblo. Partimos de San Pedro Sula como a la una de la mañana. El autobús marchaba a una velocidad vertiginosa y escandalosa, al grado que pensé que podíamos accidentarnos. Cuando pregunté por el motivo de aquella velocidad, me dijeron que el autobús se dirigía a la frontera de Guatemala en tanto que iba “repleto de mojados”. Por aquellos días yo desconocía la magnitud exagerada de tal fenómeno, problema que se fue agrandando en el curso de los años, hasta llegar a las famosas caravanas, organizadas, según se ha dicho, sobre todo durante el periodo presidencial de Donald Trump, por un “sacerdote” de la zona norte del país, por otro personaje cuyo nombre prefiero ignorar, y financiadas por un multimillonario estadounidense y otras organizaciones internacionales.

Los motivos que los migrantes aducen para buscar mejores destinos en la parte norte del continente americano, son múltiples. Algunos son archijustificados y otros son inventados en el camino. Me parece que hay tres causas vitales que provocan la emigración de los hondureños y muchos otros centroamericanos. En primer lugar el desempleo y el subempleo. En segundo lugar la delincuencia, las amenazas a muerte y las extorsiones que atentan contra los micronegociantes y contra la mediana empresa, y a veces incluso contra grandes empresarios. El tercer motivo justificado, desde mi punto de vista, es la conjugación de los desastres naturales que arruinan las cosechas de granos en los predios rurales. Tales siniestros oscilan entre las sequías y los huracanes.

Hay un cuarto motivo abierto o subyacente, y es aquel que tiene que ver con los imaginarios individuales y colectivos. Desde que éramos niños recuerdo que la televisión y la propaganda en general, inyectaban en nuestros cerebros el famoso “sueño americano”, el cual comenzó especialmente en la zona norte con la presencia exitosa de las compañías bananeras y empresas afines. Mi santa madre olanchana, que creció en la zona norte del país, idealizaba a los Estados Unidos de Norteamérica, y transfería sus ilusiones estadounidenses a sus tres hijos, con efectos directos o colaterales. En mi caso personal, debido a mis lecturas tempraneras, siempre tuve preferencia por Europa y, sobre todo, por dos naciones mediterráneas, en donde se fraguó la cultura y la civilización occidentales. Sin embargo observé que hasta nuestros políticos y empresarios preferían viajar a Miami, Florida, en sus vacaciones o en cualquier época del año, en tanto que habían interiorizado en sus almas las bondades de la “Metrópoli del Norte”; o parecían desconocer los verdaderos orígenes de nuestra civilización criollo-mestiza.

Todo lo anterior calza porque en Honduras el flujo de migrantes continúa. Según algunos expertos, durante los meses de marzo y abril del presente año, han continuado saliendo del país entre quinientos y seiscientos catrachos cada día, haya o no haya caravanas. Más bien el tema de las caravanas se ha vuelto aleatorio, en tanto que los verdaderos migrantes son individuos solitarios acompañados por algún “coyote altivo”, que conoce los “nudos ciegos” fronterizos y vive de ese negocio. En cuanto a los múltiples peligros del trayecto, todos conocemos el tema, por las noticias internacionales o por los comentarios de las familias afectadas. Y es que el fenómeno de la migración internacional es casi indetenible. (El episodio de Ucrania es el más reciente). Pues incluso los filósofos, los sociólogos y los demógrafos se han ocupado del tema en cualquier parte del globo terráqueo. No solo en el “Triángulo Norte” de América Central. Digo esto porque en el caso de los nicaragüenses, ellos emigran hacia Costa Rica y a veces hacia Honduras, en donde creen encontrar mejores oportunidades.

Otro grave problema, al cual las autoridades gubernamentales debieran prestarle mucha atención, es el asunto del crecimiento exponencial de las extorsiones que se han vuelto a recrudecer. Hasta “Tito Aguacate”, cuyo negocio era casi parte del imaginario colectivo del centro histórico de Tegucigalpa, ha sido víctima de los delincuentes que se encargan de amargarles la vida a los pequeños negociantes. Incluso los dueños de mototaxis han salido perjudicados en fechas recientes. En el pasado, hace alrededor de cinco años, dos librerías de autores hondureños cerraron en el mero casco histórico de la capital, por causa de las extorsiones, y nadie dijo nada.

Mis lectores saben que trato, en la medida de lo posible, evitar los temas coyunturales que todo mundo aborda. Porque me interesan mucho más la “Filosofía” y la “Historia”, disciplinas que me ayudan a identificar los grandes caminos, tantas veces borrascosos, sinuosos y luminosos, de nuestra región y de la humanidad entera.

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