Por: SEGISFREDO INFANTE

            Durante años y décadas he venido denunciando la tala descomunal de los bosques y los incendios forestales. Y todo ha seguido como si nada. Mucho más en los alrededores de Tegucigalpa y Comayagüela. Lo mismo que al otro lado (oeste) de la mal llamada “Montaña del Merendón” en San Pedro Sula. Pero si alguien corta un árbol peligroso porque está a punto de caer encima del techo de su casa o de su choza, los chismosos y ciertas autoridades edilicias corren a clavarle una multa a su vecino. Sin embargo, frente a los incendios forestales que consumen miles de hectáreas de bosques, nunca dicen nada, aun cuando tales incendios se perciban como gigantescas heridas a muchos kilómetros de distancia, las cuales permanecen ardiendo durante meses sin que las autoridades nacionales y municipales hagan nada. O casi nada. A veces pareciera que subyace una complicidad tácita encaminada a destruir al país entero: un país rico en recursos hídricos, cuyas ciudades principales están languideciendo de sed y extorsiones.

            El doctor Carlos Héctor Sabillón, mi exprofesor en la asignatura de “Geografía Física Especial”, uno de los mejores geógrafos de América Central, ha sugerido en varias oportunidades la reforestación masiva en las cabeceras de los ríos más o menos caudalosos de Honduras, a fin de construir represas de agua dulce, que ayuden a evitar las sequías y a neutralizar las inundaciones, especialmente sobre el valle de Sula, en donde son afectados varios municipios. Por mi parte soy de la opinión que con bordos y canales jamás van a controlar los ríos Ulúa y Chamelecón durante las eventualidades de los aguaceros más recios y de los huracanes. En este punto es pertinente recordar que el empresario y político Jaime Rosenthal Oliva (QEPD) propuso la construcción de las represas de “Jicatuyo” y “Los Llanitos” con el fin de controlar las aguas y producir energía eléctrica. A finales de marzo del año en curso, los empresarios y las autoridades edilicias de distintos municipios del valle de Sula, exigieron la construcción de la represa “El Tablón”, con el objeto exclusivo de controlar el agua. Por otro lado, nada sabemos del paradero de la “Represa Patuca Tres”, porque en caso de haberse finalizado su construcción, no tendríamos ninguna necesidad de estar mendigando energía eléctrica a precios altísimos, por encima de la capacidad de todos los hondureños.  

            Pero el caso más grave (y casi apocalíptico) es el de Tegucigalpa y la ciudad vecina Comayagüela. No se tiene agua potable durante las estaciones secas. Y los habitantes sufren sequías y problemas sanitarios como si vivieran en los pueblos más atrasados del África subsahariana, especialmente Etiopía y Somalia. Todo porque aparentemente diversas autoridades han colocado, hasta ahora, las intrigas políticas e ideológicas, y un poco el ornato de por aquí o de por allá, muy por encima de la supervivencia de millones de catrachos. Si no se construye una represa cuanto antes, aunque sea en el valle de Amarateca, más temprano que tarde habrá un estallido social en la capital hondureña, por causa del fenómeno conjugado entre la sequía y el hambre.

            Pareciera que una de las soluciones del grave problema de la capital es la construcción de una represa en el arroyo conocido como “Río del Hombre” en el mencionado desplome geológico de Amarateca, en donde funcionó, durante el periodo colonial, la cofradía católica más rica de Tegucigalpa, gracias a la abundancia de árboles de madera preciosa y otros recursos. Hoy es una especie de valle deforestado, cuasi desértico. Pero cuando llueve se desperdician miles de toneladas de agua dulce que corren por los bordillos de las carreteras. Aquí volvemos a la sugerencia de mi amigo Carlos Héctor Sabillón, esto es, la de inducir sistemáticamente a los estudiantes, a los militares y a la ciudadanía, a reforestar y a cuidar los arbolitos que pudieran sembrarse en toda esta microcuenca, a fin de que volvieran a florecer las ricas maravillas coloniales.

            Iósif Stalin, ponderado por algunos historiadores serios como uno de los dos verdugos más desalmados de toda la “Historia” tuvo, a pesar de los pesares, la visión y el acto concreto de un estadista al construir un canal entre los ríos Volga y Moscova para abastecer de agua a la ciudad de Moscú. El deseo del dictador supremo de resolver problemas reales de millones de soviéticos, de cuando en cuando se imponía por encima de sus obsesiones revanchistas, acomplejadas y persecutorias. En los tiempos antiguos los emperadores romanos y otros reyezuelos construían gigantescos acueductos.

            En el caso nuestro, recuerdo que Carlos Selva me relató, hace varios años, sus propuestas a los gobiernos de utilizar las mareas del Golfo de Fonseca para producir energía eléctrica. Pasaba resentido porque nadie le prestaba atención. A ello habría que añadir la posibilidad de desalinizar el agua del Mar Pacífico y convertirla en agua potable que llegue hasta Tegucigalpa empujada con electricidad.  

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