Por: SEGISFREDO INFANTE

Como la nuestra es una época de reiteradas inestabilidades políticas; guerras civiles; competencias comerciales desleales y agresivas; invasiones territoriales; derrotas económicas y morales; inflaciones inesperadas; burbujas financieras; horizontes en que nadie cree en nadie, y los jóvenes parecieran interponer un abismo con sus padres, sus hermanos y su entorno real, como si estuvieran deshumanizándose por causa de unas tecnologías adictivas que conducen al aislamiento personal y hasta el deseo de suicidio, por lo que en consecuencia es menester que abordemos cada problema con mucho tacto, pues pareciera que la “incertidumbre” se ha convertido en el faro derrumbado, que desconcierta a todo mundo. No sólo a unas facciones políticas coyunturales enredadas en pugnas, unas con otras. Sino que se trata de una incertidumbre que desconcierta a todas las personas, en un alto porcentaje por la ausencia de liderazgos fuertes, coherentes, fraternos y lúcidos en las esferas regionales y mundiales. (Esta ausencia de liderazgos empáticos la he señalado en varios artículos en el transcurso de más de veinte años).

Pero más que de una ausencia de liderazgos abarcadores, conviene hablar de la ausencia de visiones y misiones esperanzadoras más o menos coherentes y factibles, para cada nación y la nave terráquea en general. Como sugeriría un prestigioso hermeneuta bíblico ya fallecido, que poseía información de historia universal de la cultura, hoy se reproduce, por analogía, una época y un lugar en donde se respira “un aire de derrota, de fracaso, de horizontes cerrados, de desconfianza respecto de todo tipo de institución”.

Esto significa que muchas veces se cierran las puertas a la bondad, la tolerancia y la armonía, mediante las cuales se crearon, y se crean, las civilizaciones con sentido de cooperación y autoprotección entre los seres humanos. Para decirlo en términos más prosaicos o “ilustrados”, se anulan las posibilidades de los pactos sociales duraderos que contengan, de suyo, la coexistencia civil armoniosa y la creación de riqueza individual y colectiva, en una relación fluida entre gobernantes y gobernados.

Quizás a los amables lectores les parezca utópico hablar de estas relaciones cooperantes. O humanizantes. Pero el caso es que tal idea se ha materializado en momentos identificables de la “Historia”. Un solo ejemplo contundente: la civilización prehispánica probablemente más antigua del continente americano, nunca registró conflictos sangrientos de ninguna especie, o que fueran evidentes, según investigaciones arqueológicas serias y confiables. Me refiero a la civilización de “Caral”, que estuvo localizada, con un aproximado de veinticinco asentamientos urbanos que comerciaban pacíficamente entre sí, en la parte centro-norte de lo que actualmente es la República del Perú. (No hay vestigios de violencia abierta de ningún tipo, aun cuando haya habido división social del trabajo y rudimentos estatales eficientes).

Necesitamos, en nuestra época, o en nuestros días, volver a respirar confianza en las relaciones políticas, económicas y sociales. Y asimismo evitar las confrontaciones estériles que parecieran reiterativas, como cuando se divide a la sociedad utilizando el estilo de las viejas películas del “oeste”, en un mundo en donde solamente existen “los chicos buenos” y los “chicos malos”. Recuerdo haber leído en los comienzos de mi segunda juventud, que unos políticos orientales, cansados de las confrontaciones, sugerían “reducir el radio de ataque y ampliar el radio de amistad”. Porque de esto depende en gran medida el verdadero desarrollo integral o moderno de las comunidades grandes y pequeñas. Y es que resulta reconfortante, y humanamente muy alentador, asistir a una reunión en donde las personas se saludan amablemente a pesar de sus diferencias ideopolíticas. En fechas recientes estuve cuando menos en cuatro reuniones culturales en donde casi todos los saludos fueron cordiales; o cuando menos respetuosos. En la última de estas reuniones aludidas, en la presentación de un libro, tuve el auténtico gozo de encontrarme con personas de diferentes tendencias y edades, que hacía décadas se habían perdido de mi vista. Estábamos como sedientos de un apretón de manos y de un intercambio de palabras recordando los viejos tiempos. Nadie, en términos generales, parecía sentir desconfianza de nadie.

El ideal, en un nivel macro, es que evitemos las ofensas públicas y privadas, a fin de arreglar nuestros entuertos civilizadamente. A final de cuentas todos somos seres humanos vulnerables y necesitados de cariño, o por lo menos de benevolencia, y todos somos paisanos dentro de una misma nación. O país. Necesitamos respirar confianza entre los gobernantes, los pudientes, la clase media, los pobres y los gobernados. La confianza conduce a la armonía, y esta última conduce al desarrollo. Lo contrario de lo anterior es el fenómeno del caos antagonizante, que ni remotamente contribuye al mejoramiento de la vida humana, ya sea en la esfera nacional o internacional. Por regla general el caos es sinónimo de decaimiento económico y de incertidumbre espiritual. 

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