Por: SEGISFREDO INFANTE

            Esto se relaciona, en un primer momento, con el tamaño territorial, con las reservas mineralógicas estratégicas, y con el nivel cultural de la población. Pero lo más importante, lo que está por encima de todo en un contexto nacional, es cómo se miran a sí mismos los ciudadanos de cualquier país, sea grande o pequeño. El nivel de autoestima de la población es decisivo al momento de tomar decisiones para sacar a una sociedad del atascadero histórico y económico en que podría encontrarse. Varias sociedades han extraviado su destino por el simple complejo de inferioridad. O por ausencia de claridad ante los posibles y probables senderos que debieran transitarse. Desde luego que en este punto se vuelve clave el nivel de razonamiento de los grupos dirigenciales, en tanto que la imprudencia a veces ocupa el lugar que le corresponde a las ideas.

            Honduras, a pesar de todo lo que se ha dicho y se dice, exhibe un lugar geopolítico estratégico. Incluso desde antes de la llegada de los españoles, en tanto que los primeros conquistadores (los del norte y los del sureste) venían a dirimir sus diferencias jurisdiccionales sobre los territorios imprecisos de la “Provincia de Honduras y Ygueras”, por aquello de la convergencia cultural de los mesoamericanos originarios y el encuentro con los pobladores seminómadas del área intermedia, que procedían de las tierras altas de lo que hoy es América del Sur, como en el caso de los lencas que fueron, por así decirlo, mitad “macrochibchas” y mitad mesoamericanos.

El recio historiador Marcos Carías Zapata sugirió (o por lo menos insinuó), en uno de sus ensayos, que el territorio hondureño era el punto de encuentro, conflictivo, entre los guerreros que venían del norte y aquellos que venían del sur, antes y después de la conquista. Tal fenómeno ha parecido “repetirse” (o replicarse) en tiempos republicanos y contemporáneos, en los últimos dos siglos, con resultados muy pocos redituables para la sociedad hondureña. Casi siempre hemos llevado las de perder, tal como ocurrió durante el desencadenamiento moderno del esquema bipolar de la “Guerra Fría”.  

Nadie discute la pequeñez territorial de Honduras. Pero, a pesar de eso, sus recursos hídricos tropicales siguen siendo abundantes y las potencialidades en dirección a desarrollar una agricultura diversificada agroexportadora están como a la espera de decisiones inteligentes que empujen a Honduras, en el terreno de los hechos, a un estadio de vida superior, con un aparato productivo respetable. Para que esto ocurra, se ha repetido hasta el cansancio, se requiere de la conjugación cooperante entre los inversionistas extranjeros y los productores nacionales. Desde una perspectiva realista. Pues no queda ningún otro camino.

Claro está que en el curso de las décadas nos hemos embrollado en discusiones áridas que rara vez conducen hacia algo positivo, por causa de una ausencia de sentido de la cruda realidad, tanto nacional como internacional. Quizás por eso un buen amigo me sugería hace pocos días que uno debe tomar cierto distanciamiento de los problemas laberínticos, con el fin de mirar más allá de las complejidades del “Minotauro”. Desde una buena lectura (sólida) y desde una visión global de los problemas, las cosas podrán simplificarse y tener una salida. Pues pienso que todos los problemas humanos, tarde o temprano, tienen soluciones humanas más o menos viables. Y en el caso de Honduras, vale la pena recordarlo, aquí han nacido personas talentosísimas cuyos nombres debemos subrayar, en tanto que sus pensamientos se convierten en retos inequívocos tanto en lo económico como en la esfera del pensamiento sobrio. Es inevitable recordar los nombres de José Cecilio del Valle, Francisco Morazán, Ramón Rosa, Alfonso Guillén Zelaya, Froylán Turcios, Heliodoro Valle y Ramón Oquelí, en tanto que sus aportes cerebrales viajaron mucho más allá de las fronteras patrias. Resulta inconcebible que Honduras, siendo la patria nativa de algunos de los talentos más cualificados de América Central, continúe patinando en el círculo de los rencores y el atraso. Con el cultivo sistemático de los rencores inhumanos, jamás de los jamases saldremos del abismo histórico.

Honduras podría llegar a convertirse, en los próximos doscientos años, en una pequeña nación poderosa moderna, respetada por el resto de los países. Ese trajinar de los catrachos en los siguientes doscientos años significará un permanente y doloroso zigzagueo entre el “ensayo y el error”. Porque se trata de mantener viva la paciencia y la esperanza en nuestras propias potencialidades, hasta que por fin lleguemos a comprender que necesitamos cuando menos dos cosas: un pujante aparato productivo nacional, y un florecimiento real de las ideas y de las ciencias, en el marco de la libertad. Para dejar de ser un país invisible manoseado por los unos y los otros, inclusive por narcotraficantes de cualquier pelaje y color, necesitamos asumir una conciencia colectiva cargada de dignidad, prudencia y autoestima, desde ahora y por siempre.  

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