Juan Ramón Martínez
El año que acabamos de terminar es uno de los más dolorosos. Muy parecido a 1954; o 1936. Igual que en aquellos años, con el poder en contra del ciudadano, amenazando la libertad individual, el ejercicio grupal; y la existencia de la nación. Con el Poder Ejecutivo, la Corte, el Legislativo, la Fiscalía y el PLR, coaligados entorpeciendo el ejercicio de la soberanía popular y poniendo en precario la tranquilidad general. Paralizando la inversión, impidiendo la creación de empleo, dañando el comercio y aumentando la pobreza a todos los niveles. Una generación destructora, uso sus energías para imponernos sus caprichos, desconociendo la legalidad y destruyendo todas las certezas sobre las que se ha construido tradicionalmente la paz en la que hemos vivido desde 1980 hasta ahora.
Nada de lo ocurrido en este “año terrible” es accidental. Todo tiene sus causas y responsables. Los males no han caido del cielo; ni del infierno. Todos –unos más que otros— somos responsables. Cerca de un millón de adultos, por equivocación e interés personal –desde un empleo, negocios mezquinos u odio ancestrales– se empecinaron en destruir lo que las generaciones anteriores hicieron. Porque no hay que negar que hemos avanzado y mejorado. El problema es que trabajamos muy lentamente.
En estos cuatro años, una “generación” destructora se aprovechó de los órganos del estado; y sin respeto cívico, quisieron imponer un modelo de gobierno que no guarda relación con nuestro pasado; y menos con las reglas de los constituyentes de 1982. El discurso insolidario y destructor usado por la candidata del gobierno Rixi Moncada, pretendiendo imponer lo público por encima de lo ciudadano y particular, para convertimos en dependientes del gobierno, a sabiendas que con ello destruirían lo poco que hemos logrado. Ello amargó la vida de la mayoría de las personas. En las elecciones, cuyos resultados se niegan a reconocer; e incluso el Fiscal General, anuncia que nos amargara la existencia este mes primero de 2026, los hondureños en forma mayoritaria dijimos que no queremos vivir dentro del vendaval destructor que ha estremecido y puesto a prueba los nervios de todos.
Hay que celebrar que nos hemos defendido. Hemos votado y tenido en el CNE, — en la figura de dos mujeres valientes y un abogado honorable–, la instancia que ha protegido la soberanía nacional y defendido el derecho a expresarnos y decir quien nos debe gobernar. Por ello, aunque la rabia del Fiscal General turbe el sueño algunas madrugadas, no hay que perder el ánimo. Las palabras del Quijote de la Mancha, el maestro sanador de los entuertos puede servir para animarnos y disponernos a la lucha por un año mejor. “Sábete Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal sea tan durable y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está muy cerca”. (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha).
Lo atribuido a Bolívar, “que cuando esta mas oscuro, es señal que pronto amanecerá”, es útil para darnos ánimo; y actuar. Lo que resultó bueno este año, lo tenemos que continuar en 2026.
Entonces, hagamos nuestras metas, diseñemos nuestros sueños, y arremangándonos la camisa para hacerlas posibles. Como ciudadanos aumentemos el cuidado y vigilancia de las instituciones públicas, controlando el gobierno y a las municipalidades, para que nunca más, vuelvan a colocarse en contra de los intereses colectivos; ni convertidos en pitoretas locas que interrumpan nuestras vidas con cantaletas aburridas, engañosas y traidoras. ¡Enterremos los toros derrotados en los pozos de Lepaguare ¡
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