Ruth Bonilla – En Alta Voz
Hay periodistas que cuentan lo que pasa. Y hay periodistas que se preguntan por qué pasa, quién lo permite y qué ocurre después. Mariela Castañon, periodista guatemalteca con más de 15 años de trayectoria, pertenece a la segunda categoría. Su trabajo no termina cuando se publica la nota: termina, si es que termina, cuando algo cambia.
Una periodista que aprendió a preguntar más
Mariela Castañon comenzó su carrera cubriendo Nota Roja. No fue una elección romántica ni una declaración de principios; fue simplemente el lugar donde empezó, y resultó ser el mejor laboratorio posible para alguien que, sin saberlo todavía, estaba aprendiendo a investigar.
En la Nota Roja las fuentes oficiales son escasas. La policía da una versión, el gobierno da otra, y entre ambas queda un espacio enorme de preguntas sin responder. Castañon empezó a llenar ese espacio por instinto. Si había una víctima mujer, quería saber si era un feminicidio. Si alguien había sido asesinado y las autoridades insinuaban que era pandillero o trabajadora sexual, ella rechazaba esa lógica que convierte la identidad de una persona en justificación de su muerte.
“Detrás de un número hay una historia —dice—, y esa historia me permite a mí profundizar más y más y más.” Así, sin haberlo planeado, Castañon fue convirtiéndose en periodista de investigación. No desde una redacción con recursos, sino desde la calle, preguntando lo que nadie preguntaba, siguiendo las pistas que otros dejaban ir.
Hoy, con más de 15 años de carrera, es editora general con experiencia en el diario La Hora —donde trabajó por más de 12 años—, formadora de periodistas, coordinadora académica y profesora universitaria. Ha colaborado con Ruda, Conectas, Prensa Comunitaria, Nuestras Historias y Plaza Pública. Pero antes de todos esos créditos, hay historias. Y son esas historias las que explican quién es.
Tres investigaciones, tres transformaciones
En 2009, durante una requisa en el Preventivo de la Zona 10-11, Castañon vio algo que no cuadraba: niñas y adolescentes en la fila de ingreso a una cárcel de hombres de alto riesgo. Lo que encontró tras meses de investigación fue una red de trata operando dentro del sistema penitenciario. La publicación abrió una investigación del Ministerio Público, hubo sentencias condenatorias y se implementaron restricciones. Castañon retomó el tema años después; en 2025 se promulgó una ley más contundente. Entre la primera publicación y esa ley, pasaron 16 años de insistencia. https://www.connectas.org/violaciones-tras-las-rejas-carceles-guatemala/
Desde 2015 también venía documentando abusos sistemáticos en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción. Las instituciones no respondieron. El 8 de marzo de 2017, 41 niñas murieron quemadas y 15 resultaron heridas. Fue un golpe duro. Pero cuando el caso llegó a los tribunales, sus reportajes se convirtieron en referencia judicial: evidencia de que la violencia era preexistente y denunciada. El periodismo no pudo prevenir la tragedia, pero sí ayudó a establecer responsabilidades. https://www.nuestrashistorias.com.gt/hogar-seguro-25-incidentes-no-previnieron-una-tragedia/
La investigación más reciente —realizada junto a Carlos Gutiérrez Bracho y medios aliados— desmontó la narrativa oficial del operativo del 20 de diciembre de 2024 contra la comunidad judía ultraortodoxa Lev Tahor, donde 160 niños fueron retirados bajo sospechas de pornografía infantil y abuso sexual. Tras un año de trabajo, el equipo encontró que el informe oficial del propio Estado concluía que no había indicios de delito, que los dispositivos revisados no contenían material ilícito y que el llamado “cementerio clandestino” tenía todos los permisos en regla. Para llegar a esas fuentes —una comunidad que habla yiddish y desconfiaba profundamente del Estado guatemalteco—, Castañón necesitó meses de construcción de confianza, trece entrevistas previas y mucha paciencia. Al final, los niños les dieron un concierto espontáneo en yiddish. Sus voces acompañan el reportaje. https://www.connectas.org/especiales/ninos-lev-tahor/
El costo personal: seguimientos, campañas y la familia que hay que proteger
El periodismo de investigación en Guatemala tiene consecuencias. Mariela Castañon las ha vivido en varias formas. En 2009, alguien buscó su dirección y número de teléfono después de la publicación sobre las niñas en la cárcel. En 2016, un pick-up verde comenzó a seguirla mientras documentaba los abusos en el Hogar Seguro: aparecía al salir del trabajo, en restaurantes, cuando un familiar la llevaba a casa. La Policía Nacional Civil le asignó seguridad perimetral.
En 2019, tras investigar cómo el hermano del expresidente Jimmy Morales había borrado sus antecedentes policiales para aspirar a una diputación, la violencia tomó otra forma. Comenzó una campaña de desprestigio en redes sociales y correos electrónicos: la llamaron periodista prepago, la vincularon con reclusos aprovechando que hacía cobertura en cárceles. No atacaban el trabajo —ese era difícil de refutar—. Atacaban a la mujer.
“Solo estoy haciendo mi trabajo y me tratan de esta manera —recuerda—. No podían atacar mi trabajo, entonces atacaban a la persona, a la mujer.” Llegó a la oficina del Procurador de Derechos Humanos con los ojos llorosos. Una funcionaria le dijo algo que se quedó con ella: su trabajo estaba teniendo impacto, y esa era exactamente la razón por la que la molestaban.
Hoy cuida de no publicar fotos con su familia. Evita espacios muy públicos. Ha recibido asistencia psicoemocional para sostener el peso de cubrir lo que cubre. No es una queja: es una descripción de lo que implica, en la práctica, ejercer el periodismo de investigación en un país como Guatemala.
Los reconocimientos: cuando el premio le devuelve la voz a los protagonistas
En 2017, el mismo año en que 41 niñas murieron quemadas y Castañon atravesó uno de los momentos más difíciles de su carrera, llegaron varios reconocimientos por su trabajo. La paradoja fue también una enseñanza.
Para Castañon, los premios no son el objetivo. Tampoco son un adorno. Son, sobre todo, reflectores. Cuando un reconocimiento pone atención sobre una investigación periodística, también pone atención —aunque sea brevemente— sobre quienes protagonizan esa historia: las niñas de la cárcel, los niños del hogar, los menores de Lev Tahor.
“Cuando tenemos un reconocimiento, le damos más voz a las personas que queremos que sean escuchadas —reflexiona—. Vuelven a ver a los protagonistas de nuestras historias y alguien se recuerda que esas personas necesitan una respuesta.” Los premios funcionan también como punto de apoyo en los momentos de duda: recordatorio de que el trabajo lento, sin resultados inmediatos, tiene sentido; de que alguien, en algún lugar, está prestando atención.
“Es por ellos, es por la gente que uno trabaja”, dice. Y en esa frase está, quizás, la razón más honesta por la que Mariela Castañon sigue haciendo lo que hace.
La metodología: presencia, persistencia y preguntas incómodas
Castañon no cree en los atajos. La reportería y la pre-reportería son, en sus palabras, “vitales”. Ninguna entrevista telefónica reemplaza estar en el lugar. Ninguna declaración oficial reemplaza ver con los propios ojos. Fue estando físicamente en la finca de Lev Tahor que notó unas llantas viejas, preguntó qué significaban y descubrió que eran el área de juego de los niños. Ese detalle abrió la historia.
Su caja de herramientas incluye solicitudes de información pública —insistentes, diversificadas, porque “niegan la información, cierran la información”—, asistencia a audiencias judiciales, contraste sistemático de fuentes y verificación de cada testimonio. Sabe que la información rara vez llega de un solo lugar y que rendirse a la primera es perder la historia.
“Si yo hubiera tirado la toalla a la primera, no hubiera logrado esta historia”, dice sobre Lev Tahor. Y es probable que lo mismo aplique a todas las demás.
Lo que viene: investigar y formar a quienes vendrán después
Castañon no se imagina sin el periodismo. “Mientras tenga salud, mientras tenga la oportunidad de hacerlo, lo voy a seguir haciendo”, dice. Pero hay una segunda vocación que ha ido creciendo con los años: la formación.
Como profesora universitaria en la Facultad de Ciencias de la Comunicación, trabaja con estudiantes de diferentes disciplinas. A quienes detecta con vocación periodística les dedica atención especial: los acompaña paso a paso, les recomienda libros, los conecta con sus primeras fuentes y está disponible más allá del aula. No les enseña solo teoría. Les enseña a estar en el lugar, a construir fuentes, a no publicar lo que no puedan respaldar.
“Ser periodista no es aparecer en la cámara y hablar —les dice—. Ser periodista es mancharse los zapatos e ir al lugar donde tenemos que estar para contar la historia.” Es lo mismo que ella ha hecho durante 15 años. Y lo que espera que ellos hagan durante los próximos 15.
El periodismo de investigación no siempre llega a tiempo. No siempre impide la tragedia. No siempre produce el cambio que busca de inmediato. Pero cuando se ejerce con rigor, con presencia y sin rendirse, deja un rastro que los tribunales pueden usar, que las legislaciones pueden citar, que la memoria colectiva puede sostener. Mariela Castañon lleva 15 años construyendo ese rastro. Con los zapatos manchados, la libreta abierta y la certeza de que detrás de cada número hay una historia —y que esa historia merece, siempre, ser contada.



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