Por: SEGISFREDO INFANTE

            No pretendo conocer la cultura ni tampoco la historia completa de Japón. Apenas me he aproximado en el curso de mi vida a ciertos retazos de las manifestaciones religiosas, artísticas y literarias de los nipones. A sus artes marciales; a algunas de sus novelas; y al cine legendario de Akira Kurosawa. En algunos momentos, por supuesto, me he acercado un poco a la técnica poética silabeada del “haikú”. Creo que por eso recomendaba, en mi curso de “Historia Universal Moderna”, a uno de mis alumnos para que expusiera la historia relacionada con el tema de los “shogunatos” y de los “samuráis”, en vísperas que Japón se abriera al mundo capitalista occidental en la segunda mitad del siglo diecinueve.

            En este artículo deseo centrarme en la película norteamericana “El último samurái” (“The Last Samurai”), protagonizada por Tom Cruise, Ken Watanabe y la bella Koyuki, y estrenada en noviembre de 2003, con algunas nominaciones importantes. Debo destacar que a mi juicio es la mejor película encarnada por Tom Cruise, en una época en que la mayoría de los actores jóvenes se parecen físicamente entre ellos, y que por tanto prefieren representarse a sí mismos, y casi nunca a los personajes que debieran encarnar. Lejos han quedado las actuaciones multifacéticas y extraordinarias de actores como Orson Welles, sir Lawrence Olivier, Marlon Brando y Robert De Niro en sus primeras etapas. Hoy en día los actores son demasiado estereotipados. Son simples fetiches para el consumo. Con esto deseo evidenciar que nunca me han gustado las actuaciones de Tom Cruise, exceptuando su papel singular en este filme “El último samurái”, en donde encarna genuinamente la dolorosa transición de un viejo capitán resentido del ejército estadounidense, hacia la personificación de un nuevo y sincero samurái, que a pesar de moverse entre espadas, fusiles y ametralladoras en una época turbulenta de la historia interna de Japón, ha encontrado su destino y su inesperada paz interior. Aquella que todos los seres humanos racionales y espirituales buscamos en algún momento de nuestras vidas.

            Percibo que el guión de la película se atiene a los hechos históricos tal como ocurrieron o podrían haber ocurrido en el “País del Sol Naciente” en la segunda mitad del siglo diecinueve (año 1868), justamente en la época del primer “Emperador Meiji”. El filme pareciera un traslape de una buena novela histórica con los parámetros que podrían haber sido recomendados por Georg Lukács, en el sentido que los personajes deben ser ficticios pero los hechos deben ser reales, cuando se trata, por lo menos, de la teoría clásica sobre la novela histórica. Es probable que hoy en día los parámetros hayan cambiado, y que se juegue con los personajes históricos reales, para enaltecerlos, distorsionarlos, enlodarlos o hundirlos, acompañados con sucesos ficticios.

            La película está bien filmada y extraordinariamente actuada por todo el reparto, con un trasfondo histórico más o menos confiable, y con unos valores culturales japoneses milenarios que son predominantemente ajenos, tal vez incomprensibles, para la gran mayoría de cinéfilos occidentales. Razón por la cual es un filme paradójico estadounidense (dirigido por Edward Zwick) con escasa taquilla en nuestros cines americanos y europeos, y con un éxito rotundo en el mundo de los nipones. En tanto que para comprender la profundidad de esta película es exigible aproximarse un poco a la historia del “Imperio Japonés”, de los shogunatos y “daimíos”, y especialmente a la historia samurái, con su respectivo “bushido” o código guerrero, en donde aquellos artistas marciales de profesión se entregaban a su katana (o espada); a la meditación y a la confección de algunos poemas breves, dedicados a las flores fugaces como las del cerezo. No eran los simples guerreros toscos y groseros que detectamos en algunos momentos de la historia medieval y moderna de nuestra admirada Europa. Y en algunas películas estereotipadas. Creo que el libro “El crisantemo y la espada” (1944, 1946) de la antropóloga Ruth Benedict, sigue siendo válido para ciertas facetas de la cultura japonesa. Pues se trata de un pueblo flexible al momento de recibir las influencias extranjeras que le convienen, pero altamente conservador (o positivamente tradicional) al momento de mantener sus convicciones ancestrales. Ojalá que los hondureños aprendamos a conjugar ambas actitudes correctas en relación al “criterio propio”, del cual hablaba Edilberto Cardona Bulnes, frente a la cultura de la frivolidad esnobista y del lenguaje altamente confrontativo, algunas veces impuesto desde afuera.

            “The Last Samurai” (o “El último samurái”) es una película que he podido disfrutar cada vez que la presentan en televisión. Igual que “Siete años en el Tíbet”, protagonizada por Brad Pitt, en una de sus mejores actuaciones. Se trata de un buen cine que a pesar de la violencia colateral o intrínseca que le acompaña, conduce hacia una especie de paz espiritual interior en aquellos que estamos necesitados de la misma. Menciono estas cosas excepcionales porque me parece que en los días que corren se ha interpuesto una cinematografía cargada de insustancialidades y de violencia ruidosa hasta dar náuseas.

            Tegucigalpa, MDC, 09 de junio del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 16 de junio de 2019, Pág. Siete).            

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