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Democracia sin amor

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Por: SEGISFREDO INFANTE

            En otros artículos he subrayado que de los tres grandes principios emblemáticos de la Revolución francesa, el más irrespetado y pisoteado, por los mismos revolucionarios incluso, ha sido el principio de “Fraternidad”, en tanto que los personajes centrales de aquella época, y sus continuadores más adelante, lo convirtieron en una abstracción extremadamente vacía; en un divorcio prematuro entre subjetividad y objetividad. Entre individuo y humanidad. Una de las posibles explicaciones es que tal principio poseía fuertes sedimentos judeo-cristianos atemporales, que tal vez generaban distanciamientos emocionales en los hombres ilustrados (o más o menos ilustrados) de los siglos dieciocho y diecinueve. No había problemas con los principios de “Libertad” e “Igualdad”, toda vez que sobre la libertad se sostiene, en gran parte, el funcionamiento del capitalismo clásico y también del contemporáneo. En cuanto al principio de “Igualdad”, el mismo se remonta a los tiempos religiosos y teológicos más antiguos. (La igualdad ante Dios). Al grado que los igualitaristas de tendencia totalitaria, también lo han utilizado para fines ideopolíticos.

            Pero “Fraternidad” es un principio que genera punzantes dificultades en todas las esferas sociales posibles. Comenzando por los mismos revolucionarios infraternos que se asesinaban, y han seguido asesinando unos a otros, por simples diferencias de tonalidades en la interpretación teórica y en la práctica de sus propios discursos. O por simple egolatría, vanidad, cálculo político y mezquindad.  O por “megalomanía”, como se le ha bautizado ahora, frente a la dramática experiencia histórica del siglo veinte y comienzos del incierto veintiuno. Pocas veces, o casi nunca, se percibe como hermano al correligionario político; muchos menos al adversario de coyuntura. Se le mira como un transeúnte sin importancia en el brumoso atardecer, al cual se le puede despreciar impunemente, hasta que las circunstancias den vuelta ciento ochenta grados, por los flujos y reflujos del mundo. Y a veces por los vaivenes inesperados del propio país.

            He dicho que ocurre en diversas esferas. Pues en los ámbitos religiosos (con las excepciones), también se impone la vaciedad en las relaciones inter-humanas. Esto es, la cáscara vacía del principio de “Fraternidad”. Aunque mis lecturas fundamentales son de “Filosofía” y de “Historia”, también me da por hojear libros de “Teología”, en donde se combina la sencillez y la profundidad. De tales libros he aprendido que mucha gente levanta las manos hacia Dios, en oración. Pero que al mismo tiempo esa gente olvida totalmente la existencia concreta de sus hermanos de religión que se encuentran sentados a su lado; o al sólo salir de los templos; y que podrían estar experimentando tribulaciones. Aquel principio de “amar al prójimo” establecido tanto en el “Viejo” como en el “Nuevo Testamento” de la Biblia, es lanzado al cesto de la basura, casi todos los días. No digamos si el hermano desamparado es de otra religión emparentada con la nuestra. O es “ateo”.

            Pero todos, eso sí, hablamos de “Democracia”. Cada quien utilizando el concepto según los propios horizontes ideológicos. O según sea el sistema económico. Al extremo de olvidar que la democracia surgió y maduró, con todas sus limitaciones temporales, en el Estado de Atenas y en otras ciudades amigas, para el enriquecimiento espiritual y físico de los individuos, sin restricciones excesivas a la libertad. Y que, al margen de las diferencias entre filósofos, pensadores y pedagogos, se buscaba “El Bien Común”, como una categoría utópica para beneficio del mayor número de ciudadanos. Es decir, el bien supremo de los hermanos de la ciudad-Estado.

            Nunca la democracia fue pensada para perjudicar al prójimo. Ni en los tiempos antiguos ni mucho menos en los modernos. El asesinato de Sócrates y la persecución contra Aristóteles, fueron falencias instintivas de los seudo-demócratas que siempre están agazapados para depredar a sus vecinos brillantes. Lo que ha ocurrido es que en los tiempos modernos (e hipermodernos) al violentarse el principio de “Fraternidad”, la democracia ha perdido uno de sus pilares fundamentales. No se puede ser un auténtico demócrata con desamor; o con actitudes frías frente al “Bien Común”; mucho menos frente al prójimo. Al violentarse los intereses vitales de la clase media y de los más pobres, se violenta la democracia occidental y el principio universal de “Fraternidad”. Aquellos que parecieran dirigir el mundo actual son infraternos, localizados en bandos y lugares opuestos de nuestro limitado planeta. Desde luego, repito, que hay valiosas excepciones de la regla.

            Democracia sin amor al prójimo es antidemocracia. Pueden buscar todas las excusas teóricas que deseen para autojustificarse. Pero la democracia sin amor al prójimo carece de sentido, pues pisotea el viejo principio de “Fraternidad”, tanto en los planos individuales como colectivos de la humanidad. Por eso es vital buscar el sosiego como categoría filosófica, y desarrollar capacidad de “escuchabilidad” amorosa que proponíamos en otro artículo, a fin de intentar aproximarnos a nuestros hermanos “Homo Sapiens”.

            Tegucigalpa, MDC, 01 de diciembre del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 05 de diciembre de 2019, Pág. Cinco). (Nota: Varios de estos artículos se han venido reproduciendo en el diario digital “En Alta Voz).

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