Ángel Garachana Pérez, CMF Obispo de San Pedro Sula

“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2,14). Estas fueron las palabras de los ángeles en la noche del nacimiento de Jesucristo. Y este es mi anuncio y mi deseo para todos en estos días entrañables: para todos los que vivimos con alegría nuestra pertenencia a la Iglesia Católica, para todos los que creen en Cristo y para todos los que compartimos camino en este pequeño lugar de nuestro planeta.

Si queremos dar gloria a Dios y encontrar la paz vayamos a Belén, como los pastores (Lc 2,15), como los sabios de oriente (Mt 2,9). Encontraremos a María, a José y al niño Jesús envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2,16). En ese Niño contemplamos la gloria de Dios, hecha cercanía, sencillez y ternura. Él es el signo definitivo de cuánto ama Dios a los hombres (Jn 3, 16-17). Y ese Niño “es nuestra paz” (Ef 2,14).

El “destruye el muro de la enemistad que nos separa” (Ef 2,14) y da la paz a todos los que a Él se acercan. Frecuentemente decimos “gloria a Dios”. ¿Quién da gloria a Dios? Quien reconoce su presencia y su acción en todo: en las cosas, en los acontecimientos, en las personas. Y sobre todo quien cree y confiesa que ese Niño Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, la encarnación de su misericordia, el rostro humano de los hijos de Dios.

Por eso, cuanto más nos acerquemos a Jesús en estos días, y siempre, cuanto más lo miremos con fe y amor, más se iluminarán nuestros ojos y se conmoverá nuestro corazón para reconocer “la gloria de Dios” en los pequeños, en los pobres, en los enfermos, en los excluidos.

En su carne herida y sufriente brilla la gloria de Dios. ¿Tenemos esta mirada de fe y este corazón compasivo? También les anuncio y les deseo la paz, síntesis de todos los dones de Dios y por tanto fuente de la verdadera felicidad. Pero quizá me digan: ¿Paz en esta Honduras en la que no pasa ni un solo día sin noticias de muertes violentas? ¿Paz para los que cada día abandonan familias, vecinos, costumbres y se ven obligados a correr el riesgo de la migración? ¿Paz cuando tantos pequeños, tantas mujeres, viven amenazadas o abusadas? ¿Paz cuando la corrupción crece favorecida por la inmunidad y roba el presente de todos y el futuro de los pequeños? ¿Paz cuando ni siquiera los encarcelados en los centros penales están seguros? Sí, a pesar de todo eso, paz.

Mejor dicho, precisamente por eso es más urgente la paz. El papa Francisco nos recuerda en su mensaje para la Jornada Mundial de la paz que “la paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación difícil se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”. Sí, la meta de la paz, es grande, urgente, necesaria en Honduras y justifica el esfuerzo de todos.

El esfuerzo de obispos, de presbíteros, de personas consagradas y de cada agente de pastoral por testimoniar, con obras y palabras, el amor incondicional de Dios por cada uno y, por tanto, el compromiso de cuidar, defender, fomentar la dignidad y la vida de cada hondureña y hondureño. Esfuerzo de cada creyente por dar coherencia a nuestra vida y apartándonos de todo lo que supone hacer el juego a la corrupción, al narcotráfico, a la explotación, al abuso. Esfuerzo de la clase política por analizar la compleja realidad nacional e internacional, aportar propuestas, dialogar sin rendirse y, sobre todo, evitar que las leyes amparen corrupción e inmunidad.

A todos los que entre nosotros tienen responsabilidades públicas los invito, de nuevo, a escuchar las palabras del Papa Francisco. “El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes”.

Dialoguen pues, incondicionalmente, reconozcan con honestidad los propios errores, busquen no aferrarse al poder sino la alegría de edificar continuamente una República que, cuando se aproxima a su 200 aniversario, aprende de su historia y sueña con que cada pequeño reciba una herencia de justicia, de sabiduría, de alegría y de paz en esta “casa común”, tan rica y tan amenazada. Hoy en Honduras, en medio de sus dolores, contracciones y esperanzas, sigue resonando el mensaje de los ángeles en la primera Navidad.

Y esta es la “Buena Noticia” que les traigo, estos son mis deseos para todos y este es mi compromiso con ustedes: “gloria a Dios en el cielo, paz en la tierra (en Honduras) a los hombres, que Dios ama”.

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