Por: SEGISFREDO INFANTE

            Es altamente probable que haya leído las “Siete Noches” de Jorge Luis Borges durante el año 1980, en una época en que parecía prohibitivo leer, o sólo mencionar, el nombre de Borges en los predios universitarios de Honduras. Otro tanto ocurría con la obra y con el nombre de Octavio Paz. Con las excepciones de la regla, por supuesto. De hecho me había embarcado en la lectura silenciosa de los cuentos y de una selección de poesía, en inglés y en español, del escritor argentino en el segundo quinquenio de los años setentas. También de varios ensayos. Creo que al multifacético Borges le hubiese gustado mi mención de fechas específicas, y de citas de artículos, porque en realidad él mismo citaba la publicación de algunos de sus propios textos.

Tal cosa la practicaba a pesar de su confeso descreimiento respecto de la “Historia” y de las historiografías. Ignoro la causa real de su rechazo personal de esta disciplina científica, en tanto que siempre menciona nombres y situaciones especiales de personajes históricos. Parejamente Borges parecía rechazar la lógica de Aristóteles. Sin embargo, siempre estaba hablando de arquetipos filosóficos, de temas metafísicos y de la construcción geométrica panteísta de Baruch Spinoza. Así que pareciera incomprensible su desdén hacia la “Historia” y su empecinamiento contra los grandes sistemas filosóficos cerrados. En verdad que Borges es un precursor de la posmodernidad del siglo veinte, que se pronuncia en contra de los grandes meta-relatos teoréticos. Uno de los primeros en descubrir esta faceta del argentino universal fue el pensador francés Michel Foucault.

Por ahora quisiera expresar algunas de mis propias perspectivas, quizás íntimas, sobre la obra encantadora de Jorge Luis Borges. He vuelto a hojear las conferencias agrupadas bajo el título “Siete Noches”. Siempre vuelvo a ellas. Y esto me permite rescatar a uno de sus lectores más orilleros del mundo, cuyo nombre ya nadie recuerda. Aunque yo siempre recuerdo a mis amigos más allá de las honras fúnebres. Me refiero al ya fallecido Abraham Raudales, autobautizado como “Tunchac”, quien sobrevivía, con grandes calamidades domésticas y de salud en el barrio “El Chile”, al otro lado del río Grande, pero a la altura del Barrio Abajo de Tegucigalpa. En cierta ocasión le obsequié un libro de Borges, posiblemente “Ficciones” o estas “Siete Noches”. Él también me regalaba casetes con música exquisita y libros usados, a pesar de las enormes dificultades del amigo para subsistir y enfrentar la dura vida cotidiana.

Solíamos encontrarnos en el ya mítico “Café de Pie”, en el centro de Tegucigalpa, a pocos metros de la Catedral Metropolitana. Abraham Raudales “Tunchac” era un mestizo de piel bronceada con características indígenas predominantes. Quizás lencas. Había sido en su juventud un peleador callejero; un amante de la caña-brava; una subespecie de “compadrito” borgeano; un romántico empedernido, diríase que impenitente, y un amante paradójico de la música clásica. Un día de tantos llegó emocionadísimo porque había leído las mentadas “Siete Noches” de Jorge Luis Borges. Me formuló varias preguntas y me confidenció sus percepciones. No salía de su encanto y de su asombro, que yo mismo había disfrutado, en silencio, en mis dificilísimos años de finales de adolescencia. “Tunchac” repetía que, nosotros dos, éramos “desheredados del amor”.

En la medida de lo posible le expliqué algo acerca de las grandes virtudes y limitaciones de la prosa ensayística de Borges, en relación con sus cuentos y poemas. Le comenté que en sus cuentos fantásticos el autor inventaba libros, autores y bibliografías inexistentes. Pero en sus ensayos era riguroso en la cita de las fuentes. Lo mismo que en sus referencias poéticas, en donde por regla general los personajes históricos familiares y los pensadores eran tomados de la vida real. Es decir, Borges trató de deslindar sus trabajos ensayísticos eruditos y sus poemas respecto de su diferente trabajo narrativo.

Las “Siete Noches”, por ejemplo, son conferencias-ensayos para un auditorio más o menos exigente. Las citas de libros clásicos y sagrados son puntuales, comprobables, lo mismo que los personajes literarios que los inundan. Quizás una falla encontrada en uno de sus textos es una cita que Borges pone en boca de Heráclito y que nunca la he visto, literalmente, en las investigaciones filosóficas más rigurosas acerca de los presocráticos o preplatónicos. Aquí conviene aclarar, de una vez por todas, que Jorge Luis Borges nunca fue filósofo. Pero sí un gran admirador de Arthur Schopenhauer. Le fascinaba, además, jugar picarescamente con la Filosofía, en sus ensayos literarios de apariencia filosófica. Así que al margen de lo expresado en este párrafo vale la pena releer con cuidado a Jorge Luis Borges, porque es harto-erudito y encantador. Uno de los mejores comentarios que he leído en mi vida sobre la “Divina Comedia” de Dante, se encuentra justamente en el libro las “Siete Noches”. Lo mismo que uno de los trabajos más rigurosos y desprejuiciados que he conocido sobre la “Kábala” y los misteriosos cabalistas.

Tegucigalpa, MDC, 27 de octubre del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, MDC, el domingo 03 de noviembre de 2019, Pág. Siete). (Nota: Varios de estos artículos se han reproducido, después, en el periódico digital “En Alta Voz”).                       

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