Por: SEGISFREDO INFANTE

            Hay una especie de consenso actualísimo que las primeras civilizaciones del mundo surgieron pacíficamente. Esto es, ajenas al culto de las armas y de la adoración de los “dioses” eminentemente guerreros. Este consenso respecto de las primeras acciones de cooperación pacífica entre los hombres históricos, tiene su basamento real en las investigaciones arqueológicas en el sitio de “Caral” (en el centro-norte de Perú), la más antigua civilización del continente americano, en donde no hay ningún vestigio de acciones bélicas de aquellos lejanos pobladores, ni entre ellos ni tampoco con agrupaciones vecinas, con las cuales comerciaban. La simbología guerrera apareció centenas o miles de años después de “Caral”, tanto en Mesoamérica como en la vasta zona de los Andes.

            “Caral”, que emergió en la misma época de las grandes pirámides egipcias, es un ejemplo incontrovertible que en el origen de las civilizaciones estaba la cooperación equilibrada entre los hombres y mujeres. Y quizás hubo amor genuino en el origen de las primeras ciudadelas, tales como Jericó. Muy al margen del salvajismo y de la barbarie que posiblemente las rodeaban. De lo contrario hubiese sido imposible la sedentarización gradual y permanente en un solo nicho ecológico; la domesticación de plantas y animales; y la construcción de los primeros emplazamientos urbanísticos de la humanidad, con los primeros rudimentos organizacionales del Estado primigenio. Esto significa que había un trasfondo de “Razón” cerebral o divina en los comienzos titubeantes de la “Historia”; o tal vez, como lo hemos reiterado en otros artículos, siguiendo un poco a Fernando Mires, hubo un salto gigantesco de la aldea a la ciudad; de la caverna a la razón, muchos siglos antes de Homero y de la consolidación de la Antigua Atenas y sus alrededores.

            Guerreros y escribas, según un texto de Henri-Irénée Marrou, es una polaridad que aparece en las civilizaciones posteriores cuando se ven en la circunstancia de luchar militarmente unas contra otras. Los primeros guerreros crearon aristocracias poderosas para mantenerse en el poder, con escasos conocimientos teológicos, científicos, poéticos, políticos y filosóficos. Un ejemplo clásico de una ciudad guerrera fue Esparta, la eterna rival de Atenas. Según Marrou, después del poeta Homero aparece poco a poco, en Grecia, una casta de intelectuales que él bautiza como “escribas”, un concepto que el lector avispado puede asociar perfectamente con el Antiguo Egipto. Los escribas, con la invención y extensión de la escritura, vinieron a imprimirle sentido a las primeras grandes civilizaciones, y a distanciarse de las prácticas bélicas. Se dice que los ciudadanos atenienses fueron los primeros en abandonar las vestimentas militares para caminar sin armas por las calles y caminos de la Ciudad-Estado. Este proceso confluyó hacia las escuelas sofistas y hacia la prédica filosófica de Sócrates, dentro de la primera democracia.

            Pero de hecho los escribas aparecieron muchos siglos antes que en las ciudades griegas. Surgieron gradualmente en Sumeria y en Egipto. Los registros históricos son indiscutibles. En ausencia del listado de reyes egipcios elaborado por el historiador Manetón, hubiese sido harto difícil enterarse de los faraones que habían existido antes que él. Los arqueólogos contemporáneos han venido a llenar los vacíos dejados por Manetón y por los literatos del Antiguo Egipto. Por otro lado, en fechas antiguamente “más recientes”, los hebreos monoteístas se alzaron en el horizonte como “el pueblo del libro”, desde los tiempos de los reyes David y Salomón pero, sobre todo, en el contexto del exilio babilónico, cuando los escribas y profetas agruparon en un solo legajo todos sus libros dispersos. Por eso los hebreos encontraron mucho respeto incluso por parte de sus más enconados adversarios. La tradición de ser amantes del libro fue seguida por los cristianos maduros (los hubo inmaduros e ignorantes) que al final de la jornada terminaron por fundar la “Civilización Judeo-Cristiana Occidental”, en los tiempos del monje Alcuino. 

            Volvamos al punto. Una sociedad que admira demasiado las espadas, el fusil y el olor de la pólvora de algunos personajes históricos importantes, por encima de sus intelectuales, estadistas, científicos y pensadores, es una sociedad que tiene todavía un extenso camino por recorrer, minado por espinas y piedras hirientes. La importancia de Grecia frente a la historia mundial, se debe principalmente a sus literatos, filósofos y matemáticos. En segundo lugar por las hazañas extraordinarias y fugaces de Alejandro Magno, quien pareciera haber estado influido, hasta cierto momento, por Aristóteles.

            Nadie debiera resquebrajar el pedestal que le corresponde al gran Napoleón Bonaparte, tanto por sus innovaciones en el campo de batalla, como por su mirada de estadista al momento de reconstruir Francia. Sin embargo, los franceses valen sobre todo por el filósofo René Descartes; por el abogado y matemático autodidacto Pierre de Fermat; por el Barón de Montesquieu; por Jean-Paul Sartre y Albert Camus. Este es un punto que valdría la pena reconsiderar, a fondo, en la historia oficial de Honduras y sus profesores. 

            Tegucigalpa, MDC, 11 de agosto del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 18 de agosto de 2019, Pág. Siete).            

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