Juan Ramón Martínez (*)

Es inevitable que hablemos del poder, Y también que lo definamos –por lo menos provisionalmente- como la fuerza para imponer nuestra voluntad a otros. Y que pasemos de puntillas al lado de las ideas psicológicas  de Adler sobre su naturaleza y como siendo un impulso inevitable de la conducta humana, tiene que ser abordado desde otra perspectiva, más allá de las consideraciones políticas que son el tema de esta tarde. Para de esta manera concentrarnos en su origen y en su legitimidad. Sabemos que el poder se imaginó al principio –en el occidente del planeta y del cual formamos parte— como originado en la voluntad de Dios. Este, lo entregaba a los Reyes que lo ejercían en su nombre, sin darle cuentas a nadie. Porque era un acuerdo solo exigible entre la divinidad y sus majestades. Esta visión del poder justificó reinos, ducados, condados y señoríos permitiendo la creación de espacios para su ejercicio. Desde allí se forjaron imperios y se crearon realidades politicas indiscutibles. Politica y religión caminaron juntas. Insatisfechos algunos pensadores independizaron la política del control religioso. Se sostuvo que el poder no venia de los cielos, que era una obra humana, con reglas y procedimientos. Se habló entonces del poder como algo que se conquista, se conserva o se pierde; y es fruto de la acción humana. Un objeto de disputa permanente; y un premio para los mejores que derrotan a los detentadores. Asi Maquiavelo en “El Principe” le quito divinidad al poder y lo volvió un objeto de la política. Separo la política de la moral cristiana. Rechazo la idea que fuera el espacio para la participación del ciudadano en la polis como medio para determinar lo mejor para su ciudad, sino que era el conjunto de las teorías y las prácticas idóneas para la conquista y conservación del poder. Esto constituyo un vuelco copernicano de cómo hasta entonces se veía a la política y al poder. Y básicamente su legitimidad. Richard M. Morse, en “El Espejo de Prospero”, nos plantea el problema que enfrentaron los conquistadores españoles en 1492 cuando llegaron a América y empezaron a organizar el gobierno.. Ellos no imaginaron que tenían la tarea de construir nuevas sociedades; o inventar nuevos modelos de gobernanza.Venían a repetir lo que sabían. Además los conquistadores eran empresarios privados y en consecuencia – creyeron y actuaron de consiguiente—bajo el concepto que lo conquistado de alguna manera era, total o en parte suyo exclusiva y naturalmente. Maquiavelo  fue su base teórica para justificarse. Pero ya para entonces Tomas de Aquino había llegado con su enorme intelecto, a definir el poder legítimo, por la calidad del servicio que brindaba. Un avance: el poder legítimo  y el poder ilegitimo. De allí provino el concepto que el poder no era un premio, sino que una obligación para servir a los demás.  Octavio Paz en “El Laberinto de la Soledad”, describe como figura relevante en la vida colonial, la figura del “caudillo”: una mezcla entre el conquistador español y sus apetitos por el poder y sus encantos y el chamán indígena, cuyo poder se basaba en el conocimiento y en el uso de este para el ejercicio del dominio.

Continente de caudillos, la independencia fue una guerra civil entre criollos, disputando por el control del poder. Por los cargos públicos, las dignidades eclesiásticas; y el gozo obsceno de la riqueza y el poder, personal o grupal  Y su uso, arbitrario y casi siempre incompetente, ha tenido una característica: carece de caducidad, es atemporal. Tampoco admite control o limitaciones. El carácter vitalicio del poder durante la independencia de América fue una tentación para Bolívar, y la reelección una inveterada costumbre de los hombres providenciales, desde Santa Ana en México hasta José Gaspar Núñez de Francia, el Yo Supremo en Paraguay, Porfirio Díaz en México, López Castro  en Venezuela, Estrada Cabrera en Guatemala, Hernández Martínez en el Salvador, Tiburcio Carias, López Arellano y Mel Zelaya en Honduras, Somoza en Nicaragua, Trujillo en República Dominicana y Fidel Castro, el “caudillo de caudillos” en Cuba.

Ahora pensemos en democracia y en políticos. La democracia es, en la historia de Honduras,  una invitada no siempre deseada en la morada de los caudillos. Aunque Carias, el más ordenado de los caudillos nacionales, nunca se imaginó que fuera un dictador. Hay que tener presente que las ideas liberales y la democracia llegaron en forma alterada – y pasando entre las manos de muchos intermediarios poco competentes– a Centroamérica y a Honduras. En el acta de Independencia Absoluta del 1 de julio de 1823, no aparece la firma  de diputados por los pueblos más importantes de la provincia. Solo hay dos nombres: un diputado por Olancho y otro por Salamá.La palabra pueblos son agrupamientos de personas en espacios definidos. El pueblo como lo conocemos ahora, no es personaje en el Acta de Independencia de 1823. La población era escasa y el nivel de compromiso y cultura muy limitados. En fin la pobreza del país, hizo que la universidad que los españoles crearan antes que nadie en México y en Santo Domingo, en Honduras no se conoció durante la colonia. Y cuando al fin nació, formo más clérigos y abogados que otra cosa. Teorías políticas y los conceptos clásicos de la política – pese a que se enseñaba en latín y el griego – no ocuparon un lugar en el universo intelectual de sus claustros. Incluso creemos que conocían muy poco a a Tomas de Aquino que lo usaban más porque probo la existencia de Dios, que como teorixo de una nueva forma de ver el poder político. (CONTINUARA)

(*) Conferencia dictada en la Universidad Católica de Honduras (UNICAH), Tegucigalpa en la inauguración de las clases de la carrera de la Facultad de Ciencias Políticas.

Loading

¿De cuánta utilidad te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuar!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here