Por: SEGISFREDO INFANTE

            Primero fue la ciudad. Es decir, el acto de sedentarizarse y urbanizarse con todos los factores entrelazados del caso. Civilizarse significó liberarse poco a poco de las fuerzas ciegas de la naturaleza, de la ignorancia iletrada y de los grupos humanos hostiles siempre al acecho en contra de las normas de urbanidad. Posteriormente, muchos siglos después, emergió la democracia, como si se tratara de un ascenso gradual desde la oscuridad de las cavernas hacia la luz. Un autor ha sugerido, creo que Fernando Mires, que se trató de “un salto de la aldea a la razón”, al referirse al caso de Grecia.

            Sin embargo, la democracia es una forma de gobierno que puede operar potencialmente; o por la vía de un acto concreto abarcador. Esto significa que tanto en la “Historia” cercana como en la lejana hemos observado otras formas de gobierno, opuestas unas de otras. Y hemos percibido, además, cómo las democracias degeneran en libertinaje o en tiranía, según se trate de casos puntuales.

            A pesar de las limitaciones de las democracias excesivamente permisivas que degeneran en libertinaje y anarquía, o en sistemas rígidos, sigo simpatizando con los submodelos democráticos, en tanto que éstos permiten una mejor convivencia política o ciudadana, es decir, en la “polis” o en la ciudad, ya se trate de ciudades viejas; o de tiempo medio; o de ciudades históricamente nuevas (adolescentes) como las hondureñas.

            La democracia, en sí misma, se proyecta mediante submodelos en cada municipio, país o región. Uno de esos submodelos es la democracia electoral, que ha sido idealizada en el hemisferio occidental. Creer que hay democracia por el simple hecho de que se realicen elecciones generales, es un error fatal de los principales dirigentes occidentales, cuando reducen la riqueza democrática al simple acto de depositar los votos en las urnas, perdiendo de vista, por olvido o ignorancia institucionalizada, que la democracia presenta otras facetas y variables que es preciso recordar o puntualizar. La democracia, como la justicia, es algo que va más allá de las superficies planas. Por eso es pertinente hablar también de democracia económica y social, y luego de gobernanza. Y es algo que debe aprenderse y practicarse todos los días, en las entrañas de la sociedad. No solamente en los recintos judiciales, en los panfletos o en las urnas. Ni mucho menos.

            Cuando la democracia se distorsiona ocurren desviaciones fatales como aquella de aprisionar y asesinar a Sócrates mediante los votos de una democracia directa, ejercida por ciudadanos confundidos. (Esto lo he publicado en varios textos). Aquí conviene destacar que Sócrates era un intelectual que realizaba trabajo cerebral de primera línea, sin necesidad de oficina, pero que era percibido por los fanáticos, los envidiosos, los ignaros y algunos sofistas, como un perfecto “corruptor” y “charlatán”. Sócrates, por el contrario, se miraba a sí mismo como un enamorado de la ciudad de Atenas, de la búsqueda intensa del saber, y como un demócrata convencido, a tiempo completo.

            En mi caso personal los viejos profesores de “Moral y Cívica” en los colegios de secundaria, me enseñaron ciertas normas de urbanidad, como aquella de evitar atropellar a la gente cuando se entra a un cinematógrafo. Por otro lado aprendí a enamorarme desde niño, y con la adolescencia, de los modos urbanos de vida en ciudades como Tegucigalpa, cuando la capital hondureña era todavía pequeña, “culta”, linda y una muy agradable ciudad. O cuando visitaba Santa Rosa de Copán, para traer a colación por ahora dos ejemplos inmediatos. También me enseñaron, mis viejos profesores, a nunca lanzarles “palabrotas” o a gritarles falsos piropos a las mujeres en las calles. Y a respetar a los ancianos de ambos sexos. Previamente lo aprendí en el pequeño seno familiar.

            No niego, en ningún momento, que las elecciones democráticas, primarias y generales, por muy limitadas o amplias que sean, se traducen como un signo civilizatorio que vale la pena celebrar. Siempre y cuando se alejen de los simples ejercicios demagógicos. Por eso en Honduras el traspaso presidencial se convirtió, a partir de cierto momento histórico, en un acto cívico multitudinario. Aunque a veces poco cívico cuando se rechifla en el Estadio Nacional al presidente que termina su periodo, porque de cualquier manera el exmandatario merece un respeto mínimo por aquello de la institucionalidad que representa. Ahora mismo podemos recordar que la toma de posesión de Juan Manuel Gálvez, uno de los presidentes más democráticos y progresistas de la historia hondureña, se realizó en el Teatro Nacional “Manuel Bonilla”, y la cena de gala se celebró en los pequeños salones del “Chico Club”, con pocas personas.

            Escribo esto, con las enseñanzas de los pensadores de la Grecia Antigua y con los textos contemporáneos de Robert Dahl y Geovanni Sartori, porque me encanta el civismo de las urbes realmente civilizadas. Y me gusta la democracia real, en sí misma.

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