Por: SEGISFREDO INFANTE

            Quienquiera administrar una librería, debe saber de libros y de lectores potenciales de diversas tendencias. Quienquiera administrar una casa editora, debe también saber de libros, revistas y periódicos, y además conocer el mundo de las imprentas. Quienquiera administrar el gobierno y las estructuras del Estado, debe poseer experiencia mínima en el manejo de la cosa pública, sobre todo en las cuestiones básicas de la economía y la forma de operar de las finanzas estatales y de su entorno nacional e internacional. Ni qué decir respecto de que tal persona jurídica (individual o colectiva) debe saber algo del funcionamiento de los mercados competitivos.  

            Esto significa que es indispensable quemarse las pestañas en la lectura de textos de economía política clásica, aunque sea con el fin de penetrar en las páginas de la historia de las ideas económicas, en cuyo ámbito se pueden encontrar distintos autores y ediciones, incluso en puestos de libros usados. Me parece que en la primera etapa marxista sólo tres individuos respetables ahondaron en la investigación económica sistemática de sus propias sociedades. El primero fue Karl Marx, con el auxilio directo de Friedrich Engels mediante la información textilera. El tercer personaje fue Vladimir Ilich Lenin, en sus páginas “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, edición que me consiguió, después de varios años de búsqueda, el escritor Matías Funes Valladares (QEPD).  

Un repaso por la historia de finales del siglo diecinueve y tres primeras décadas del veinte, me hace pensar que dentro del grupo “socialista” y “comunista” bolchevique, el único que realmente había realizado estudios e investigaciones económicas minuciosas de la realidad rusa, había sido V.I. Lenin, sin desdeñar los trabajos puramente teóricos de Nikolái Bujarin. Por su lado Iósif Stalin se jactaba, una vez instalado en el poder absoluto, que en su juventud había leído “El Kapital” de Karl Marx. No le creo para nada. Primero porque era un mentiroso y un megalómano sin remedio. Seguidamente porque si Stalin hubiese comprendido “El Kapital” jamás hubiera ordenado la “colectivización forzada de la agricultura” ucraniana y rusa, pretendiendo crear una clase obrera soviética vía decreto (desde arriba), perdiendo de vista las leyes evolutivas (a veces aceleradas) de la economía de base en general, y de la industrialización en particular.

Cuando echaron al cesto de la basura la “Nueva Política Económica” (o de economía mixta) de V.I. Lenin, concebida en el primer lustro de la década del veinte del siglo pasado, Iósif Stalin creó, por el contrario, las bases de un poderoso aparato militar industrial, desatendiendo el tema clave de la subsistencia agrícola de los campesinos y de los pobres que pedían limosnas en las calles, desencadenando hambrunas espectaculares inolvidables. A tal grado que la ex-Unión Soviética, al final de la jornada, sobrevivía comprándole carnes y cereales a la Argentina e incluso a Estados Unidos, hasta que llegó Mijaíl Gorbachov, en la década del ochenta, a pretender reparar una falencia crónica mediante dos reformas simultáneas. Pero, según parece, ya era demasiado tarde.

En China Popular, Mao Tse-tung, quien estuvo obsesionado con el “Gran Salto Hacia Adelante” a finales de la década del cincuenta, en un momento de lucidez (o acorralado por los críticos de su propio partido “comunista”) aceptó los hechos con la siguiente expresión: “No sé nada de economía”, en tanto que aquel proyecto gigantesco se derrumbó frente a la realidad de las leyes económicas. Los historiadores del futuro devienen obligados a indagar si el líder chino fue sincero en su autocrítica; o se trató de una táctica teatral momentánea. Lo que por ahora sí podemos afirmar con un buen margen de seguridad, es que Den Xiaoping (el sucesor chino) y los actuales dirigentes vietnamitas herederos del humilde poeta Ho Chi Minh, han sabido mejor que nadie conducir el “socialismo de mercado” y atraer a los inversores capitalistas internacionales.

Me parece que en Honduras, aquí en el micromundo, existe una especie de consenso respecto de la necesidad de hacer crecer las inversiones directas atrayendo grandes inversionistas extranjeros, y apoyando, por otro lado, a los inversores hondureños, a fin de que crezca el índice de empleos y que mejore sustantivamente el nivel de vida de todos los catrachos, hoy por hoy acosados por el alza “inesperada” de los precios de la canasta básica y ausencia asistencial de medicamentos. A la par se requiere de una inversión expansiva en materia de infraestructura física, con un manejo equilibrado de la matriz eléctrica, hoy por hoy subvencionada por la triste clase media lugareña.

En el futuro volveremos, Dios mediante, a sugerir el tema de los “clústeres económicos” que formuló con mucho rigor Michael E. Porter, en su voluminoso libro “La estrategia competitiva de las naciones” (1990, 1991) y en el de las “Técnicas para el análisis de los sectores industriales y de la competencia” (1982, 1999). Todo ello sin abandonar la gran “Filosofía” y otros subtemas colaterales.

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