Doctor HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO Premio Nacional de Ciencia “JOSÉ CECILIO DEL VALLE”

VIENEN….En Oseas 4:6 La Biblia dice que el pueblo de Dios perece por falta de conocimiento. [1]“ A través de sacerdotes ignorantes y, en su mayor parte, corruptos, los líderes de la Iglesia Católica estaban inventando y estableciendo su propia religión. Cuando las tradiciones ya no lograban los fines deseados, la Iglesia cambiaba las reglas o agregaba otras nuevas.

La culpa y el temor eran dos de las principales emociones que la Iglesia infundía para que la gente continuara yendo a las misas. Para tratar los temas de la muerte, el infierno, el paraíso y el purgatorio -un punto intermedio por personas que no eran suficientemente buenas como para ir al cielo ni suficientemente malas como para ir al infierno el Papa y sus dignatarios crearon uh sistema que funcionaba para estabilizar la economía de la Iglesia y aliviar la culpa de las personas.

Los sacerdotes enseñaban que, en el cielo, había un sistema bancario que guardaba en sus bóvedas la bondad que les faltaba a las personas en sus vidas personales. Les enseñaban a las personas cómo transferir esa bondad a sus cuentas para no quedar en falta delante de Dios.

La Iglesia enseñaba que Jesús, María y los santos se habían comportado, en la Tierra, mucho mejor de lo que necesitaban para entrar al cielo.

Los “créditos extra” de su bondad se habían guardado en el sistema bancario del cielo, del cual el Papa llevaba un registro. Las personas comunes podían acceder a este crédito -al que se llamaba “tesoro de bondad” a cambio de la realización de tareas encomendadas por los sacerdotes, según los pecados que la persona confesara. Estas actividades eran llamadas “obras”. Como prueba de la efectiva realización de estas obras se emitía un comprobante o prueba de compra, conocido, en esa época, como “indulgencia”. Solo el Papa podía determinar en cuántos años se reducía la estadía de una persona en el purgatorio, y la indulgencia era la prueba escrita de ese “ajuste de cuentas”. Después de todo, el Papa era el sucesor de san Pedro y único poseedor de las llaves del reino… o por lo menos, era eso lo que los católicos enseñaban.

En la actualidad, si miramos con atención, aún puede encontrarse esa mentalidad de “obras” en algunos creyentes. Las personas que están apresadas por un espíritu religioso se esfuerzan por recibir el perdón de Dios, como si trataran de pagar con buenas obras por sus pecados. En los círculos carismáticos, suele verse en las personas que se ofrecen para todas las actividades, porque necesitan ser aceptados por los líderes.

Estas personas buscan una señal de aprobación de los hombres. Si pueden lograrlo, sienten que Dios también las aprueba. En la Iglesia Católica, obtienen esta sensación de apaciguamiento asistiendo a misa pase lo que pasare. Un católico romano tradicional no permite que nada se interponga en su asistencia a misa. Pero el motivo no es tener comunión con otros creyentes y adorar a Dios, como debería serlo, sino ganar la aceptación de Dios.

Aun hoy algunos católicos confiesan sus pecados a un sacerdote y luego dicen una cierta cantidad de “Ave María” o encienden velas en un altar. Esto parece inofensivo, pero, en realidad, está arraigado en el mismo espíritu que llevaba a las personas de la Edad Media a hacer buenas obras a cambio de la salvación.

La mentalidad de las obras hace que las personas traten de pagar por sus pecados con buenas obras. En lugar de ser libres, están prisioneras.

Pero en la época de Lutero las obras requerían un poco más de energía. Dado que la Iglesia trataba de crear interés en las cosas de Dios y mantener elevada la cantidad de fieles, comenzó a ofrecer perdón de pecados a cambio de visitas a ciertos lugares santos, por ejemplo, Roma, y la contemplación de ciertos objetos antiguos. Entre estos elementos, llamados reliquias, se encontraban las supuestas monedas de plata que Judas había recibido por traicionar a Jesús y una muestra de la leche de los senos de la virgen María. Cuando se visitaba un lugar santo o se contemplaba una reliquia, el Papa emitía una indulgencia, que era la evidencia del crédito de bondad que había ingresado en la cuenta de una persona según la reliquia que hubiera contemplado. Por ejemplo, contemplar las monedas de judas le restaba cuatrocientos años de purgatorio a la persona. Si alguien quería sumar bondad en su cuenta, el lugar para ir, sin dudas, era Roma.

Algunos sitios valían más que otros, y Roma estaba llena de todo tipo de reliquias que se habían llevado de Jerusalén en el año 70, cuando el Imperio Romano arrasó la ciudad y la incendió. Roma se convirtió en el nuevo hogar de la escalera de Poncio Pilato -la “Scala Sancta”- donde Jesús estuvo parado para ser juzgado por la multitud antes de su crucifixión.

Dado que Jesús había estado parado sobre ella, esta escalera era la que más “créditos de bondad” otorgaba. Pero no se podía solo mirarla; la persona tenía que subirla diciendo una oración específica en cada uno de los veintiocho escalones. Subir toda esa escalera bastaba para liberar del purgatorio a un familiar muerto. Roma era, además, el lugar donde se suponía que estaban enterrados los cuerpos de Pablo y Pedro. Las autoridades de la Iglesia los cortaron en mitades y los dividieron en cuatro iglesias para que más templos se beneficiaran con las visitas de la gente. Cuarenta Papas y setenta y seis mil mártires estaban enterrados en Roma, y visitar cada uno de estos sitios agregaba méritos. Una iglesia afirmaba tener el poste de casi cuatro metros de altura en el que se había ahorcado judas.

Roma era el lugar para aplacar a Dios. Así que, en 1510, cuando Lutero fue elegido para ir con otro representante de su claustro de Erfurt para arreglar una disputa local con el Papa, no veía la hora de aprovechar estar tan cerca de tantas reliquias. Cuando llegó a Roma, se alojó con los monjes agustinos locales y participó de su rutina diaria de oración, adoración y confesiones. Pero cada momento libre que tenía durante el día lo ocupaba en visitar los diversos sitios sagrados, no solo por interés en reducir la sentencia al purgatorio, sino porque sentía un verdadero interés en las cosas de Dios. Para darnos una idea de la importancia que esto tenía para él, en esos momentos Miguel Ángel estaba en Roma, trabajaba en la Capilla Sixtina.

Pero esto no le interesaba a Lutero. Por el contrario, él anhelaba ver la pintura de la virgen María que, según se afirmaba, había sido pintada por el mismísimo apóstol Lucas.

Pero Roma desilusionó a. Lutero descubrió que los monjes, allí, eran licenciosos y frívolos. Oficiaban misa a la carrera: siete misas en el tiempo que a él le llevaba oficiar una sola. Un día Martín quedó atónito al escuchar accidentalmente una conversación entre los sacerdotes que estaban preparando la comunión. Uno de ellos murmuró: “Pan eres, y pan seguirás siendo; vino eres, y vino seguirás siendo”. Fue muy decepcionante para él presenciar tal irreverencia. Pero nunca perdió la fe en los sacramentos, en las ceremonias ni en los fieles sacerdotes de su tierra natal. Podía separar esta frivolidad de sus propias creencias y convicciones, así que continuó con sus buenas obras en Roma. Pero, aun en medio de esta monumental ocasión, las dudas se infiltraron nuevamente en su corazón, y Lutero se cuestionó la validez de toda la experiencia. ¡De hecho, estaba en la Sca!a Sancta, la escalera de Pilato, cuando comenzaron sus cuestionamientos. Estaba arrodillado, besando cada escalón mientras decía las oraciones, pero se encontró deseando que sus padres estuvieran ya muertos. No deseaba que murieran para no volver a verlos, sino para poder librarlos del purgatorio mientras él estaba en Roma. Y se dio cuenta de que todo se había convertido en un juego: ¿dónde estaba la verdadera autoridad, y quién la tenía, realmente? ¿Cómo podía un viaje a Roma agradar a Dios? ¿Cómo podía LUTERO ser amigo de Dios?

¿EN UNA CLOACA?

En algún momento, entre 1518 y 1521, le llegó a Lutero la revelación final; la que provocaría una revolución. Al estudiar los fieles líderes cristianos y las verdades que ellos descubrieron o el poder milagroso con que comenzaron a obrar, creo que le sería alentador a usted saber que la llegada de la revelación o el poder suele venir después de una gran desesperación. Por ejemplo, tomemos a Lutero, o la vida de alguno de los evangelistas sanadores. Muchos de ellos estaban su lecho de muerte antes de comenzar su extraordinario ministerio de sanidad. No digo que siempre deba ser así, pero es alentador, si estamos pasando por un tiempo malo, saber que el diablo siempre ataca dramáticamente antes que se produzca un nuevo comienzo. Lutero escribió que los días inmediatamente previos a su revelación fueron momentos de gran depresión. Para citar sus palabras exactas, dijo que estaba “en una cloaca”. Aunque algunos historiadores lo toman literalmente, él trataba de expresar el estado de sus emociones. Los historiadores se refieren a esta transformación de la depresión a la libertad como su “despertar evangélico” o su “experiencia en la torre”.  Ahora, la frase “justicia de Dios” le traía a la mente una imagen placentera en lugar de odiosa.

Casi puede sentirse la paz de Dios en el corazón de Lutero cuando escribe sobre su revelación, diciendo: Si tenemos una verdadera fe en que Cristo es su Salvador, entonces, inmediatamente, tenemos un Dios de gracia, porque la fe nos hace entrar y abre el corazón y la voluntad de Dios, para que podamos ver pura gracia y amor abundante.

Esto es contemplar a Dios en fe para que podamos ver su corazón de padre, de amigo, en el cual no hay ira ni falta de gracia. Quien ve a Dios airado no lo ve correctamente, sino solo ve una cortina, como si una nube oscura se hubiera interpuesto delante de su rostro.

La nueva revelación de Lutero resolvió todas las preocupaciones sobre los demonios que le habían inculcado desde la niñez. Todas sus batallas se detuvieron en la cruz. En la cruz él veía la misericordia de Dios. y en la cruz veía la victoria de Cristo sobre satanás y sus demonios.

Un himno que escribió habla de sus convicciones: Así habló el Hijo: “Aférrate a mí, a partir de ahora, con eso bastará. Por ti yo di mi vida, por ti yo la entregué. Pues tuyo soy, mío eres tú; y donde nuestras vidas se entrelazan, el viejo enemigo no las conmoverá”.


[1]La reforma protestante también se conoce como reforma luterana porque Martín Lutero fue su principal instigador. Este movimiento reformista apareció en el siglo XVI y promulgó un profundo cambio en la iglesia católica que, hasta ese momento, había sido la única rama del cristianismo. Recordemos que los católicos son los que consideran al Papa de Roma como el máximo representante religioso en el planeta y, debido a esta supremacía, los reformistas rechazaron esta figura y buscaron una iglesia que retomara los principios del cristianismo más tradicional y auténtico.


[1] https://www.unprofesor.com/ciencias-sociales/reforma-protestante-resumen-corto-1543.html#anchor_3

[1] Segmento del Capítulo 3 de LOS GENERALES DE DIOS TOMO II

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