¿Por qué no podemos frenar nuestro estrés?

Por Pere Estupinyà

Tres minutos en una montaña rusa son excitantes, te vigorizan, disfrutas, te sientan bien, pero nadie soportaría tres horas seguidas de subidas y bajadas atolondradas. De la misma forma, un poco de estrés es bueno y nos permite salir airosos de situaciones conflictivas, dice Robert Sapolsky, un neurobiólogo de la Universidad de Stanford. Pero el estrés continuo es devastador. Y Sapolsky no se refiere sólo a ir corriendo a todos sitios, sino también a la capacidad que nos brinda nuestro evolucionado cerebro de estar casi siempre preocupados. Los humanos nos jactamos de ser una especie reflexiva, sin embargo también usamos esa facultad para atormentarnos. Vivimos calculando el dinero que nos falta para mandar a nuestro hijo a la universidad cuando este aún está en el jardín de infantes.

Vivir sin nada de estrés es imposible y puede ser hasta peligroso: el estrés nos hace prestar atención al cruzar las calles y activar todos nuestros sentidos ante situaciones complejas o reaccionar con un volantazo cuando otro conductor invade nuestro carril. Todos necesitamos que en algún momento nuestro cuerpo segregue de golpe adrenalina y glucocorticoides (las hormonas del estrés) para acelerar el ritmo cardíaco, dirigir energía hacia los músculos e incrementar nuestra atención y rapidez mental. Estas sustancias también sirven para que el cuerpo entre en un modo de operación básica al inhibir las funciones metabólicas que en momentos de riesgo son prescindibles, como la digestión, el crecimiento o la reproducción. El mecanismo por el que actúa el estrés es uno de los vestigios evolutivos más ancestrales que compartimos con el resto de los animales. La diferencia está en que un león y una cebra sólo se estresan unos minutos al día mientras uno persigue al otro. Nosotros podemos generar esa reacción fisiológica cuando no es necesaria y extenderla indefinidamente. Basta pensar en la presión laboral, proyectar preocupaciones futuras, sueños frustrados y otros factores psicosociales. Es decir, los animales controlan mejor el estrés que nosotros. En ellos dura sólo lo que tiene que durar. Una vez que la cebra huye del león no piensa en que mañana la perseguirán de nuevo o en lo que pudo hacer mejor.

Sapolsky y otros científicos han demostrado que los episodios de estrés prolongado afectan tu memoria, pues destruyen ciertas neuronas vitales en el hipocampo, deprimen el sistema inmunológico, cambian la distribución de grasas en el cuerpo, causan envejecimiento prematuro, alteran el ciclo menstrual, causan disfunción eréctil e incrementan el riesgo de enfermedad cardíaca. Pero esto no sólo pasa en los humanos, sino también en otros primates sociales como los babuinos.

Aunque la mayoría de nosotros recuerda a los babuinos por el sabio y paciente Rafiki de El Rey León de Disney, estos son unos de los primates más violentos que existen. Robert Sapolsky lleva treinta años combinando sus investigaciones neurocientíficas con el estudio de esta especie en Kenia. Los babuinos se han convertido en su modelo para investigar los efectos del estrés social prolongado. Sus primates no tienen depredadores naturales, sólo invierten tres horas al día buscando comida, y el resto del tiempo se dedican a fastidiarse entre ellos.

Algo parecido a lo que sucede en las oficinas. Los grupos sociales de los babuinos son muy jerarquizados, con al menos cinco rangos diferentes, y siguen pautas de comporta- miento casi humanas. Cuando un macho increpa a otro de una categoría inferior, este se enfada, y se desquita con otro babuino que esté por debajo de su rango: como en los cargos intermedios de las empresas. En su documental Estrés Asesino, Sapolsky admite que a pesar de pasar tanto tiempo con ellos, los babuinos no le caen bien: «Son extremadamente crueles entre ellos, y se infligen una cantidad de estrés psi-cológico enorme». Ha tomado muestras de sangre de los babuinos para analizar su salud y cómo varían las hormonas del estrés según la jerarquía social que ocupan. Las conclusiones que publicó en Science son claras: cuanto más bajo está el babuino en el rango, más estresado se encuentra y peor es su salud. Un estudio realizado en funcionarios británicos encontró que entre ellos hay comportamientos similares a los que Sapolsky ha observado. El más estresado no es el jefe, sino los cargos inferiores. La falta de control en la toma de decisiones es un factor relacionado al aumento de estrés. La peor situación que puedes vivir en tu empresa es tener mucha responsabilidad y poca autonomía. Es decir, si algo falla sabes que la culpa será tuya a pesar de que tus superiores no te otorgan ninguna libertad para tomar decisiones.

Tendríamos que aprender a usar a nuestro favor la capacidad de nuestra mente para estresarnos. Sapolsky es muy crítico con las «presiones absurdas» que genera el estilo de vida estadounidense. Él cree que podríamos preguntarnos si el trabajo que hacemos es lo que más nos importa y establecer prioridades. Sería bueno, entonces, que decidiéramos por qué cosas estamos dispuestos a estresarnos. Tal vez lo que nos importa de verdad sea ser capitán de nuestro equipo de fútbol, o participar en una junta de vecinos. Y cuando le cuestionan diciendo que esas presiones son necesarias para ir avanzando contesta que no vale la pena. Sapolsky es uno de los mejores comunicadores de ciencia que conozco. Habla con un lenguaje desenfadado y escribe libros con títulos como Por qué las cebras no tienen úlceras. Al final de una charla en el National Geographic, alguien le preguntó por la meditación. Ese día contestó con cierta ironía que no la había investigado porque los babuinos son malos meditadores, pero que no tiene sentido almorzar a toda prisa para poder ir veinte minutos a meditar, y luego regresar cinco horas a tu trabajo angustioso.

Nuestro cerebro todavía está a la mitad del camino evolutivo, por lo menos, en el departamento del control de estrés. Aunque sabemos las formas de reducir la presión psicológica (ni dejes que te estresen, ni estreses tú a nadie) el problema es que ignoramos cómo hacerlo. Aún no encontramos el equilibro exacto de tensión que nos permitirá obtener un ascenso sin arrugarnos antes de tiempo. Pareciera que somos el único animal que usa sus ventajas evolutivas para crearse problemas. No sólo respondemos ante necesidades sino que las producimos aun cuando sabemos que no siempre podremos resolverlas. Cuando algo me estresa, advierto con facilidad que Sapolsky tiene razón y que mi tendencia natural es a desquitarme con alguien que no lo merece pero que tengo cercano. Lo he hecho yo y me lo han hecho a mí. Pero ahora soy capaz de controlarlo evitando las discusiones y esperando a que los niveles hormonales de estrés vuelvan a la normalidad, algo que los babuinos todavía no pueden hacer.

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