Lo que conocemos como el ciclo de la Navidad comprende la conmemoración de los Santos inocentes. El nacimiento de un niño en las afueras de una ciudad pequeña inquieta al poder. El olor del establo llega al palacio de Herodes. El niño Jesús se libra de la matanza. El miedo que inspira el recién nacido llevará al asesinato de muchos inocentes. La muerte temprana e injusta acompaña cruelmente la vida que acaba de surgir. La tragedia ronda la alegría del nacimiento.

Se oye un grito angustioso y desesperante, es la madre que llora por sus hijos. Un gemido que se sigue oyendo en nuestros días; es de las madres de los centenares de niños que mueren al poco tiempo de nacer, es el llanto de las madres que ven crecer a sus hijos e hijas en la enfermedad y en la desnutrición, es el lamento de las madres que ven morir a sus hijos e hijas jóvenes víctima de la violencia en nuestros barrios. Es la angustia de las madres que ven partir a sus muchachos y muchachas hacia el cada vez más peligroso camino hacia el Norte.

La encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios es el corazón de un mensaje de solidaridad con la humanidad y en particular con la población marginada y oprimida. Solidaridad que como en el caso de Jesús, y de tantos testigos suyos inocentes que mueren hoy en nuestro país, conduce a la muerte, pero que es ante todo un anuncio de esperanza. Esperanza que puede parecernos insignificante, como el nacimiento del niño que celebramos en Navidad, pero es germen de vida y que por ello proclama una alegría que lo será para todo el pueblo.

El día de los santos inocentes es mucho más que un día de bromas. Es cierto que debemos aligerar las durezas de la vida, tan repleta de malas noticias. Y es bueno que nos riamos y que saquemos sonrisas incluso de nuestras propias desgracias. Pero sin olvidar el compromiso y sin perder la fuente de nuestros compromisos. Mucha gente se queda en este día en la estricta broma, en jugar a los demás la “inocenteada”.

Sin embargo, nosotros acentuamos que el origen de este día tiene que ver con la matanza que rodeó la vida del niño Jesús, una matanza vinculada con quienes vieron amenazados sus poderes. Por mantener los privilegios, el poder y el reinado, el rey Herodes mandó a matar a centeneras de niños. Esos son los inocentes. Como sucede hoy: miles de niños y niñas son sacrificados por la falta de salud, de alimento, de educación.

Ellos son los santos inocentes de nuestro tiempo que viven en su carne lo que padecieron los santos inocentes que nos narra el evangelio. La invitación que se nos hace hoy es a seguir al Señor que nace protegiendo la vida de los inocentes que son  amenazados por los Herodes modernos.

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