Muchas comunidades construyen patria haciendo ejercicio de soberanía en la defensa de sus bienes y sus derechos desde las “bajuras”. Muchas veces sin claridad política o teórica, pero sí con la convicción de que solo ellas tienen la capacidad para defender su patrimonio.

La gente que se mueve en las cúpulas no acaba de creer el despertar de muchas comunidades. Prefieren decir que las comunidades protestan porque son manipuladas. Es cierto que la gente sencilla suele ser víctima de las manipulaciones, y que en festividades oficiales y en campañas electorales las calles de las ciudades se llenan de gente que sale a ver, embelesada, los desfiles  y bandas de guerra o a gritar por candidatos y banderas a cambio de unas humillantes regalías. Pero en el fondo de las calificaciones lo que subyace es la persistencia de desprecio y racismo hacia la gente común.

Muchas comunidades están despertando de su letargo, y no pocas de ellas celebran su vida saliendo a resistir en contra de quienes invaden sus ríos, territorios y bienes naturales comunes. Y exigen que los bienes públicos no sean privatizados, como las carreteras, el agua, la salud y la energía. Y no pocas de ellas están igualmente en la mira de los diversos partidos políticos como carne de cañón para sus proselitismos politiqueros.

Los pueblos originarios son particularmente despreciados y vilipendiados con el racismo que subyace y se alimenta desde las élites de la sociedad. Un lenguaje cotidiano que parece inofensivo, expresa una raíz profunda de racismo, como cuando a las etnias indígenas las tratamos con el diminutivo de “inditos”, o cuando reprobamos el comportamiento de alguien diciéndole que se está portando como si fuera “indio”.

La superioridad y desprecio de las élites hacia las luchas sociales y comunitarias se expresa en culpar a partidos o ideologías de estar detrás de las protestas, como si la gente pobre y marginada no tuviera capacidad e inteligencia para tomar sus propias decisiones.

El racismo es ese mal que sitúa a unos sectores de la sociedad por encima de otros, y particularmente es el tratamiento de inferioridad y desprecio de las élites hacia el pueblo “llano, municipal y espeso”. Para las élites, los pueblos han de quedarse siempre en sus miserias, a la espera de lo que caiga de las mesas de los potentados. Y cuando la gente se organiza y lucha por que el Estado de derecho funcione por igual para toda la sociedad, las élites la acusan de ser  “igualada”, solo porque lucha por derechos que, según esa élite, solo pueden ser gozados por ella. Existe un fuerte despertar de las comunidades, con sólidas señales de crecer como comunidades organizadas en movimiento. Son todavía luchas segmentadas.  Pero el camino está trazado. Queda mucho por andar. Pero la semilla y el germen de una sociedad sin racismo y sin discriminación lo están sembrando varias comunidades a lo largo de nuestro territorio. Alentemos este despertar con la confianza de que esas luchas sacudan la modorra en la que se encuentran muchas organizaciones y sectores populares y de la izquierda hondureña.

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