Por: SEGISFREDO INFANTE

            El presente artículo es resultado sintético de una charla ofrecida en el seno del “Círculo Universal de Tegucigalpa Kurt Gödel”, el 10 de diciembre de 2016, “en otros tiempos y mejores días”, para usar un verso de Juan Ramón Molina. Asistimos, en principio, catorce personas: Luis Alberto Zelaya, Tito Livio Castellón, Wilder Guerrero, Yazmín López, Josué Danilo Molina, Abraham Pineda Corleone (QEPD), Ana G. Guillén, Delmis Emilia Gutiérrez M., Oscar Antonio Alcántara Rodríguez, Brian Molina, Rigoberto Erazo, Elsa Marina Torres, Rodney Moncada Midence, el autor de estos renglones y otras pocas personas que se sumaron en el curso de la tarde. Es bueno mencionar los nombres de amigos y conocidos concretos en estos meses de agria soledad.

            La palabra “ensayo” pareciera sugerir raíces propias del latín, del griego y del sánscrito. Como su pasado etimológico es brumoso, se presume, además, que este vocablo tiene que ver con el acto de medir y sopesar el oro y la plata. O con algún examen, reconocimiento y prueba. Y aunque el ensayo escrito se le adjudica principalmente a Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592), los orígenes históricos podrían retrotraerse a la obra “La Guerra del Peloponeso” de Tucídides, padre de la historiografía científica, en la Grecia Antigua, sin olvidar para nada a Herodoto, más antropólogo que historiador. Algunos proponen que inclusive habría que agregar los “Diálogos” de Platón que, según Aristóteles, eran un subgénero intermedio entre la poesía y la prosa.

            Sin embargo, en puridad y rigor, el ensayo como hoy lo leemos y conocemos, se circunscribe a “Las Silvas” de Pedro Mejía (¿1530?), y a la obra titulada “Ensayos Completos” (1580) de Michel de Montaigne, con varias revisiones, ediciones y anexos posteriores. A partir de esta publicación podríamos esbozar la idea que el ensayo es una obra corta, flexible, aparentemente sencilla y paradójicamente muy erudita, que puede abordar todos los aconteceres del mundo, incluyendo los científicos.

            En diversos momentos se ha hecho gala de la sencillez de los “Ensayos” de Montaigne y de su vida privada de hombre acomodado. En realidad, al revés de lo que se pretende afirmar, este francés renacentista era un lector y un escritor muy erudito, con una formación clásica grecolatina, vasta y exquisita, a la cual nos remite en casi todas sus páginas, sobre todo cuando se trata de asuntos históricos. Otra característica de los “Ensayos Completos” de Montaigne, es el abordaje personal y anecdótico de la mayoría de los temas. Parte del esquema es que este escritor utiliza mucho la primera persona del singular, es decir el “yo”, el “mi” y los “yoes”, que algunos siglos más tarde serán prohibidos, tales usos, en más de algún país totalitario, tal como lo relató en la década del sesenta del siglo pasado, el singular poeta ruso Evgueni Evtushenko.

            Desde 1592, año en que fallece Michel de Montaigne, mucha agua torrentosa ha corrido por debajo de los puentes de París; y de otros puentes. Conviene recordar que a finales de ese mismo siglo, emergen con fuerza intelectual inusitada personajes como Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Posteriormente, a mediados del siglo diecisiete, se baja de su caballo guerrero y aparece como de la nada, el filósofo y matemático Renato Descartes, con unas “Meditaciones Metafísicas” ensayísticas, que movieron los cimientos del mundo civilizado más o menos pensante.

            Una primera conclusión anticipada es que frente a la profundidad metódica de Renato Descartes, la erudición ensayística de Michel de Montaigne resulta rica pero al mismo tiempo superficial. Razón por la cual es menester revisar y repensar la problemática del ensayo, tal como ha hecho en fecha reciente (2007) la filósofa y literata argentina y mexicana Liliana Weinberg, cuyo libro, “Pensar el Ensayo”, nos conduce por senderos “inesperados”, propios de la diferencia entre “conocimiento y entendimiento”. Weinberg sugiere que leamos la obra ensayística de Aldous Huxley, quien consideraba que “el ensayo pertenece a una especie literaria” de extrema variabilidad, inscrita en un marco que exhibe tres polos de referencia: primero: el carácter personal y autobiográfico; segundo: el objetivo, factual, particular y concreto; y tercero: el polo de lo abstracto universal. Para el autor inglés, según Liliana Weinberg, “los ensayos más ricos y satisfactorios son aquellos que comparten esos tres mundos: de lo personal a lo universal, de lo abstracto nuevamente a lo concreto, de los datos objetivos a la experiencia interior.”

            Por motivos de espacio conviene destacar que apenas he rescatado un setenta por ciento de aquella charla. De hecho el manuscrito se había “extraviado” entre papeles. Tal vez hizo falta añadir que en Honduras hemos tenido buenos ensayistas; entre otros Julián López Pineda y en algunos momentos Medardo Mejía, ambos colocados en bandos contrapuestos. Deseo dedicar este artículo a las personas arriba mencionadas, y a otros amigos que han asistido a viejas y nuevas reuniones. ¡!Sea!!

            Tegucigalpa, MDC, 24 de mayo del año 2020. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 31 de mayo del 2020, Pág. Siete). (Se reproduce en el diario digital hondureño “En Alta Voz”).   

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