Prisión Verde y Samuel Zemurray

(Por: Filiberto Guevara Juárez) La novela Prisión Verde, del escritor hondureño, Ramón Amaya Amador, es quizá, la novela más leída por todos los hondureños; debido a que por varias décadas, fue lectura recomendada a nivel de secundaria, por los docentes del área de español de nuestro sistema educativo. Aun así, es bueno recordar también que, Ramón Amaya Amador, nació en la ciudad de Olanchito, Yoro, el 29 de abril de 1919 y que falleció prematuramente a los 47 años de edad, el 24 de noviembre de 1966, viajando de Bulgaria a Checoslovaquia, en un accidente aéreo. “La noche del 19 de abril de 1959, después de recibir los abrazos de despedida de sus amigos, escribió en su diario: “Esta es nuestra última noche en Tegucigalpa. ¿Hasta cuándo retornaremos a ella y en qué condiciones? Ni siquiera lo podría predecir, porque el futuro es un enigma.”” Lo cual desgraciadamente sucedió.

Dedicado a mi difunto padre, Julian Guevara Maldonado, que junto a otros campeños ya fallecidos, abonaron con su trabajo, al progreso de Honduras.

Fue un escritor prolífico, nato, y autodidacta, que sólo cursó los primeros años de secundaria, los cuales se vio obligado a dejar, debido a su falta de recursos económicos. Según el también escritor hondureño, Longino Becerra, recientemente fallecido; durante algunos años Ramón Amaya Amador, ejerció como profesor empírico a nivel primario; pero posteriormente, “tuvo que trabajar de cualquier cosa en los campos bananeros”, principalmente en Palo Verde y Coyoles Central. Uno de esos trabajos fue el de regador de veneno, quizá el más duro y menos remunerado que entonces se podía realizar en el “infierno verde” de las Bananeras. Las personas que nacimos en la década de los 30, 40 y 50 del siglo XX, y que vivimos en los campos bananeros, podemos dar fe que lo descrito por Ramón Amaya Amador, en su obra Prisión Verde, a pesar de ser una novela; está apegada a la triste realidad que vivieron algunos compatriotas hondureños en la primera mitad del siglo XX. Así como se dice que la obra de Gabriel García Márquez está impregnada de realismo mágico; también podría decirse que la obra Prisión Verde, de Ramón Amaya Amador está impregnada de “realismo crudo”. Así pues, visto desde ésta perspectiva, Prisión Verde, es una novela histórica que refleja la trágica vida del trabajador campeño, que con su sangre, sudor y lágrimas, contribuyó al todavía escaso desarrollo socioeconómico de Honduras.

El otro personaje del presente escrito, Samuel Zemurray, nació el 18 de enero de 1877, en Kishinev (actualmente Chisnáu), Besarabia, antiguo Imperio Ruso, y falleció, el 30 de noviembre de 1961, en Nueva Orleans, EE.UU, a la edad de 84 años. “Hizo su fortuna en la Banana Trade, y fundó la Cuyamel Fruit Company, que desempeñó un papel significativo y muy importante en la historia de Honduras. Zemurray después se convirtió en presidente de la compañía United Fruit Company (1938) que operó en nuestro país desde comienzo del siglo XX, mediante dos compañías subsidiarias, la Tela Railroad Company, y la Trujillo Railroad Company. Perteneció a una familia judía pobre que emigró hacia EE.UU, cuando contaba con tan sólo 14 años de edad.

Zemurray no tuvo educación formal. Entró en el comercio del banano en Mobile, Alabama en 1895, a la edad de 18 años. Su riqueza temprana se debió principalmente, a una empresa exitosa iniciada en Nueva Orleans. A la edad de 21 años, ya había producido 100,000 dólares. Más tarde compró un barco a vapor y se vino a Honduras”. A grandes rasgos, esos son los miniperfiles de Ramón Amaya Amador y Samuel Zemurray. Los dos influyeron en la vida de la nación hondureña. El primero, en la parte ideológica-política, al contribuir con su obra Prisión Verde, al desarrollo de la conciencia social de la clase obrera hondureña, que desembocó en la gran huelga de 1954, involucrando a 30,000 obreros agrícolas y 5,000 obreros de las fábricas. Esto es muy importante, si tomamos en cuenta que para ese entonces la población hondureña era de aproximadamente 1 millón de personas. Además, la gran huelga del 54, marcó un punto de inflexión en las relaciones obrero-patronal, con las empresas transnacionales United Fruit Company y Standard Fruit Company.

Antes de 1954, los obreros agrícolas de las transnacionales aludidas, eran tratados cruelmente como simples peones, sin respetarles sus más elementales derechos laborales y humanos. Después, fueron tratados como obreros con decencia y derechos, tal y como lo soñaba Ramón Amaya Amador. En su obra, Prisión Verde, Ramón Amaya Amador, parece encarnarse en el personaje y obrero bananero regador de veneno, Máximo Luján; el cual ante el asesinato de su amigo y compañero de sufrimiento Amadeo Ruiz, expresa lo siguiente:

“¡Tendremos que conformarnos con esta ceguera ante los males y los errores! ¿Por qué fatalismo debemos ser nosotros, los que trabajamos, quienes tengamos que abonar con sangre y pena esta tierra que ya no es sino de los amos extranjeros? ¿Para qué esta vida como perros hambrientos, mordiéndonos, despedazándonos, asesinándonos? ¿Es que nunca llegaremos a hermanarnos, a juntar nuestros músculos y afanes para una lucha por nuestra liberación? ¿Seremos unos idiotas los que creemos en un día de redención proletaria? ¿Cuándo haremos desaparecer el odio entre nosotros; los vicios y la inconciencia? Yo he soñado -¡cuántas veces!- en el día en que seamos como un solo hombre con una misma acción; yo he creído que, de cada campeño, se hará un luchador conciente, un trabajador de corazón e ideas firmes, un hombre que no permita más explotación ni del amo extranjero ni del Judas criollo; yo he tenido fe en el futuro, fe en el campeño.

¿Y todo esto no será más que un sueño, ilusión nacida en el delirio de las fiebres que da la vida dentro de esos bananales…?”. Esto se vio parcialmente cumplido, después del triunfo en la gran huelga de 1954. Posteriormente con la promulgación del Código de Trabajo y la Ley del Seguro Social, en el gobierno liberal, demócrata, reformista y progresista de Ramón Villeda Morales, 1957-1963; los hijos de los campeños alcanzaron junto a sus padres, mejores condiciones y niveles de vida. Al grado tal, que muchos hijos y nietos de campeños, actualmente, son buenos ciudadanos y hasta profesionales universitarios que han contribuido y contribuyen al desarrollo socioeconómico de Honduras.

En cuanto al personaje histórico Samuel Zemurray, más conocido en nuestro medio por la expresión: “en Honduras una mula vale más que un diputado”; vale la pena, estudiar más a profundidad la gran influencia que tuvo en Honduras en lo político, social y económico, durante la primera mitad de siglo XX; hasta que en 1951, a los 74 años de edad, se retiró del puesto de presidente de la United Fruit Company. Se debe recordar que Zemurray, en 1910, ayudó al expresidente derrocado Manuel Bonilla, que se encontraba exiliado en Nueva Orleans; a regresar a Honduras, y retomar el Poder en 1911. Bonilla, agradecido con Zemurray, le dio a la Cuyamel Fruit Company, de la cual era dueño Zemurray; concesiones de tierras, exención de impuestos y autonomía propia del Estado hondureño.

Posteriormente en 1930, Zemurray, compró 300,000 acciones a la United Fruit Company, por un valor total aproximado de 31.5 millones de dólares, obteniendo un puesto en la mesa de directores de United Fruit Company, hasta que en 1938 se convierte en presidente de dicha empresa transnacional hasta su retiro en 1951. En honor a la verdad histórica, debemos decir, que Zemurray, crea en 1942, la Escuela Agrícola Panamericana, Zamorano, tal como lo indica la propia página web de dicha institución.

No existe la menor duda que Samuel Zemurray, amasó una gran fortuna en Honduras, con la complicidad y falta de patriotismo de políticos serviles, lacayos y corruptos. Tal como queda demostrado en la famosa carta Rolston, el cual fue vice-presidente de la Cuyamel Fruit Company, propiedad de Samuel Zemurray.

Tanto Samuel Zemurray como Ramón Amaya Amador, deberían ser estudiados más a profundidad principalmente por los economistas, sociólogos y políticos hondureños, dentro del entorno de los enclaves bananeros de las empresas transnacionales United Fruit Company y Standard Fruit Company; porque dichos enclaves significaron una especie de Estado dentro de otro Estado, teniendo tanto poder, que hasta ponían y quitaban presidentes de la República de Honduras. Dichas transnacionales al financiar a ambos bandos políticos, fueron responsables de toda la inestabilidad sociopolítica entre los años de 1920 a 1930. Lo cual desembocó desgraciadamente, en la dictadura oprobiosa de 16 años, del General Tiburcio Carias Andino (1933-1949) bajo la fórmula inhumana de: “encierro, destierro y entierro”.

En estos momentos en que el actual gobernante de Honduras, Juan Orlando Hernández Alvarado, está promoviendo las zonas especiales de desarrollo (ZEDES) hasta con amparo de la Constitución de la República; se debe estudiar más a fondo lo que sucedió en Honduras, en la primera mitad del siglo XX, para no cometer los mismos errores. Debido a que, las empresas transnacionales United Fruit Company y Standard Fruit Company, arbitrariamente imponían condiciones laborales injustas a los obreros hondureños, y además, defraudaban al fisco, al reportar menos exportaciones en comparación con las importaciones registradas en EE.UU.

Si los políticos y gobernantes hondureños, de la primera mitad del siglo XX, hubieran sido menos corruptos, más patriotas y más responsables; la renta obtenida mediante los impuestos a dichas transnacionales, que lograron sus ganancias a costa del esfuerzo y sufrimiento extremo de la clase trabajadora hondureña, y a las tierras concesionadas por el Estado Hondureño; pudieron haberse invertido más en infraestructura, salud y educación en nuestro país. Entonces, lo más probable es que con el buen uso de dichos impuestos, tendríamos actualmente un mayor desarrollo socioeconómico.

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