Una Iglesia para nuestros tiempos habría de ser como la de San Romero, que camina humildemente con su pueblo, que consuela en tiempos de angustia, que su palabra alienta a la gente en tiempos de oscuridades y convierte todas las coyunturas en oportunidades para sembrar esperanzas. Una Iglesia que nunca abandona a sus fieles, ni los encierra en liturgias, sino que anima a sus feligreses a abrir las puertas para salir al encuentro de las luchas transformadoras. Y alienta a las comunidades cuando más necesitan una mano protectora.

Una Iglesia para nuestro tiempo ha de ser una Iglesia que no reduce su pastoral social a obras caritativas, que no aparezca en las primeras planas de los medios de comunicación bendiciendo acciones de personajes o instituciones que aparentando obras buenas, las usan para tapar dinámicas de corrupción o para mostrar a criminales con perfiles de honorables.

Una Iglesia para nuestro tiempo ha de ser una Iglesia que más que ayudar a los pobres, defiende sus derechos amenazados, y que en cualquier coyuntura, como lo dijo el mismo San Romero, lo que importa siempre es el pueblo pobre. Si el pueblo y sus líderes son mal vistos, perseguidos, criminalizados o estigmatizados por defender los derechos humanos y ambientales, que lo mismo se diga de los animadores y pastores de la Iglesia, tanto a nivel de base como de sus altas jerarquías.

Necesitamos una Iglesia que sea Una, no tanto porque muestra una unidad de poder o de organización jerárquica o litúrgica, sino porque une en el amor, el compromiso, la cercanía a su feligresía, y tiene como Única misión consolar y defender los derechos de la gente pobre en nombre de Jesucristo y su Evangelio. Necesitamos una Iglesia que sea Santa, no tanto porque sus miembros se separan de la humanidad pecaminosa, sino porque se santifica en el mismo caminar de la sangre de los mártires, y con esa sangre purifica su vida y su camino por entregarse a los valores del Reino.

Necesitamos una Iglesia que sea Católica, no por su confesionalidad institucional o doctrinal, sino por su Universal mensaje evangélico de compromiso con la gente pobre, perseguida, víctima de los abusos y atropellos al tiempo que comunicador de esperanza.

Necesitamos una iglesia que sea Apostólica, es decir, continuadora hoy de la misión de aquellas primeras y primigenias comunidades apostólicamente subyugadas por el amor a Jesús de Nazaret, se entregaron a vivir el Evangelio y dar testimonio del amor de Dios en medio de amenazas, persecuciones y muertes.

En este tiempo, necesitamos una Iglesia que, por su generosidad y entrega, alcance libertad ante los poderes establecidos, que nunca busca competir desde el poder, sino desde el servicio a los sectores más indefensos. Y este talante la coloque en pie de testimonio y en el camino de los mártires y en la dimensión profética del Evangelio de Jesucristo. Que así sea.

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