Por: Carlos Méndez

Tegucigalpa, Honduras | Reporteros de Investigación. De repente, cuando se nos vino la idea de reflexionar para nosotros mismos sobre el lenguaje y las palabras, en un dos por tres, nos acercamos a una expresión del “maestro de la sospecha”, Carlos Marx, quien, desde el sillón preferido de su casa, alguna vez escribió, en la segunda mitad del siglo XIX, que, “el lenguaje es tan viejo como la conciencia” y que surge de las entrañas de las necesidades humanas” (…) en un ir y devenir de intercambios con las demás personas. 

El viejo Marx, también con cierto enojo, pero con alguna ternura escondida y como para ponerle condimento del bueno al lenguaje y las palabras remató: “las ideas de la clase dominante en el poder son las ideas dominantes en cada época”.

A partir de estas frases, con el devenir de los siglos hasta hoy, se logra deducir una premisa de reflexión más especializada y a la vez sencilla:   Tenemos dos tipos de lenguaje. El dominante que, a su vez, deviene en poder económico, político, social, cultural etc., y el lenguaje de los dominados: las clases pobres. 

El primero es visto como lenguaje culto o académico y el segundo se refiere a las palabras o formas de comunicación que usa la mayoría del pueblo.  En el primer lenguaje, se utiliza palabras que a veces nadie entiende y el segundo es más comprensible porque se enriquece de verbos simples, cortos, directos, activos; que llama “al pan, pan y al vino, vino”. Sus giros y modismos producen inmensa riqueza lingüística como la hondureña. Si no me creen, acérquense a nuestro lingüista insigne, Atanasio Herranz. 

Interesa hablar del lenguaje dominante o “culto”, ya que en la práctica y mollera de los que nos dan catedra sobre el particular, se usa, aunque no es siempre, para esconder o manipular la realidad caótica en que vivimos. Tener lenguaje “culto” no es ningún delito, aun cuando esté cargado de palabras con sustantivos abstractos que ni los más cercanos entienden.   

Aquí, perdone el paréntesis; hay quienes se pasan de lo “culto académico” a lo atorrante. Es muy celebre un eximio de la política doméstica muy conocido por sus frases rebuscadas para presentarse como un sabihondo, léase sabio hondo, que memorizó de joven cuando aún sus neuronas estaban como su pellejo, párrafos enteros de Cicerón, Montesquieu, entre otros, para rumiarlos y arruinarlos en sus presentaciones “catilinarias” en la tv local. Más tarde, y, por cierto, muy retrasado en tiempo y contenidos, un asesor de imagen trató de guiarlo a que usara el lenguaje de los dominados con el fin de que le fuese mejor; y no pasó la prueba. Parió aquel estribillo de ofrecer a sus electores, “cervecitas bien heladas”, que convirtió en su frase maldita y lapidaria como tatuaje de marero incorregible. Se fregó. Lo marcó por siempre y para después, aun cuando Diosito lindo le llame, para tenerlo a su lado. De otra parte, hay quienes hacen esfuerzos por acercarse al lenguaje de los dominados, y que les demanda tener cuidados rigurosos, porque hilvanar discurso con lenguaje “sencillo”, podría exigir, como lo es, disciplina de estudio igual o quizá mayor que cuando se está frente al lenguaje “académico”.    

Hablar o decir del tema ahora, es vital, porque atravesamos una coyuntura y contexto en donde las verdades son omitidas o disfrazadas con mucha maldad desde poderes hegemónicos financieros y sus congéneres.  

Para este fin ahora mismo, y en marcha, la palabra está en la boca de los profetas religiosos a quienes el Señor de todos los Cielos y planetas, les reveló que a partir de la caída estrepitosa del que está “precioso” en una cárcel de Nueva York, “viene el totalitarismo de extrema izquierda”. –“Uuy!, ¡nos quitan la próxima Corte Suprema de Justicia!¡“viene Chávez y el Foro de Sao Paulo a robarnos la paz y el orden”! “¡Formemos urgentemente el Frente Cívico para la Defensa de la Democracia!”, gritan despavoridos con el lenguaje que imponen a mansalva, entre otros, los gorilas golpistas de 2009 con sus camisetas blancas.  

Y claro, los propietarios de grandes medios de manipulación masiva que forman parte de aquel contingente patriotero, que se ocupan en menos de lo que canta un gallo, alinear a sus presentadores asalariados en radio y televisión, para adocenar el guion preconcebido.       

La manipulación de la palabra está a flor de piel, siguiendo pautas hitlerianas.  

¿Qué lectura y tratamiento se le da al uso del lenguaje y la palabra dominante en la Honduras de hoy por parte de la gente pensante y solidaria con la mayoría de este pueblo? ¿cómo nos acercamos al lenguaje popular o de los dominados para una respuesta responsable?

Parece tener sentido encarar con imaginación y creatividad, y apostar por los desafíos comunicativos inmediatos y de mediano plazo. 

Es necesario como lo fue siempre, acercarse al pueblo, porque no está dicho todo al afirmar, por insuficiente, que éste habló ¡ya!, millón, setecientas mil veces en noviembre pasado y que por lo tanto debemos nombrar las cosas de carácter público, impunemente, sin pensarlo dos veces. 

Re pensar la participación es mucho más que eso. Exige comprender lo que piensa la mayoría de la gente de a pie, aunque les parezca “intrascendente”. Demanda preguntarle con humildad v.gr: ¿en qué momento validamos con ellos y ellas, conceptos y palabras como “sociedad civil” “izquierda” “socialismo democrático”, “poder popular”, “Asamblea Constituyente” y montón de palabras al gusto.  Este pueblo no es tonto, independientemente que en algunos contextos y coyunturas le jodan su conciencia desde los altoparlantes del poder. El pueblo tiene sabiduría y desde su lenguaje sencillo pero poderoso, podría dar luces a políticos y gobernantes. Si estos lo desean, por supuesto.¡Palabra de país!

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