Por Mario Hernán Ramírez

En reiteradas ocasiones, nos hemos referido a los días amables de nuestra ya lejana infancia, adolescencia y juventud, período en el cual disfrutamos de las delicias de un caserón que nosotros llamamos la mansión Godoy, en la siempre bien amada Comayagüela, ya que fue ahí, donde pasé, posiblemente,  los mejores momentos de mi vida, sobre todo disfrutando del calor filial de mi adorada madre, hermanos y demás familia que ahí formamos una gran cadena de parientes, por ambos lados, es decir materno y paterno.Resulta, que en esa casa, en la década de los 50´s de la pasada centuria alquilaban una pieza para vivienda el recordado y prominente neurólogo Rafael Molina Castro (Q.D.D.G.), entonces, pasante de medicina en la facultad de ciencias médicas de la UNAH; con él también, en la misma residencia cursaba estudios de igual forma, el eminente pediatra Radegundo García Guevara (el orgullo de Alianza, Valle), quienes gozando de plena mocedad estudiantil, igual que yo, permanecían ávidos de golosinas a granel, por lo que frente a esa histórica residencia, existía, un solar baldío, en el cual, habían crecido tres árboles frutales de mango, que en tiempo de cosecha, rebalsaban su producción, por lo que, Rafael, que era un poco mayor que “Cuco” y yo, recibía algún estipendio o remesa desde su lugar de origen, que era Puerto Cortés, con el cual él mantenía siempre alguna reserva monetaria, la que servía para comprar algunos insumos culinarios como la sal, chile picante, especias, salsa inglesa, limón, etc., con lo que adobábamos una vez partidos en un hermoso recipiente galvanizado, una gran cantidad de mangos verdes que constituían la delicia, no solo de los mencionados sino de los otros jóvenes que ahí vivían, también, como Moisés y Mario Arriaga; Alberto y Pedro Rolando Herrera; Carlos, Mario y Efraín Vallejo; Melquiades García Guevara, Porfirio García López, tambien, los estudiantes de la Escuela  Superior del Profesorado Mario Sigfrido Sandoval Soto, Eloy  Guzmán, Rolando Dominguez y otros muchachos de por entonces, dándonos la gran vida con aquél delicioso banquete.

Pero, los ingredientes aludidos, también servían para condimentar los famosos curiles y “cascos de burro” que en aquella época abundaban a precios sumamente bajos entre los vendedores del mercado San Isidro, que, quedaba distante a tres cuadras apenas de la tantas veces mencionada mansión Godoy.

En una herrería habíamos mandado a confeccionar una máquina con un canal especial con el que abríamos los curiles y los cascos de burro para que no se perdiera la sangre, los cuales yo limpiaba perfectamente y después los hacía pedacitos con un filoso cuchillo, agregándoles los insumos referidos, lo cual constituía un coctel de maravillas. Yo era el encargado de ese menester, y como tal, en cierta oportunidad, grande fue mi sorpresa, cuando descubrí ante mis ojos una perla, joya de la cual yo no estaba seguro de su realidad, por lo que, sin hacer escándalo, la lavé bien y conduje mis pasos hasta la joyería Cantero, que por entonces funcionaba frente al Café de París, en Los corredores y el parque Central de Tegucigalpa. Don Alfredo, con el ojo clínico que le caracterizó, como un experto en orfebrería, inmediatamente me dijo que era una perla original y que, si deseaba setenta y cinco lempiras por ella, yo, ignorando el valor real de tal joya, inmediatamente asentí, y muy contento con mis setenta y cinco lempiras, que por aquél entonces era una gran fortuna, le conté solamente a mi madre del hallazgo, con la cual compartí la mitad del dinero recibido.

El asunto está, en que las perlas, según los hombres de mar, técnicos en esta materia, solamente aparecen en otras especies marinas, por lo que, el que halla aparecido en un curil, resultó todo un acontecimiento, más bien un fenómeno de esos con que la naturaleza de vez en cuando nos sorprende.

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