Radio Progreso

El trabajo dignifica a las personas. Ningún trabajo es más digno o menos indigno. Lo que es indigno es cuando la sociedad se organiza de tal manera que un grupo se aprovecha del trabajo de la mayoría, y cuando la búsqueda del capital y de la ganancia se pone por encima del trabajo y de las personas.

Es indigno cuando una sociedad está organizada de manera tal que excluye del trabajo a una parte muy importante de la población, o cuando se le utiliza para trabajar dañando la dignidad o utilizando diversos chantajes.

No se puede aceptar una sociedad sustentada sobre el desempleo o subempleo de las mayorías, especialmente jóvenes. Y menos cuando grupos políticos se aprovechan del desempleo para controlar el Estado a través del chamberismo o los insultantes asistencialismos. No se puede tolerar que políticos y funcionarios públicos sigan traficando con la necesidad de empleo de poblaciones humildes, y menos tolerar que el empleo en el Estado se defina por colores políticos y fidelidades a altos dirigentes.

Lo que sucede en estos días, con las largas colas de activistas de Libre pidiendo una chamba, recordando que sin ellos no habría triunfado el partido. Y a su vez el papel que aflora de algunos altos funcionarios de despedir a nacionalistas y emplear a activistas de Libre a partir del único criterio partidario, es inaceptable. Expresa el fracaso de la política como espacio público, y es fuente radical de corrupción, aunque la presidenta haya dicho en su discurso inaugural que la lucha contra la corrupción será central en su administración. No todos sus funcionarios parecen estar en esta sintonía.

A nadie se le debe emplear por razones partidarias, y a nadie se le debe despedir por las mismas causas. El empleo ha de ser por capacidad y por el derecho que tiene toda persona por contar con un empleo digno, conforme a las leyes del país y conforme a la dignidad de la persona. Aquí no sólo tenemos la contradicción entre un capital en manos de unos pocos a costa del trabajo y de la fuerza de trabajo de la población trabajadora, sino la enorme contradicción entre trabajo y dignidad humana, que por lo demás, son expresiones de una misma contradicción: poder  versus justicia; mentira versus verdad; acumulación versus solidaridad: ricos versus pobres. 

Cuando el empleo en el Estado se sostiene por la incompetencia y el chamberismo, el Estado y quienes dirigen el Estado se convierten en los principales promotores de la corrupción. Y un Estado que se sustenta en la corrupción como forma de gobierno, es generador de todo tipo de injusticia, impunidad y abuso de poder. Y el Estado hondureño, con estas prácticas chamberistas, de tráfico de influencia o nepotismo, se sitúa en el ámbito de la corrupción política, y por eso, debe ser éticamente rechazado.

Desmontar esta estructura promotora de injusticia e indignidad y, poner en marcha procesos que recuperen la política desde la búsqueda del bien común, el respeto a la dignidad humana y el trabajo en base al derecho que toda la gente tiene por igual y conforme a las capacidades de cada miembro de la sociedad, es tarea esencial para que florezca lo que la presidenta llama refundación del Estado y la sociedad.

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