Por Juan Ramón Martínez

Varios lectores fieles, que los hay, así como amigos también, que están con uno hasta el final, me han reprochado el pesimismo de mi artículo anterior. No se los he dicho; pero desde hace mucho tiempo, descubrí que un pesimista, no es otra cosa que un optimista bien informado. Y después de tantos años de escribir, he podido ir entendiendo los problemas de Honduras, las virtudes y defectos de los hondureños. Y anticipar cómo la crisis que vivimos, desde hace muchos años, nos ha debilitado, volviéndonos más dependientes e incluso más cínicos al renunciar a la autocrítica y la rectificación.

No debemos de engañarnos. La crisis del país empieza desde que fuimos estado de la República Federal de Centroamérica. El que Herrera no incluyera en el presupuesto del estado de Honduras los fondos para pagar nuestra contribución a la nación que formábamos parte, empezó con el irrespeto a la ley. Y al surgimiento contradictorio –que en lo personal me cuesta aceptar– de la figura de Francisco Morazán en el escenario federal. Porque el acto de Herrera, provocó la invasión de Honduras, jurídicamente justificada, que hace saltar el regionalismo vivo, en que cada estado se creía una república aparte, capaz incluso de enfrentar el futuro con éxito suficiente para sobrevivir y crecer. El mismo Morazán al final, cuando dice que, después de rectificar “sus ideas sobre la revolución, se me quita la vida injustamente”, nos está diciendo que su error es haber creído que su espada brillante, estaba más al servicio de los estados, que del proyecto federal que con enorme clarividencia, anticipó que era el único camino para conseguir una nación de verdad, respetada por todos.

Ahora nos enfrentamos a visiones unilaterales, igualmente, perdiendo de vista la globalidad de la existencia de la nación. Por eso, no podemos entender que, más que la corrupción –que se da en todos lados– nos daña la ineficiencia, la baja productividad y la ausencia de genio para aprovechar las circunstancias en la búsqueda del éxito legítimo que nos tenemos merecido. La pobreza que nos agobia, crece sin control. Y abrumados por la lucha en contra del narcotráfico, un problema que hay que enfrentar, somos incapaces de efectuar simultáneamente, acciones destinadas a desarrollar al país, forjando una clase empresarial creadora y agresiva, que le dé al resto de los hondureños, el empleo para una existencia digna y soberana. Por ello es que la escuela ha descuidado el carácter y la capacidad creativa, para que las nuevas y las viejas generaciones, le puedan decir que no, a las tentaciones de irrespetar la ley, robar al erario público y engañar a la ciudadanía, destruyendo sus sueños que, cada cuatro años, contrario a lo que ocurre en la realidad, el mandatario y su equipo de burócratas, serán mejores. Y cumplirán sus obligaciones, sin pedirnos a cambio, estatuas, pergaminos o cargos de elección popular, como premio. Cuando lo único que han hecho es cumplir con sus deberes.

Somos incapaces de caminar, mascar chicles y rascarnos la cabeza. Por ello, cuando nos atacan desde el exterior, nos encuentran concentrados en una misma postura, perdiendo la versatilidad de una cintura vigorosa, que evite los golpes que desde afuera, muchos hacen filas para darnos en la cara. Necesitamos, dejar de seguir caminando viéndonos los zapatos o echándole la culpa a los demás –al Presidente, los diputados o el alcalde– por lo que no tenemos. Engañándonos al creer, que el poco éxito logrado por el país hasta ahora, se lo atribuimos a los gobernantes o a los caudillos que usan los cargos para vender influencias. Lo que es Honduras actualmente, es fruto de lo poco que hemos hecho los hondureños. Nada es resultado de la acción benevolente de los gobernantes, los partidos políticos o de los donantes del exterior. Lo poco que hay, es el resultado de la acción de los hondureños que, pese a las dificultades y las fallas, por inercia mantienen este país que, es fuerte, incluso para resistir las agresiones de que hemos sido víctimas en el curso de la historia, tanto de los enemigos de adentro; como de los de afuera.

Es necesario, ponernos de pie. Y dejar de pelear por el presupuesto nacional. Honduras no se merece tanta mezquindad y, mucho menos, conductas ruinas que la han empobrecido hasta la indigencia.

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